Athletic: nervios, bandos y millones

Sería muy peligroso que estas grandes inversiones desde Ibaigane no tengan un retorno digno

Iñigo Martínez aterrizó ayer en San Mamés./
Iñigo Martínez aterrizó ayer en San Mamés.
JON AGIRIANO

Escribía el pasado jueves que, con los 65 millones de Laporte, Josu Urrutia iba a entrar en el mercado como William Munny en Big Whiskey aquella noche de tormenta. El viernes, a la salida de San Mamés, sugestionado por lo visto en el partido contra el Eibar, hasta me pareció escuchar el primer disparo de escopeta. El viejo pistolero se había cargado al propietario del saloon y apuntaba al sheriff Little Bill. Era evidente que Urrutia no iba a tener piedad. Y no porque estuviera rabioso como Munny, que al fin y al cabo tenía a su amigo Ned Logan expuesto en un ataúd en la puerta de aquel antro, sino por desesperación. Muy nervioso ante un golpe bajo que no esperaba y asustado por el pobre rendimiento del equipo, el presidente quería tapar la marcha del central francés a toda velocidad, como quien tapa una herida por la que teme desangrarse. Es lo que ha hecho. Y quién sabe si terminarán ahí -Merino ya suena con fuerza- sus cuidados paliativos de emergencia para la tropa de Ziganda.

El fichaje de Iñigo Martínez ha causado el revuelo esperado entre la afición del Athletic y no digamos nada entre la de la Real, cuya tristeza e indignación entiendo perfectamente. Que uno de tus jugadores se vaya al eterno rival siempre es duro. Ahora bien, que ese futbolista sea uno de los capitanes, todo un emblema del club criado en sus categorías inferiores, y que además se marche en plena crisis deportiva, justo cuando más se le necesita, es como para renegar de este mundo y desear que una máquina del tiempo nos devuelva a épocas en las que había cosas que un hombre no podía hacer o soportar si quería seguir sosteniéndose la mirada en el espejo. Por cierto, harían bien algunos conspicuos representantes del sector más radicalmente ombliguista del Athletic, los mismos que ayer se reían y criticaban a la hinchada txuriurdin por su indignación con el central de Ondarroa, en ponerse unos segundos en su lugar. Hagan un pequeño esfuerzo e imaginen su reacción si esto hubiera sucedido a la inversa.

Yo lo he hecho y, desde aquí, desde la trinchera rival, les digo a los realistas que entiendo su dolor. Y no sólo eso. Les aseguro también que mi idea de la filosofía rojiblanca poco tiene que ver con expulsar a niños riojanos que soñaban con jugar en el Athletic y, en cambio, no tener el más mínimo escrúpulo para poner sobre la mesa un fajo de 32 millones y contratar a un futbolista al que sólo le intereso por mi dinero y hace dos días confesaba que él «jamás cambiaría de bando» y el Athletic era «el enemigo». Pero, en fin, soy uno de esos tipos anacrónicos a quienes les da pena comprobar que la filosofía del Athletic tiene cada vez menos que ver con los principios y más con la cartografía. Terminé de convencerme de ello en 2015 tras lo sucedido con Raúl García, que en unas pocas horas pasó de ser persona non grata a ilustre ciudadano de honor.

Esto no significa que no entienda que el Athletic está obligado a defenderse en un mercado que le ha puesto contra la espada y la pared. «Yo no he empezado esta guerra», podría decir Urrutia, con toda la razón, para justificar un fichaje, el más caro en la historia del Athletic, que, en el plano estrictamente deportivo, nadie discute. No es que Iñigo Martínez sea una buena incorporación, que lo es, sino que no había otra. Ahora bien, una vez metidos hasta las cejas en el peor barro del fútbol, seamos honestos y tengamos al menos el pudor de no seguir hablando de sentimientos ni dando lecciones a nadie. Ni, desde luego, tampoco quejándonos de que otros clubes más poderosos paguen las cláusulas de nuestros jugadores cuando nosotros hacemos exactamente lo mismo con los más débiles. Por mucho que a Urrutia le encante el papel de paladín romántico de las esencias, por mucho que ayer, imperturbable, todavía siguiera hablando de los valores de nuestros ‘aitites’, debería contenerse. Recitar églogas de Garcilaso mientras uno dispara con una metralleta es una broma de mal gusto.

Se hablaba mucho ayer de la burbuja que se está creando en el Athletic con estos sueldos millonarios. Con Iñigo Martínez, de hecho, se ha superado una barrera, la de los cuatro millones netos por temporada, que en principio sólo iba a ser traspasada, dentro de un par de años, por Kepa y Williams. Ahora ya se habla de cinco. La verdad es que no tengo conocimientos de Economía como para calibrar el peligro al que se enfrenta el club con esta repentina inflación. Por otro lado, debemos asumir que mantener la filosofía del Athletic sale muy caro. El tiempo dirá cómo nos va. A mí lo que me inquieta es otra cosa, no si estos dinerales van a ser sostenibles sino algo de lo que se habla muy poco: me refiero a cómo van a influir en la percepción del equipo por parte de los aficionados. Lo digo porque, aunque no tanto como los sueldos de los jugadores, la exigencia va a aumentar. Por pura lógica. El socio no se va a resignar a ser un ‘pagafantas’ obligado a abonar millonadas de crack a futbolistas de un equipo que aburre a las ovejas y queda en mitad de la tabla. O la inversión tiene un retorno digno o esto se va al carajo. Porque corremos un gran riesgo: que la filosofía sea vista por los socios como una condena a la mediocridad competitiva y un tremendo chollo para los jugadores.

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