Sin adjetivos (no querellables)

Sin adjetivos (no querellables)
Jon Rivas
JON RIVAS

Cuando una situación se repite periódicamente, en este caso una vez por semana al menos, los comentaristas que debemos analizarla acostumbramos a decir que se nos acaban los adjetivos. No es el caso. Adjetivos hay muchos para describir lo que está haciendo el Athletic, lo que perpetran sus futbolistas y lo que planea el entrenador, pero no podemos utilizarlos porque claro, los calificativos rozan el código penal, y no me apetece desfilar de juzgado en juzgado respondiendo a demandas y querellas.

Además, las páginas de un periódico respetable no están para reproducir palabras gruesas, más propias de ambientes provectos y que antaño se atribuían a quienes se dedicaban a una tarea ya desaparecida, la de peón caminero. Supongo que utilizaban ese lenguaje a causa de las tribulaciones de un trabajo demasiado penoso.

Pero miren, esa última palabra, penoso, si puede adaptarse como un guante al ¿espectáculo? que sufrimos.

Penoso, lamentable, patético. Del minuto uno al 94. El repaso del Olympique fue espectacular. Ziganda tendrá que empezar a pensar si está a la altura; si encaja en el Athletic. Fue encender el televisor y estrellar el mando a distancia contra el sofá, para evitar daños mayores y no tener que andar recomponiendo los cachitos y pegarlos con cinta adhesiva. Andaba tranquilo, sin prisas, apreté el botón y en ese momento sacaba de centro el Olympique. Empezó a correr el reloj pero el árbitro portugués ordenó que lo hicieran de nuevo, así que cuando de verdad comenzó el partido, habían pasado ya once segundos. 38 después, el Athletic ya perdía con un gol de Ocampos, cuyo nombre me remite a mi infancia y a uno de los paraguayos del Zaragoza, a los que llamaban los zaraguayos, pero este es argentino, y muy listo. Dejó a media defensa del Athletic con la mano levantada, pero flácida, como si ni ellos mismos se creyeran el fuera de juego que pedían, y que no era.

Fue un regalito de De Marcos, luego otro de Etxeita y ya iban dos goles en contra; después unos cuantos más, sobre todo de San José, que está hecho unos zorros.

Tuvimos la suerte de que al ver tantos regalos, el árbitro portugués se creyó que los ¿futbolistas? del Athletic estaban jugando al amigo invisible y se apuntó con un penalti que sólo la mente calenturienta de un auxiliar de fondo puede imaginar. Hay que ponerse en su piel, claro. Está allí, aburrido, agarrado a un palo, que yo creo que se lo dan para que no se meta las manos en los bolsillos, y de repente tiene la ocasión de convertirse en protagonista. Toma, penalti, y el primer tiempo en vez de 5-0 acaba 2-1, con un milagro en el descuento.

Así que los del Athletic se creyeron que Disneyland París está ahora en Marsella, y que Payet era Pluto, y Ocampos Mickey Mouse, y que se iban a divertir en la segunda parte, pero no. El Vélodrome no es un parque temático y los que parecían Blancanieves y los siete enanitos eran Ziganda y sus jugadores. Menos Herrerín, que no era enano sino gigante. Menos mal que están él y Kepa para salvarnos si no de las derrotas, sí al menos de las humillaciones.

Qué pésimo estaba el campo, dirán los finos estilistas rojiblancos, pero el balón sólo botaba mal cuando lo intentaban controlar ellos. Si lo conducía un jugador del Olympique a velocidad de vértigo, parecía una alfombra. Alguno, por poner una excusa, igual alega que los marselleses jugaban con doce. Que sí, que yo también vi en el campo a Amavi. Los que no le vieron, ni a él ni a sus compañeros, fueron los jugadores del Athletic.

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