Recibe el alta el vigilante herido por los ultras franceses

El vigilante herido./D. S. Olabarri
El vigilante herido. / D. S. Olabarri

«Nos atacaron con cinturones y vi reírse al que me cortó el cuello con una hebilla», asegura Francisco a El CORREO

David S. Olabarri
DAVID S. OLABARRI

«Lo que hay que hacer para salir en primera página del periódico», bromea Francisco cuando un amigo le muestra la fotografía de EL CORREO en la que aparece herido en el suelo. Antes de recibir el alta en la mañana de este sábado, este hombre, vigilante de seguridad de 56 años y padre de dos hijos, atendía a este periódico y demostraba tomarse las cosas con humor. Pero la expresión se le cambia cuando recuerda la «cara de satisfacción», prácticamente riéndose, del ultra del Olympique de Marsella que le golpeó en el cuello con la hebilla de un cinturón, que había sido específicamente preparado para hacer daño.

Francisco se llevó la mano a la parte izquierda de la garganta. Empezó a sangrar de forma abundante. Bajó como pudo los escalones del vomitorio de la grada en la que estaban los hinchas franceses. «Medio inconsciente», se tumbó en el suelo. Los primeros compañeros que le atendieron no sabían si el corte le había afectado a algún órgano vital. Cuando estaba en el suelo apenas alcanzó a ver a los agentes de Brigada Móvil, los antidisturbios de la Ertzaintza, dirigiéndose hacia la grada. Una ambulancia le trasladó al hospital de Basurto. Finalmente, localizaron el corte a sólo un centímetro de la yugular. «Un centímetro más a la izquierda e igual hoy no estoy aquí», asume. Los médicos le tuvieron que suturar con siete grapas.

Además de los puntos en el cuello, también le han hecho diversas pruebas –como un escáner cerebral– para comprobar que no tiene más lesiones por los golpes que recibió. Los médicos le decían que estaba bien, pero que debía permanecer un tiempo en observación hasta tener ciertas garantías de que las heridas evolucionan bien. Una vez comprobado esto, ya está fuera del hospital.

La agresión se produjo cuando los vigilantes de seguridad trataban de evitar que los ultras, que estaban provocando ya altercados, arrojasen más bengalas a la parte inferior del estadio. De hecho, una joven que estaba en la grada recibió el impacto de uno de estos artefactos. Pero lo cierto es que Francisco ni siquiera recuerda si se habían lanzado bengalas. Sólo recuerda que, poco después de terminar los «exhaustivos» cacheos en las puertas 20 y 21 del estadio, se disponía a «echar un cigarrillo» cuando apareció el jefe de equipo y les dijo que había que entrar, que aquello se estaba convirtiendo en una batalla campal. Cuando llegaron les impresionó lo que vieron. «Estaban en formación, ¡joder! En formación de combate. La típica falange hoplita», explica este hombre, nacido en León y residente en Burgos.

«Venían a la guerra»

Este hombre, que ha residido alguna época de su vida en Bilbao, tiene claro que aquello era una emboscada. La Ertzaintza ya les había incautado navajas, barras de hierro y pelotas de golf en diversos controles. Pero consiguieron introducir en el campo alguna bengala y los cinturones de goma con hebillas. «Venían a la guerra, no a un partido», advierte. Cuando llegaron los vigilantes de seguridad, lejos de retroceder, el grupo de ultras empezó a abrirse. «Lo que hacían era dejar abierto el semicírculo para ver si picas y profundizas. Si lo haces te van a cerrar y ya date por perdido», relata. Francisco no entró. Pero empezaron a «machacarles» por los laterales con cinturones de dos metros. Fue en ese momento cuando le dieron en el cuello. Francisco sabe quién es: un hombre blanco, con pantalón oscuro, sudadera adidas azul cielo, visera azul marino y barba castaña poco poblada. «No olvido la cara de satisfacción que puso cuando me dio. Como diciendo, 'hijo de puta ahí lo tienes'. Luego se metió hacia dentro del grupo», recuerda.

