Athletic: el calvario del incrédulo

Llevamos toda la temporada buscando con la lupa de Sherlock Holmes puntos de inflexión, brotes verdes y plataformas de despegue

Athletic: el calvario del incrédulo
JON AGIRIANO

Si aceptamos que un equipo es un estado de ánimo, como dijo Jorge Valdano, sólo queda una pregunta pertinente que hacer. ¿Cómo consigue un equipo ese estado de ánimo propicio que le hace creer en sí mismo, progresar y acabar ofreciendo su mejor versión, en ocasiones una que supera todas las expectativas? Siempre he pensado que la respuesta es muy sencilla: a través del buen juego. No hay otra manera. Solo creyendo en su fútbol, sintiéndose poderosos a partir de la convicción de que hacen bien las cosas sobre el campo, pueden crecer los jugadores y triunfar como equipo. Las penurias del Athletic a lo largo de la temporada tienen, por tanto, una explicación evidente. Este equipo no ha creído en nada. El suyo está siendo el calvario del incrédulo. Desde el primer día, se ha dedicado a avanzar a trompicones, improvisando, incapaz de hacer dos buenos partidos seguidos hasta acabar sufriendo una degeneración brutal en su fútbol.

La propuesta de los rojiblancos ante el Olympique de Marsella fue tan pobre que los primeros que se sintieron estafados fueron aquellos hinchas, llenos de buena voluntad, impulsados por algo parecido a un deber moral con su equipo, que quisieron creer en la remontada y participaron animosos en la espectacular escenografía rugiente montada por el club para el partido. La realidad, sin embargo, demostró que no se puede creer en este Athletic porque es el propio Athletic, empezando por sus jugadores, el que no es capaz de creer en sí mismo. Y no importa lo que estos digan en sus declaraciones, pura filfa casi siempre. Como tampoco tienen mayor recorrido las de Ziganda, más allá de su caballeroso sentido de la autocrítica y de una inocencia extrañísima -¿cómo se atrevió a contar lo que soñó en la bicicleta estática sabiendo a la que se exponía si el equipo no remontaba, como era lo más previsible?- en un hombre con treinta años de experiencia en la jungla del fútbol y apodado Cuco.

Porque lo cierto es que llevamos más de siete meses escuchando los mismos discursos, aplazando para el siguiente partido la deseada regeneración, aferrándonos a cada pequeña buena actuación como a un clavo ardiente. Llevamos toda la temporada buscando con la lupa de Sherlock Holmes puntos de inflexión, brotes verdes y plataformas de despegue. No hay excusa para las decepciones que no hayamos puesto en la balanza, ni razón para el optimismo, por minúscula que sea, a la que no hayamos dado foco, aunque sea a costa de sobredimensionarla. Y nada. No ha habido manera.

Estarán siendo muy duras las críticas al equipo, pero nadie negará que la paciencia y el deseo general de los aficionados y los medios de que el Athletic se levante de la camilla en la que lleva postrado desde que arrancó la competición han sido todavía más fuertes. La cuestión ahora, por supuesto, es qué hacer en los dos meses que restan. Qué hacer con un proyecto que terminó de certificar su fracaso el jueves cuando los rojiblancos no fueron capaces de ofrecer a sus seguidores no ya una remontada sino al menos una demostración de casta. No se hubieran visto cartulinas blancas -los pañuelos son una cosa antañona que ya sólo llevamos cuatro- al final del partido si el Athletic hubiese muerto matando, con una cierta grandeza más allá de sus limitaciones actuales. Pero no, ni eso -ese bello morir que toda vida ennoblece, como dijo el clásico- fue posible. El Olympique se dio un paseo y nos lo restregó en la cara.

¿Qué hacer?, me preguntaba. Y la verdad es que no tengo respuesta. Probablemente ya sea tarde para todo y haya que dar la temporada por amortizada y soportar estos dos meses como mejor se pueda. Sospecho que esta es la opinión de Josu Urrutia, al que le gusta medir la fibra rojiblanca de los aficionados cuando el fútbol le impone al Athletic alguna de las penitencias que él vivió como jugador. En este sentido, le veo mucho más cerca de aplicar la máxima ignaciana de no hacer mudanza en la desolación que de tomar medidas drásticas. Pero son sólo sospechas. Personalmente, no me resisto a manejar otra posibilidad: enterrar un proyecto muerto y comenzar uno nuevo con otro entrenador. Puede que no sirva de nada y todo siga igual hasta mayo, pero el aire fresco siempre es bueno cuando un ambiente se hace irrespirable. Podría generar una cierta ilusión y, desde luego, permitiría situar el foco de la responsabilidad en unos jugadores, pagados y protegidos como ninguno de su categoría, cuyo rendimiento está siendo sangrante.

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