Athletic: el centro del problema

Athletic: el centro del problema
Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Me temo que todos recordamos cada cierto tiempo aquella frase de Ziganda en su primera rueda de prensa en el Athletic. «Todo lo que no mejora, empeora», dijo el técnico navarro, cuando todavía soñaba a lo grande y se disponía a zarpar rumbo a la gran aventura de su vida. La verdad es que me molesta recordar aquellas palabras. Me siento un poco ventajista, como si al evocarlas estuviera criticando a ‘Cuco’ por haberse mostrado tan ambicioso en aquellos días de verano en los que había tantas promesas en el horizonte. Y no. No se lo puedo criticar. Todo lo contrario. Me gustó el discurso de Ziganda en su presentación y siento mucho que el juego de su equipo haya empeorado de tal manera que la diferencia entre esta cruda realidad y aquel deseo inaugural suyo sirva ahora para ridiculizarlo.

Son muchos los problemas que sufren los rojiblancos y les han llevado a una situación en la que sólo una victoria ante el colista evitará que empiecen las procesiones a Begoña y quién sabe si algunas manifas del pueblo libre y mosqueado. Insisto, son muchos. Y como ya están rigurosamente inventariados -llevamos toda la temporada haciendo ese trabajo de disección y clasificación-, esta vez voy a centrarme en uno solo, el que es, a mi juicio, el más grave para el presente del equipo y el más preocupante para su futuro: el centro del campo. En concreto, los dos puestos de medio centro, claves a la hora de decidir la propuesta de fútbol de cualquier equipo. ¿Alguien duda de que el disparatado juego de dados que lleva practicando Ziganda toda la temporada para elegir a su pareja -o a veces trío- de medio centros sólo puede ser propio, precisamente, de un equipo disparatado que no sabe a lo que juega?

Hay que reconocer, en descargo de ‘Cuco’, que ninguno de los cuatro futbolistas que tenía en sus planes para llevar el timón -Beñat, San José, Iturraspe y Vesga- le han respondido. Sólo Mikel Rico, que en agosto estaba condenado a comer pipas en los palcos durante los partidos, ha sabido estar a la altura cuando, en un momento delicadísimo, Ziganda se refugió en él como quien se cobija detrás de John Wayne en un tiroteo. Pero la titularidad de Rico era, en sí misma, un síntoma de debilidad, el reconocimiento implícito del fracaso de una estrategia optimista -la de mejorar para no empeorar-, y su sustitución por otra muy distinta, la de pelear para no morir. Y ese fracaso sigue agrietando al Athletic, vaciándolo por dentro.

Pero volvamos a Beñat, San José, Iturraspe y Vesga. Sé que es feo señalar a unos pocos cuando el desastre es de todos, pero les aseguro que fue mucho más feo verles jugar en el Wanda. Lo de Beñat empieza a cansarnos a muchos. La pasada temporada, entre pitos y flautas, jugó bien dos meses y ésta no ha pegado pie con bola. Le operaron del pubis y estuvo un mes fuera. Ok. Démosle otro mes para coger tono. Perfecto. ¿Y ahora dónde está? ¿O es que la doctora Muschaweck le cortó una pierna y le puso una pata de palo? Y qué decir de San José, que sin una razón que lo explique se ha desintegrado. Una temporada más como ésta y cualquier día vemos la caricatura del ‘Sanjo Buruz’ en un contenedor.

El caso de Iturraspe es doloroso. Superior a mis fuerzas, lo reconozco. Me consumo pensando en lo lejos que este futbolista va a estar del lugar al que, por su talento, podría haber llegado. Cada vez le veo más como el paradigma del canterano de Lezama sin grandes ambiciones, de natural acomodaticio, al que la filosofía del club le viene de perlas para, sin una verdadera competencia a su alrededor, exigirse sólo lo mínimo imprescindible para conservar su puesto de trabajo en el primer equipo. En cuanto a Vesga, qué decir. Todavía no ha demostrado nada y no hay quien entienda su renovación hasta 2021 cuando sólo llevaba jugados media docena de partidos y no precisamente como para tirar cohetes. Porque esa es otra. Tenemos Iturraspe, Beñat, San José y Vesga para rato. El primero termina contrato en 2019 y seguro que este verano corren a prolongárselo. Y San José y Beñat, renovado en octubre, terminan en 2020.

Qué quieren que les diga: a mí este panorama se me antoja desolador. Es cierto que el fútbol es muy cambiante y que el rendimiento de los futbolistas está sujeto a azares y caprichos, pero la verdad es que no me fío nada de que la reconstrucción que necesita el Athletic -por supuesto, ya estoy pensando en la próxima temporada- pueda llevarse a cabo con estos cuatro al frente de la sala de máquinas y Mikel Rico echando paladas de carbón en la caldera de la locomotora. Bueno, no es que no me fíe. Es que no me lo creo. A estas alturas, sólo pienso y confío en las caras nuevas que puedan ir llegando, quién sabe. En fichajes como Dani García, Mikel Merino o Ruiz de Galarreta; en que Undabarrena o San Bartolomé puedan llegar a ser los futbolistas que prometían antes de sus lesiones, o en que grandes promesas como Sancet o Vencedor, por ejemplo, dejen de perder miserablemente el tiempo en el juvenil y se fogueen ya en el filial con la mirada puesta en el primer equipo.

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