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Mejor que en la imaginación

Iribar cumple 75 años

Iribar no era imbatible, como asumí en la final de 1966, simplemente era el mejor. El mejor que he visto en mi vida

Mejor que en la imaginación
SANTIAGO SEGUROLA
SANTIAGO SEGUROLAPeriodista

Aquel domingo me reveló la esforzada naturaleza del hincha y la magnitud que adquiere el ídolo en la infancia, huella grabada a fuego para toda la vida. No era un partido cualquiera. El Athletic jugaba su primera final de Copa desde 1958, pero las estadísticas me interesaban muy poco entonces. Lo importante era el acontecimiento. En los días previos bullía un ambiente diferente: los periódicos ofrecían más páginas de fútbol y las referencias a la final eran incesantes en las radios. Lo recuerdo bien porque puede que fuera un chiquillo pero ya tenía mis periodistas predilectos –José María Múgica era mi favorito– y cada noche comenzaba a escuchar Stadium en Radio Juventud, donde el misterioso Maratón defendía a Rojo, un elegante zurdo que se había criado en el Firestone y empezaba a instalarse como titular en el Athletic. Todas estas cuestiones y los episodios de aquel domingo de mayo jamás se han borrado de mi memoria. ¿Por qué este fogonazo no se ha borrado y otros, quizá más trascendentes, han desaparecido de mi recuerdo? Por Iribar, sin duda.

No había televisor en mi casa. Solía ver los partidos televisados frente a los escaparates de las tiendas de electrodomésticos o, con mi padre, en alguna cafetería de Barakaldo. La final con el Zaragoza fue la primera que recuerdo, probablemente el partido que en más aspectos me ha marcado. Con la intención de complacerme, mi madre me llevó a casa de unas amigas. Ninguna de ellas prestó demasiada atención al partido. Mi padre, empleado de Induquímica, trabajaba aquella tarde, así que la velada se convirtió en algo estrictamente personal. Cualquier cosa que sucediera tendría que digerirla a solas. De algún modo, significó mi primera experiencia adulta.

De aquel partido se habló mucho y todavía se habla. Ganó el Zaragoza con toda justicia. Todos sus delanteros eran magníficos, pero Carlos Lapetra, un universitario elegante, hijo del presidente de la Diputación de Huesca, era el mejor de todos, un extremo astuto que volanteaba como un centrocampista y llegaba puntual al gol. Marcó el primero de los dos goles en una noche terrible para el Athletic. Son estas feroces derrotas las que marcan el verdadero espesor del hincha. Lo sé desde aquella final. En las victorias todo es fácil.

Aunque lloré de tristeza, lo que de verdad me conmovió fue la actuación de Iribar. Han pasado 52 años y todavía siento el asombro del niño ante aquella sucesión de milagros. Me resigné a la derrota porque el partido salió torcido desde el principio, pero no soportaba la humillación de la goleada. Iribar la impidió con toda clase de intervenciones dramáticas. Hasta percibí una cierta desesperación en los delanteros del Zaragoza y, en gran medida, tenían razón porque se terminó produciendo un imposible del fútbol: el foco de la final se dirigió del equipo campeón al portero del perdedor.

Es cierto que ese día, en el Bernabéu, se oyó por primera vez el célebre «Iribar, Iribar, es cojonudo, como Iribar no hay ninguno». Recuerdo el rumor de aquel partido y las innumerables veces que lo escuché después. Por supuesto que sabía quién era Iribar antes de la final de 1966, y también que ya era mi jugador favorito, porque en aquella época se podía tener favoritos sin verlos. Había que elegirlos escuchando la radio, leyendo periódicos, observando una y cien veces las fotografías de los periódicos, preguntando a tu padre o tus hermanos mayores. Los ídolos se forjaban en la imaginación y luego, no sin temor del niño hincha, se exponían al veredicto de la realidad. Aquella final, que tanto me entristeció por la derrota del Athletic, me entusiasmó por la hazaña de Iribar. La realidad de sus proezas superó al ídolo de mi imaginación.

Todavía hoy, nadie le ha superado en mi estima. Nadie le superará. Un par de generaciones se preguntará cómo era Iribar y por qué ha tenido tanto prestigio. No se puede resumir con uno, dos o tres calificativos. Era más alto y más coordinado que la mayoría de los porteros de su época. Los largos brazos multiplicaban su envergadura, que casi siempre imponerse en el juego aéreo. Brazos fuertes y manos grandes, curtidas en los frontones, donde aprendió a perfilarse y adivinar las trayectorias de la pelota. Hizo un arte del saque con la mano, largo y preciso, por delante del pie, del de Txetxu Rojo generalmente, sociedad necesaria para armar el contragolpe de un Athletic poco veloz. Silencioso carismático, era respetado como ningún otro jugador de la Liga. La discreción también definía su estilo: prefería anticipar que resolver, detestaba la demagogia, pero sí había que volar, volaba más que nadie. Diría que se adelantó a su tiempo. No era imbatible, como asumí en la final de 1966, simplemente era el mejor. El mejor que he visto en mi vida.

75 cumpleaños de Iribar

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