Athletic: la obligación que queda

El equipo de Ziganda tiene que demostrar que asume como un fracaso lo sucedido y hacerse perdonar ofreciendo lo mejor de sí mismo cuando ya sólo está en juego el honor de la camiseta

Athletic: la obligación que queda
JON AGIRIANO

Como es costumbre en los presidentes de los clubes, Josu Urrutia suele visitar a la plantilla en los momentos de crisis. En esos días nublados, aparece por Lezama y charla con el técnico y los jugadores, a quienes muestra su apoyo, les da mensajes de ánimo y -esto sólo lo supongo- les recuerda los mandamientos sagrados del Athletic. Lo hizo en la época de Bielsa, en la de Valverde y, por supuesto, también lo está haciendo en la de Ziganda. Recuerdo, por ejemplo, su visita tras la derrota ante el Zorya en San Mamés, a finales del pasado mes de septiembre. En estas páginas publicamos una fotografía muy bonita de Manu Cecilio en la que se le veía, detrás de unos ventanales de Lezama, charlando con Yeray, por entonces todavía en fase de recuperación.

Ha habido alguna que otra visita más, pero yo diría que esta temporada el presidente no ha querido prodigarse. Y es natural. Por mucho que Urrutia sea un hombre al que los jugadores deberían recibir lanzándole pétalos de flores, tal es la deuda para toda la eternidad que la mayoría de ellos ha contraído con él gracias a los pedazo contratos y generosísimas renovaciones que les ha firmado, su presencia es un entrenamiento siempre será un mal augurio. Y claro, teniendo en cuenta el nivel del Athletic durante el presente ejercicio, más que una visita puntual el presidente tendría que haberse quedado a vivir en Lezama, aunque sea durmiendo en el sofá de su despacho, como Walter Matthau en 'Primera plana'.

Dicho esto, yo creo que Urrutia debería pasarse por Lezama un día de estos. Podría aprovechar, por ejemplo, ese insólito entrenamiento a puerta cerrada que ha programado Cuco para el jueves -¿qué diablos querrá probar a estas alturas, qué nuevo sistema o espectacular jugada de estrategia deseará ocultar a los ojos de los espías rivales?- y así satisfacer de paso la curiosidad. Se preguntarán para qué serviría su comparecencia ahora que el Athletic ya no tiene nada que hacer salvo evitar el ridículo. Pues precisamente para eso. Urrutia tiene que dejar muy claro a los jugadores que lo último que pueden hacer ahora es tumbarse a la bartola. Todo lo contrario. Es en este momento tan delicado cuando más obligados están a dejar clara la diferencia que les separa de los equipos para los cuales apoltronarse en mitad de la tabla es una conquista que uno tiene derecho a celebrar incluso por adelantado. El equipo de Ziganda, en fin, tiene que demostrar que asume como un fracaso lo sucedido, y hacerse perdonar ofreciendo lo mejor de sí mismo cuando ya sólo está en juego el honor de la camiseta.

También sería entendible que el máximo mandatario rojiblanco explicara al cuerpo técnico y a los jugadores que la confianza que ha depositado en ellos merece la recompensa de su sacrificio. Yo al menos lo entendería. Urrutia ha tomado una decisión de mucho riesgo al no enterrar un proyecto muerto y es lógico que quiera evitar a toda costa que se pudra a la vista de todos. Esa ceremonia de la descomposición le haría mucho daño a él y a toda su junta. Tanto que no sé si, por mucha entereza que muestre, por muy convencido que esté de que es ahora, en un momento tan duro, cuando debe mostrar la fibra de la que deben estar hechos los presidentes del Athletic, sería capaz de aguantar una sucesión de broncas y pañoladas.

Quizá sí. Quizá alguien como él, con su mística rojiblanca y ya sin cálculos electorales de futuro que hacer, pudiera llegar incluso a sentirse orgulloso de la lección moral que encerraría su calvario. ¿Pero y los demás? Una de las cosas de las que más orgulloso se siente el deustoarra es de que en siete años no le ha dimitido ningún directivo y que todos han asumido sin rechistar su liderazgo absoluto. Las dos juntas que ha presidido han sido un ejemplo espectacular de unanimidad y perfil bajo. La discreción que ha rodeado a los miembros de la junta ha sido de tal calibre que, salvo a tres o cuatro, a los demás los socios ni les conocen. Ahora bien, esta gente ha vivido desde 2011 unos buenos años, ideales para estar en el palco. ¡Tres finales, una Supercopa y una clasificación para la Champions, oiga! ¿Pero reaccionarían igual si la crisis se extendiese y San Mamés se volviera contra ellos? Para no tener que conocer la respuesta a esta pregunta incómoda, Urrutia necesita que el equipo responda de aquí al 20 de mayo. Y no me extrañaría que se lo pida expresamente.

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