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El AUTÓGRAFO DE IRIBAR

En aquel tiempo pensábamos que iba a ser eterno en la portería del Athletic. Nos daba seguridad

Iribar estampa su firma en un balón junto a Duñabeitia. /
Iribar estampa su firma en un balón junto a Duñabeitia.
Jon Rivas
JON RIVAS

Aquello era una aparición, como la de la Vírgen a los pastores en Cova de Iria, pero muchos años más tarde. Mi ama, que tenía tres niñas pequeñas que atender, nos mandó a mis primos y a mí, que estábamos dando la tabarra por casa, porque aquel día no había nadie para llevarnos a la playa, «a Fadura, que se entrena el Athletic». Eso pasaba cuando Lezama ni siquiera era un proyecto.

Así que fuimos, estación abajo, luego la urbanización Villamonte, que vigilaba con mano de hierro un señor de apellido Baigorri, y por último las campas de la Humedad, hasta llegar a Fadura, que tenía las puertas abiertas y un puñado de chiquillos como nosotros, parloteando en las gradas. Y allí estaba él, vestido con una camiseta blanca, las muñecas vendadas, hablando con Piru Gainza, su entrenador, que usaba un niki azul oscuro, con ribetes en el cuello. Era la aparición de un dios al que conocía por las fotos granuladas de EL CORREO, La Gaceta o la Hoja del Lunes; por los resúmenes borrosos de televisión, cuando todavía no existía Estudio Estadio, o por los cromos, estos sí en color, de la Editorial Fher. El de Iribar era el más difícil, o eso parecía.

Detrás de la portería, observamos las estiradas del Chopo aquella mañana calurosa, la altura y la agilidad que nos había asombrado a todos en aquella final del Bernabéu en la que salió a hombros y en la que se convirtió en protagonista de la canción que los mozos de Pamplona le habían cantado a El Viti el año anterior. Como Iribar no hay ninguno.

Pero luego, al acabar el entrenamiento, mientras los jugadores salían duchados y frescos del vestuario, ni siquiera me atreví a pedirle un autógrafo a mi ídolo; me quedé paralizado ante la visión de Iribar, al que parecía rodearle un aura. Me conformé con el de Javi Ormaza, que aún conservo, y que vivía en un caserío a pocos pasos de mi casa. Me conocía. Aun así, aquel día en el que llegué a oler el sudor de Iribar, fue el mejor de aquel verano.

Un año más tarde volví a ver al Chopo en carne mortal. España jugaba un partido de clasificación para la Eurocopa frente a Turquía en San Mamés y la selección se alojaba en el hotel Tamarises. La chiquillería algorteña se acercó a la playa de Ereaga. Recuerdo al seleccionador, Domingo Balmanya, saludándonos desde su habitación del tercer piso. Los jugadores subieron a dar un paseo por Algorta y la chavalería, al estilo flautista de Hamelin, les siguió por el Puerto Viejo y la Avenida Basagoiti. Tampoco esta vez me atreví a pedirle el autógrafo a Iribar. Sólo conseguí el de Armando Ufarte y el de Paco Gento.

La tercera vez fue en el colegio; en Santiago Apóstol. Ocupaba el solar que ahora es la Plaza Bizkaia, frente al Azkuna Zentroa. El hermano Juan Bert, que era de Zumarraga, había sido profesor en La Salle de Zarautz y conocía a Iribar. Un día le trajo a clase. Los chavales de las aulas cercanas se morían de envidia y fisgaban a través de las cristaleras. Conmigo venía a clase Iñigo Liceranzu, que después fue su pupilo. Tampoco tuve ocasión de pedirle un autógrafo, tercera frustración.

Para entonces, mi admiración seguía en aumento. En aquel tiempo pensábamos que Iribar iba a ser eterno en la portería del Athletic. Nos daba seguridad. Sabíamos que al equipo de nuestros desvelos no le podía pasar nada con el Chopo en la alineación. Estuve en San Mamés en su último partido oficial, aunque entonces no lo sabíamos. Fue contra el Getxo. Luego ya no quiso jugar más. Después, siempre desde una admiración superlativa, le he entrevistado varias veces, y nos saludamos, y me conoce, lo que para mí sigue siendo un gran orgullo, pero nunca me he atrevido a pedirle aquel autógrafo que deseaba cuando era un niño. Eso sí, tengo una foto con él, en el palco de San Mamés, pocos días antes de su derribo. Se empeñó Iñaki Andrés. «Ponte con Iribar». Otra vez me dio apuro, como de niño, pero me la hice, así que Iñaki, ahora que estás leyendo estas líneas para buscar la mejor idea para ilustrarlo, encuéntrame esa imagen en tu archivo y mándamela. La voy a imprimir para que Iribar me firme sobre ella.

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