Athletic: un deseo imposible

Me encantaría que los jugadores del Athletic hicieran autocrítica no del equipo sino de sí mismos

Jugadores del Athletic hacen carrera continua en Lezama. /Manu Cecilio
Jugadores del Athletic hacen carrera continua en Lezama. / Manu Cecilio
JON AGIRIANO

El cansancio que Ziganda está provocando entre los aficionados del Athletic afecta incluso a sus virtudes, que son despreciadas con el desdén que se reserva a los condenados. Me refiero, por ejemplo, a su capacidad de autocrítica. 'Cuco' no se esconde. Asume sus errores y no acostumbra a poner paños calientes. El sábado, por ejemplo, reconoció que en el Pizjuán todo le salió mal. A Ziganda, por supuesto, le honra esta actitud, pero tampoco le vale como exculpación. Es un profesional y su responsabilidad en los errores continúa intacta después de pedir perdón por ellos. Y él lo sabe. De manera que no nos confundamos. Ser justos con el técnico navarro consiste en aceptar sus disculpas con deportividad y, a partir de ahí, continuar exigiéndole lo que se le debe exigir a un entrenador del Athletic. Quiero decir que su crédito no aumenta porque sea muy majo y pida mil veces disculpas. Esto es fútbol.

No seré yo, pues, quien niegue la pertinencia de las críticas al trabajo de 'Cuco', uno de los más pobres que recuerdo en un entrenador del Athletic. La temporada está siendo un desastre y la continuidad del técnico navarro se debe a que Josu Urrutia se ha tomado ésta como un acto penitencial propio de su cargo como máxima autoridad religiosa de la fe rojiblanca. Ahora bien, hay algo que me está inquietando. Es la presunción de una injusticia. Me refiero a que el foco de la responsabilidad se haya puesto exclusivamente sobre Ziganda, para quien sólo falta pedir que le unten con brea, le emplumen y le suban a un burro en el alto de Castrejana, y en cambio los jugadores lleven camino de irse de rositas. Es más, si a 'Cuco' sus errores le acabarán costando el cargo, probablemente a final de temporada, a algunos de los futbolistas que más se han distinguido a la hora de no dar pie con bola no es que sus pecados les vayan a salir gratis sino que han sido premiados con renovaciones. Y con esto no puedo, oiga.

La culpa de que los partidos del Athletic se hayan convertido en un suplicio e ir a San Mamés comience a ser un acto heroico para cuya consecución hace falta encomendarse a los antepasados de quienes recibimos la llama rojiblanca, les corresponde tanto a los jugadores como al técnico; y no estaría mal tampoco consignar la parte alícuota de la directiva. Siempre me ha parecido bastante infantil atizar en exclusiva al entrenador, como si éste fuese un ser omnipotente con una capacidad de destrucción absoluta. Y no, no es para tanto. Un técnico puede hacer mucho daño, efectivamente, pero no hasta el punto de que sus jugadores no sean capaces de dar un pase a diez metros, fallen goles cantados, cometan errores de conceptos defensivos propios de cadetes, se quiten el balón de encima con pelotazos infames o no tengan ningún pudor en estar desaparecidos durante largos tramos de los partidos, como si la fiesta no fuera con ellos.

Digo todo esto no con la esperanza de que algo sustancial vaya a cambiar. No. Este circo está montado así. Los futbolistas son los amos de la pista y más todavía en el Athletic, donde los que suben al primer equipo rozan directamente la impunidad ya que no pueden ser sustituidos. Mi esperanza es algo más personal. En realidad, se trata de un pequeño deseo imposible. Me encantaría que los jugadores del Athletic muestren la misma capacidad de autocrítica que su entrenador y sean verdaderamente sinceros. Y no a la hora de hablar del equipo -escudarse en los males del grupo siempre es fácil- sino de sí mismos. Creo que sobrellevaría bastante mejor las indigestiones de la temporada si, durante estos meses, unos cuantos futbolistas rojiblancos me hubieran sorprendido gratamente por su crudeza a la hora de analizarse. He llegado a imaginar incluso algunas entrevistas que nunca se hicieron ni se harán, con sus titulares de impacto. «No sé lo que me ocurre, pero no le pego a un balde». «Estoy fatal, peor que nunca». «A veces me pregunto si se me está olvidando jugar al fútbol». «Lo intento, pero no me sale nada». «Pido perdón a los socios por mi rendimiento». «Estoy pensando en hacerme txistulari». Cosas por el estilo. ¿Es mucho pedir? Me temo que sí.

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