El Athletic se olvida de San Mamés

Córdoba se retira con gesto triste y resignado de San Mamés tras la derrota del lunes./LUIS ÁNGEL GÓMEZ
Córdoba se retira con gesto triste y resignado de San Mamés tras la derrota del lunes. / LUIS ÁNGEL GÓMEZ

La crisis de juego que ha hundido a los rojiblancos esta temporada se ha sentido especialmente en casa, donde el equipo de Ziganda está batiendo récords negativos

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

No podemos decir que fuese una sorpresa el paisaje triste de San Mamés medio vacío la noche del lunes. Era algo que se veía venir, una posibilidad con la que era obligado contar al menos desde la derrota ante el Deportivo, el pasado día 14. Puede que todo estuviera claro mucho antes, pero el bochorno frente a los gallegos, quizá porque se produjo después de que el Athletic jugase en Villarreal el mejor partido de la temporada, fue definitivo. A modo de penitencia por sus muchos pecados, en las últimas jornadas el equipo de Ziganda iba a sufrir un calvario que su hinchada tendría que tragarse a la fuerza, como se ha tragado tantos y tantos bodrios desde agosto. A nadie debe extrañarle, por tanto, que muchos aficionados dijeran que no, desistieran de ocupar sus localidades y la nueva Catedral registrase anteayer su peor entrada en un partido de Liga.

Son muchos los socios que no están dispuestos a pasar más malos ratos esta temporada con un equipo al que no han acabado de entender. Lo de sentirse emplazado a sufrir hasta el último segundo y vivir los dolores del Athletic como un acto de reafirmación queda para una minoría con la que Josu Urrutia, sin duda, se mostrará muy identificado. Seguro que este sector se siente orgulloso de acompañar a los rojiblancos en estos momentos de desolación y siente algo parecido a una superioridad moral respecto a los aficionados que han dicho basta. Sería, por su parte, un grave error de percepción. Si tanta gente ha dado la temporada por amortizada y ya no soporta más ridículos no es porque sean unos flojos a los que sólo se les puede esperar cuando el sol más calienta, sino porque no encuentran una justificación lógica y asumible a lo que ha sucedido. Dicho de otro modo: sienten que están pagando muy caros los platos rotos de errores ajenos. O mejor dicho: que ellos son únicos 'paganinis' de este fiasco mientras sus culpables, con la excepción de Ziganda, no se responsabilizan de nada. Y los que menos los jugadores, muchos de los cuales -la mitad de la plantilla, en concreto- han sido recompensados con largas y millonarias renovaciones.

Desplome

Lo cierto es que a los hinchas les sobran razones para no salir del asombro, incluso de la indignación. Y es que hay algunos datos que rozan lo inexplicable. Todos sabemos que un equipo de fútbol es un ecosistema muy frágil en el que cualquier alteración, por pequeña que sea, puede provocar un desastre. También sabemos que el Athletic ya dio la pasada temporada algunos síntomas de declive en su juego que la directiva no quiso ver o no dio importancia. Era evidente que al nuevo proyecto de Ziganda le hubiera venido de perlas el oxígeno de algunos fichajes, pero no llegó ninguno. Aún así, la plantilla continuaba siendo la misma del año anterior y no había sufrido 'agresiones' externas como le sucedió a Bielsa en su segunda campaña con las heridas abiertas de las finales perdidas, la marcha de Javi Martínez y las movidas de Llorente y Amorebieta.

¿Cómo explicar entonces este desplome? Citemos sólo las cifras que afectan al Athletic como local, que está siendo la clave principal de esta temporada tan cochambrosa. (A domicilio, curiosamente, los registros están siendo muy similares e incluso se ha marcado algún gol más). En la jornada 34 del pasado ejercicio, los pupilos de Valverde llevaban en San Mamés 12 victorias, 3 empates y 2 derrotas. 39 puntos, por tanto. El 76% de los disputados. Habían marcado 35 goles, dos por encuentro. Con Ziganda han sumado en casa 5 victorias, 8 empates y 4 derrotas: 23 puntos. El 45%. Y han marcado 17 goles, uno por partido, la peor cifra histórica del Athletic en su estadio. La realidad es que San Mamés ha pasado de ser la fortaleza del abismo de Helm a la casita de paja del hermano vago del cuento de 'Los tres cerditos'.

Son varias las razones de esta desagradable metamorfosis que ha tenido su grotesco cenit en las dos últimas derrotas ante el Deportivo y el Levante. Hay una, sin embargo, que destaca por encima de todas: las enormes dificultades para generar juego, el hundimiento del centro del campo rojiblanco como motor creativo del equipo. Las pruebas que Cuco comenzó a hacer desde las primeras jornadas, al principio disfrazadas como rotaciones, no auguraban nada bueno. Todo lo contrario. El técnico estaba metiendo el bisturí en la médula de su once, una zona hipersensible en la que ningún buen cirujano se atreve a operar si no es dramáticamente necesario.

Beñat, Vesga, San José e Iturraspe comenzaron a alternarse. El rendimiento de las distintas combinaciones fue tan pobre que el entrenador tuvo que acabar tirando del coraje de Mikel Rico, que estaba casi descartado. Las pruebas se sucedieron sin éxito. Las bandas tampoco aportaban luz y la pérdida de Muniain terminó de provocar la depresión. Los jugadores, que nunca habían tenido mucha confianza en el proyecto de Ziganda, perdieron la fe y su fútbol cayó a niveles ruinosos. En lo que se refiere a circulación de balón, entre los peores que se recuerdan. Por mucho que lo hayamos esperado durante meses, el despegue del Athletic nunca se ha producido. Y es que no ha habido fútbol para que se produjera la necesaria combustión. Lo que ha habido es mediocridad, cada vez mayor. Hasta el punto de que el Athletic sólo ha podido sumar dos victorias seguidas -y tuvo que ser con las Navidades de por medio: Betis y Alavés- y es el decimosexto equipo de la segunda vuelta con 15 puntos.

Incapacidad

Por supuesto, la gran víctima de todo esto ha sido el público de San Mamés, al que rivales muy modestos le han podido parecer esta temporada el Brasil del 70. La obligación de llevar la iniciativa en la mayoría de los partidos como local ha desnudado al grupo de Ziganda, incapaz de dominar, de mover el balón con criterio y dinamismo, de jugar con profundidad y crear ocasiones. Esto lo ha sentido especialmente Aduriz, que en la Liga ha bajado a la mitad sus registros goleadores (de 16 a 8). O Williams, que no ha sido capaz de marcar un gol en San Mamés en toda la Liga. Los siete que lleva los ha hecho fuera, es decir, con espacios en los que poder explotar su velocidad. ¿Paradójico? No. En el fútbol hay menos paradojas de lo que parece. Tampoco lo es que el Athletic haya firmado sus partidos más completos a domicilio -Valencia y Villarreal-, ni que sus mejores respuestas como local las haya dado ante rivales grandes que le forzaban a darlo todo y no le obligaban a llevar la iniciativa. La cruda realidad es que sólo tirando puntualmente de coraje y casta lo que no conseguían con su fútbol han conseguido los rojiblancos no estar en estos momentos en el filo de la navaja, angustiados por la permanencia. Es lo único que se puede celebrar.

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