Athletic: descomposición

Muchos equipos tiran de oficio, de experiencia, para capear el temporal, cuando no tienen otros recursos, pero no este Athletic moribundo

Athletic: descomposición
Jon Rivas
JON RIVAS

El Athletic empieza a oler mal, a descomposición. Cuando el viento sopla del campo a la grada se adivina un tufillo desagradable. Este equipo está muerto y parece que no lo sabe, como Bruce Willis en ‘El sexto sentido’. Deambulan los futbolistas como zombies por el césped, pegándole gritos al árbitro, cayendo fulminados al suelo en cada disputa aérea, entregando balones al contrario como quien reparte invitaciones de discotecas en el paseo marítimo de Benidorm; deambula Ziganda por el área técnica, con mirada de permanente asombro, como si no fuera capaz de descifrar lo que sucede en el terreno de juego. Si allí abajo nadie entiende nada, imaginen en la grada, o delante del plasma, donde la desafección empieza a ser alarmante.

Este Athletic se descompone a pasos agigantados. El tenderete en el que se vendió, a principio de temporada, que nos íbamos a divertir está desmontado y guardado en el desván, como la ambición que era la seña de identidad de Josu Urrutia en su campaña electoral y que, poco a poco, ha ido degenerando en discursos en los que se recuerda que el equipo rojiblanco nunca ha estado tantas veces seguidas en Europa.

Es verdad, pero la ambición es como una bicicleta de pista y piñón fijo. Si dejas de dar pedales te caes. Alguien ha apagado el interruptor de la ambición y nos hemos dado de morros contra la realidad, que dicta que el Athletic de Ziganda es un equipo que ha perdido todas las virtudes que atesoraba. La coartada de la filosofía regresa; la que dice que el club rojiblanco compite en inferioridad. Parecía olvidada pero ahí está, y es dañina, así que habrá que fulminar la filosofía, - lo que no es recomendable-, o la coartada, que es muy perjudicial. El victimismo no lleva a ningún lado. Si somos diferentes, lo asumimos y buscamos la excelencia con los productos de la tierra. Como los restaurantes con estrellas Michelin.

Qué se puede decir del partido de Vélodrome que no se haya contado ya. En la alineación de Ziganda figuraban siete jugadores con más de 30 años, lo cual no deja de ser preocupante para un equipo como el Athletic. Había otros dos que tienen 29. Sólo Yeray y Williams están todavía lejos de doblar la esquina de la treintena. Pues bien: ¿cuál suele ser la seña de identidad de un equipo veterano? El oficio, dirán. Efectivamente.

Muchos equipos tiran de oficio, de experiencia, para capear el temporal, cuando no tienen otros recursos, pero no este Athletic descompuesto, moribundo, que parece buscar el cementerio de los elefantes para tumbarse y descansar hasta la eternidad. Un equipo con oficio no encaja un gol a los 45 segundos. Ya sé que es anecdótico, pero un equipo con oficio, al que le toca elegir campo en el sorteo, como le ocurrió a Susaeta, no elige defender la portería en la que se aposentan los hinchas más feroces del equipo contrario. Que pasen 45 minutos y que se amansen.

Pero es complicado encontrar soluciones a un equipo que se descompone. Asumido por casi todos que Urrutia no va a dar el paso de destituir a Ziganda, queda esperar una transición plácida hasta final de temporada: ganar tres partidos, sumar los puntos suficientes para la salvación y esperar tiempos más benignos. De la mejoría en el juego o de la posible remontada ante un Olympique que no machacó en Marsella como podría haber hecho, no tengo ninguna esperanza, y eso que deseo con fuerza equivocarme y comerme con patatas estas líneas, y aclamar a jugadores y técnico por sus hazañas, pero la verdad, no lo veo. La tendencia de un Athletic que huele a descomposición, dice todo lo contrario.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos