la fe de los aficionados

Aduriz batalló sin fortuna tras fallar un penalti. /
Aduriz batalló sin fortuna tras fallar un penalti.
Jon Rivas
JON RIVAS

Mientras se derrite la nieve que siempre sorprende en Bilbao por mucho que se anuncie, viene el recuerdo de aquel partido contra el Español, con San Mamés embarrado después de un día de frío y de nieve muchos años atrás ya. Esa noche el Athletic se dio cuenta de que podía ganar la Liga. Fue como una transformación, una catarsis. Después de la exhibición de los rojiblancos y de Tommy N’Kono, que salvó a su equipo de una goleada de escándalo aunque encajó cinco, la afición y los jugadores se dieron cuenta de que el sueño difuso de semanas antes podía convertirse en realidad. El entrenador no. Javier Clemente ya tenía fe desde mucho antes, faltaba más.

La cuestión es que de aquel escenario quedan el recuerdo y el frío. Ni el campo es el mismo, y hace tiempo que no aparece el barro para estropear un césped perfecto. El único contacto de aquel equipo con el actual es Txetxu Gallego, que se sienta en el banquillo como utillero, con dos ligas, una Copa y una Supercopa a sus espaldas. Que se lo mejore alguno de los futbolistas de ahora. Y la afición, claro, que sigue ahí, siendo la misma, pero que no tiene aquella fe, aunque espera su catarsis, un detalle, un signo que le haga cambiar de opinión, de dejar atrás gritos indeseados para todos.

Pero a veces no hay manera de enderezar lo que está torcido: cuando se advierte que los inconvenientes se acumulan como los trastos en un desván. La fatalidad: un rival que sale a embarrar el partido, con interrupciones y algún que otro codazo; que marque el Valencia en su primera llegada, como consecuencia de una indecisión primero y un repliegue en el área después que deja expedita toda la zona de ataque. Ni una pierna había por allí, ‘porca miseria’. Que después Aduriz dude en un lanzamiento de penalti es un mal síntoma a estas alturas. Otra vez ‘porca miseria’, qué le vamos a hacer.

Y no era porque no lo intentaran por lo civil y lo militar, en un partido áspero de invierno, en el que se vio más sangre de lo habitual, porque brillaban los tacos de aluminio como sables de la brigada ligera, con dos equipos a cara de perro, empeñado cada uno en su tarea. El Valencia buscaba desquiciar, el Athletic se empeñaba en encontrar su camino, y en la segunda parte se vio un atisbo de lo que espera la afición para tener confianza. Por eso no hubo gritos, ni silbidos, ni nada por el estilo, sobre todo después del gol de Óscar De Marcos, que eso sí que es un acto de fe hecho futbolista. Es el alma del equipo.

De Marcos es el espíritu que busca la grada. Animó al equipo, que se lanzó al abordaje, a por el segundo. Lástima que al Athletic no le diera para mucho más, aunque ahogara al Valencia en sus propias dudas, y a Marcelino, que nunca ganó en San Mamés ni como entrenador ni como jugador.

Durante algunos minutos reapareció el espíritu de los partidos de la nieve, el del Español, el del United, que se pierden ya en el recuerdo. Pero ya no hay barro, y la nieve la derriten esos focos gigantescos, como de ciencia ficción, que se encienden cuando el partido se apaga.

Fue el empeño, poco más, porque este Athletic tiene poco fondo, pero le dio para sumar un punto que mejora la autoestima. Queda muy lejos la zona de peligro, que tanto nos apura desde aquel bienio negro, pero queda también muy lejos el fútbol que necesita este Athletic para recuperar la fe de sus seguidores.

Athletic - Valencia

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