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Recuerdos Imborrables

En la memoria de varias generaciones de aficionados rojiblancos queda grabada, y bien profunda, la huella de un portero único con el que tantos niños han volado hasta la escuadra para poner a salvo la portería del Athletic

El Chopo salió a hombros pese a perder el Athletic la final de 1966 contra el Zaragoza./Manu Cecilio
El Chopo salió a hombros pese a perder el Athletic la final de 1966 contra el Zaragoza. / Manu Cecilio
EL CORREO

Las grandes leyendas del fútbol tienen la excepcional capacidad de dejar en los seguidores de sus equipos recuerdos que guardan bajo llave en su memoria con especial cariño. Como no podía ser de otra forma, José Ángel Iribar, tiene ese don de proporcionar ese viaje en el tiempo a los aficionados del Athletic. Desde aquel joven que guarda con mimo en su cajón el autógrafo del 'Chopo' hasta un sinfín de anécdotas de aquellos que tienen la suerte de haberle conocido de cerca. Estos seis testimonios dan buena cuenta de las emociones que consigue despertar este exguardameta que es historia viva rojiblanca.

Grandeza humana

A la hora de hablar de José Ángel Iribar me viene la idea de abordar su figura desde diferentes ámbitos, por lo que ha representado y representa para el Athletic y su afición. Por un lado, su grandeza deportiva. Porque está claro que para todos nosotros es un gran portero, un mito de nuestra historia. Fue un referente para toda una generación por su enorme calidad como portero.

Habiendo sido un mito, una leyenda de nuestro deporte, siempre me ha llamado la atención su talante. Iribar se convirtió en una gran figura en nuestro entorno, en nuestro Athletic, y él, siendo el centro de atención, supo adaptarse en el plano personal y hacer gala de esa bonhomía que siempre acompaña a su presencia. Allá donde aparece Iribar, siempre le acompaña esa grandeza humana, esa grandeza personal que supera al mito en el que se convirtió como futbolista. Eso es algo que siempre me ha parecido digno de atención, y creo que ese saber estar supera a los méritos deportivos.

En el entorno de San Mamés, rodeando al nuevo campo, tres de los cuatro lados tienen el nombre de un jugador histórico del Athletic. Tenemos a Pichichi, a Zarra y a Lezama. Y no tengo ninguna duda de que el cuarto nombre que tiene que aparecer debe ser el de Iribar, por todo lo que ha significado y lo que todavía significa para nuestro club, para nuestro querido Athletic.

El hombre sencillo

José Ángel Iribar decía de mi padre, Telmo Zarra: «Entre el deportista que ha sido número uno y la persona, me quedo con esta última, porque la bondad que emanaba la han recogido los jugadores del Athletic».

Lo mismo podríamos decir del Chopo, como se le llama con afecto a Iribar, pues representa valores a tener en cuenta en el ámbito deportivo.

Aún habiendo sido una gran figura del fútbol, uno de los mejores guardametas del mundo y una leyenda del Athletic, siempre ha prevalecido su sencillez, sus amigos, el deporte y su club.

Fuerte, imponente y de carácter como guardameta, y a la vez tímido, sensible, atento y simpático con los que se acercan a él. Le agrada ser reconocido en la calle.

En mi familia le queremos muchísimo. Siempre se ha mostrado muy cercano a nosotros. Quería mucho a mi padre. Personalmente, suelo decir que el Chopo es de esas personas que devuelven la llamada.

Zorionak zure urtebetetzean José Ángel.

Santo y seña

Los espías para acceder a las bases secretas necesitan una frase unívoca que les abra las puertas. Contaba el genial Eugenio que un señor llamaba a un portero automático a las tres de la madrugada y al preguntársele sobre quién era, dijo: «No hay nieve en Saint Moritz». Después se oyó una voz que decía: «El espía vive en el quinto, atontado».

El santo y seña del Athletic es muy sencillo: «Conozco a Iribar». Con esta frase he conseguido hacer llorar a hombretones canarios que me pedían que me sacase un selfie con ellos, he bebido gratis en peñas de Alicante a las que llevé fotos prometidas, he festejado coreando su nombre, con la coplilla inolvidable a voz en grito, en finales inolvidables, y hasta he ligado contando frases e historias de nuestro mito en lugares remotos. Digo mito, porque Jose Ángel Iribar Kortajarena rebasa la leyenda, es desde hace años inmortal. Como vasco clásico, es parco en palabras pero afable en el trato, de apretón enérgico al saludar, y siempre dispuesto a sonreír, sobre todo a los niños que no pudieron verle pero se lo imaginan y se piden su nombre al echar un partido, como yo me he pedido a Dani y otros se pedían a Zarra, Gainza, Panizo o Rojo. Cuando recientemente se abría el museo del Athletic, eché de menos que no hubiese un ala dedicada solo al Chopo, porque con su figura podría hacerse un parque temático.

Mi primer autógrafo de Iribar data de 1971 y lo guardo en mi cajón secreto de la memoria, donde conservo las cosas bellas que me han pasado en esta vida, quizá por eso me guste tanto desde entonces el color negro. El más reciente me lo dedicó cuando se presentó el libro de Renedo y Ondarra: 'El mejor equipo del mundo', con mi mejor guardameta de la historia incluido en sus páginas, ese cancerbero que levitará eternamente en una portería de Lezama con unas manos que detienen el tiempo.