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Francisco es una de esas muchas personas que perdió su anterior empleo, en una compañía de seguros, por la crisis. En 2003 empezó a trabajar en empresas de seguridad y se especializó como vigilante de explosivos y escolta privado. Durante estos años ha trabajado como guardia para diversas firmas. Entre ellas, la central de Garoña. Y ha venido a Bilbao a cubrir determinados eventos especiales. Por ejemplo, estuvo también en el partido de alto riesgo entre el Athletic y el Spartak de Moscú de hace apenas 15 días. De aquella ocasión, recuerda que en términos generales el trato de los hinchas que accedieron al campo fue «muy bueno».

Pero esta vez –dice– fue todo muy distinto. Francisco ha vivido en Francia y en Suiza y se dedicó a hacer de intérprete durante los cacheos «para facilitar las cosas y pedir un poco de calma». «Nosotros fuimos exquisitos. Mi francés es académico. Y el 'monsieur' y el 's'il vous plaît' van a todos lados. Les pregunté si había mujeres. Las colocamos en otra parte para que las cachearan nuestras compañeras. No tuvieron que hacer ni cola. Sólo nos faltó ponerles el 'café au lait'. Todo lo prohibido, excepto lo ilegal, se guardó en contenedores y se permitió que lo pudiesen recoger al final del partido», detalla.

Los franceses, sin embargo, «estaban provocando desde el principio, ya en la entrada del campo, a los propios 'beltzas' (antidisturbios)». Durante los cacheos, por ejemplo, tuvo que llamar la atención «tres veces» al individuo que después le golpeó, porque no atendía a las peticiones para que se quitase la gorra. «Este se reía, se cambiaba de fila, se quitaba la gorra, se la ponía», explica.

Francisco insiste en que las instrucciones que habían recibido de la empresa y el trabajo que hicieron en la puerta fue «impecable». «Lo hicimos lo mejor que pudimos. Alguna bengala se puede colar, pero es difícil controlar totalmente a gente que viene con ganas de hacer daño», concluye.

«No tenemos chalecos, ni cascos y cobramos una miseria», denuncian los sindicatos

«No tenemos chalecos. No tenemos cascos. Tenemos defensas pequeñas. No tenemos ni escudos. Y cobramos una miseria por jugarnos el pellejo». El Colectivo Independiente de Seguridad Privada de Euskadi (Cispe) denuncia la falta de medios que sufren los vigilantes de seguridad para hacer frente a partidos de alto riesgo como el del jueves en San Mamés. Uno de sus representantes explica a este diario que apenas cuentan con una defensa semirrígida de cincuenta centímetros, unos guantes anticorte y unos grilletes. «Medios a todas luces insuficientes para hacer frente a varias decenas de radicales dispuestos a hacer daño y causar altercados», detalla esta fuente.

Según explican, gran parte del problema reside en que estos medios llevan sin actualizarse desde 1992, cuando se modificó la legislación. Y censura que no se les dote de más capacidad a pesar de que, en estos casos, los vigilantes de seguridad funcionan como «complementos» de la Policía. «Son las fuerzas de seguridad las encargadas de dirigir los dispositivos. Y nosotros dependemos de lo que ellos deciden. También dentro de San Mamés. Así que nos parece justo que se nos dote de recursos suficientes. Deberíamos dejar de ser la hermanita pobre de la Policía», insiste otro sindicalista.

Los bajos salarios del sector son otra de las principales reivindicaciones laborales. El salario base se encuentra en torno a los 900 euros, además de otra serie pluses en función de las actuaciones. Además, en los grandes eventos, también se realizan contratos temporales de 8 ó 10 horas mensuales. Lo que implica que, en algunos casos, cobran unos 45 euros brutos por partido.

Fuentes de la empresa de seguridad para la que trabajan los vigilantes heridos insisten en que las condiciones laborales de sus empleados, a diferencia de lo que ocurre en otras muchas, «se rigen por el convenio colectivo y en el aspecto económico son las mejores dentro del sector».

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