De negro

Es difícil decir de Iribar nada que le defina mejor que la coplilla que le acompañará para siempre. «Iribar, Iribar es c…». Todo un mito contenido en dos frases. Nadie como él ha representado a lo mejor del Athletic. Si acaso Pichichi o Zarra, pero estos contaban con la ventaja de encarnar el gol como valor supremo del fútbol. Era más difícil hacerlo en el siempre extraño puesto de portero, un papel reservado a actores extravagantes, de carácter imprevisible y acciones insólitas, como el inolvidable Lezama.

Por el contrario, Iribar reinó en el área sin aspavientos. Incluso en la contrariedad. Sin un mal gesto hacia los rivales, y mucho menos hacia los compañeros, para los que fue siempre un ejemplo. Se convirtió en un ídolo y engrandeció el puesto de portero, tantas veces reservado en nuestros juegos de niños a ese que quedaba el último cuando los equipos se elegían 'echando a pies' en el 'draft' del barrio. Mi hermano Imanol pidió un año a los Reyes el traje de Iribar, camiseta y pantalón negro, medias rojas y blancas. Debió de portarse bien aquel año porque se lo trajeron. Nunca le vi tan feliz.

Las normas prohibieron que el guardameta vistiera de negro, para no confundirse con el árbitro y al final arqueros y trencillas acabaron vistiendo de rosa chicle o de verde pistacho. Iribar optó por un discreto verde ¿botella? Para su zamarra. Otra cosa hubiera sido impensable. Pero yo le recordaré siempre de negro. Ese color acentuaba su estilizada estampa y su incontestable autoridad. Su figura quedó para siempre enmarcada entre los tres palos con su austero atuendo. Como un retrato para la historia, más de un santo que de un rey. Es el hombre que hizo de la portería un lugar respetable y del negro el color de la gloria. El que hizo que un niño, o miles de niños, eligiesen ese puesto y ese traje para cumplir sus sueños. Como Iribar no hay ninguno.

En el viejo Gol Norte

Mi primera vez con el Chopo. ¡Cómo olvidarla! Y no, precisamente, porque se tratara de la exaltación de un héroe, que lo fue. Eso llegaría después, con el paso de los años y la sumisión a aquel portero de emblemático uniforme negro -qué raro se nos hacía cuando se pasó a un verde botella oscurísimo que no era lo mismo- al que seguíamos en San Mamés tras las mallas en la vieja portería de Gol Norte. Porque entonces la grada nacía con un par de filas de asientos y tras ellos se proyectaba la vieja tribuna en la que todo el aforo era de pie. Aquella tarde de septiembre de 1971, con la Comunión recién hecha, nos afanábamos en acceder lo antes posible a la barandilla que delimitaba ambas entradas para lanzarnos en cuanto empezara el partido en pos de los asientos libres. Allí a cuatro metros de Iribar y esquivando la severidad de algunos 'boinas rojas'.

Era el primer partido de la temporada, contra Las Palmas. Mis ojos, más que clavados, incrustados en el cancerbero cuando en el minuto 14 un remate manso de Gilberto I, que el zarauztarra esperaba rodilla en tierra y brazos dispuestos para abrazar el cuero, hizo un extraño, rodó por el exterior de su antebrazo izquierdo y acabó en las mallas. Hoy en día hubiera sido un gol de repercusión viral. Y no entendía nada, como pipiolo, de la ovación que se llevó, digna no de una cantada sino de algunas de sus numerosas y antológicas paradas, muchas más de las que imaginamos. Él narcotizó la mayoría con su ausencia de adorno. Espartano.

En su edición dominical del día siguiente, EL CORREO titulaba: «A pesar de los pesares, como Iribar no hay ninguno» y en el desarrollo de la información de la derrota (1-2) se oficializaba su bula periodística. «¿Es que no tiene derecho el mejor portero de España y posiblemente de Europa a tener un fallo?». Amén, Chopo.

¡Ha pasado el chopo!

No es momento de hablar de fútbol, es momento de hablar de referentes y de su legado personal, algo que va más allá de lo meramente deportivo. De José Ángel Iribar, para nosotros 'el legendario'. De niño recuerdo que sólo pedía el equipaje del Athletic de Txetxu Rojo y del Chopo. Quién me iba a decir a mí que años más tarde tendría el privilegio de compartir con él vestuario durante tres temporadas en el Bilbao Athletic. Las generaciones de los años 62, 63, 64 y 65 es complicado que podamos olvidar aquellos tiempos.

El Chopo imponía, tanto que recuerdo que cuando jugaba en los equipos inferiores del Athletic y sabías que pasarían los jugadores del primer equipo a entrenar, me asomaba a la puerta interior del vestuario que daba al pasillo y cuando escuchabas sus tacos y le veías acercarse vestido con su indumentaria de portero camino del campo 1 parecía faltar espacio. Lo ocupaba todo. Se hacía de noche. «Jodé, ha pasado el Chopo», solíamos decir.

Fueron años muy intensos. Los que jugamos bajo su mando, también disfrutamos cuando le vimos en su primer año con Iñaki Sáez y más tarde los otros dos años ya él con mando en plaza.

Inolvidables también aquellos larguísimos viajes, los vídeos musicales en el autobús de Pardito, su canción favorita de Sinatra o Kenny Rogers antes de los partidos... Y las pelis, muchas horas de pelis. Y una frase que nos soltaba y que se hizo habitual antes de los encuentros: 'La mirada del Tigre', mítica expresión en 'Rocky'. 75 años, Chopo. Cómo pasa el tiempo. Los recuerdos se solapan cuando pienso en aquellos años. Dicen que cuando eso ocurre es porque fueron tiempos felices. No tengo ninguna duda de que fue así. Ángel, gracias por haberte conocido.

75 cumpleaños de Iribar

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