Algo muy grave le pasa al Athletic

Algo muy grave le pasa al Athletic

El equipo de Ziganda cae ante el humilde Zorya en un partido bochornoso y compromete su futuro en la Europa League

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Había dos objetivos antes del partido de ayer contra el Zorya ucraniano. El primero, lógicamente, era sumar tres puntos que se daban por descontados en todos los cálculos desde que se realizó el sorteo. El segundo, disfrutar del fútbol ante el rival más modesto del grupo y, a ser posible, firmar una goleada que dejara contenta a la afición y ahuyentara, al menos hasta el próximo domingo, los pensamientos cenizos que le embargan en este inicio de temporada. Concluido el partido, es decir, consumada una derrota inaudita y completado un desastre sin paliativos, el objetivo ya es otro: levantar a un equipo que tiene sus constantes vitales por los suelos. Algo muy grave y extraño les pasa a los rojiblancos. A día de hoy son un grupo deprimido cuyo fútbol, como se vio ayer ante un rival tan humilde como el Zorya, es un engendro. No hay por dónde cogerlo. La pitada que se llevaron al final del partido no pudo ser más justa y proporcional al ridículo cometido.

0 Athletic

Herrerín, Bóveda, Etxeita (Iturraspe, min. 56), Laporte, Saborit (Córdoba, min. 65), San José , Beñat (Aketxe, min. 78), Williams, Raúl García, Muniain y Aduriz.

1 Zorya

Lunin, Opanasenko, Svatok, Grechyshkin, Sukhotsky, Kharatin, Karavaev, Silas (Gordienko, min. 53), Andrievsky, Lunev (Checher, min. 83) y Gromov (Kochergin, min. 64)

Árbitro
Halis Ozkahya (Turquía). Tarjetas amarillas a Opanasenko, Gordienko, Andrievsky y Kochergin.
Goles
0-1, min. 26: Kharatin.

El partido, que ya forma parte de la crónica negra del Athletic en Europa, comenzó con una promesa que resultó falsa. A los 35 segundos, Muniain entró al área con todas las facilidades del mundo y su disparo pegó en el poste. El rebote le cayó a Williams, cuya volea desvió apurado Lunin. Pareció el comienzo de una escabechina. En ese momento, hasta dieron un poco de pena los seis seguidores del Zorya que había en las gradas, juntitos en la zona reservada a las aficiones rivales, con sus banderas, su ilusión desbordante y su innegable espíritu heroico. Siendo un grupo tan reducido, el club bilbaíno podría haber tenido un detalle con ellos y alojarlos en el palco, desde donde la goleada que iban a encajar -eso pensábamos, ingenuos de nosotros- hubiese sido más llevadera. El partido, sin embargo, no continuó por esos derroteros que dábamos por supuestos. Todo lo contrario. El equipo de Ziganda, que a los seis minutos pudo volver a adelantarse por mediación de Muniain, lo debió ver tan fácil que se convenció de que podía ganar andando. O seamos más precisos: a un trote cochinero que, hoy por hoy, ya no es admisible ni en los partidos de pretemporada ante rivales de Regional.

El resultado de este peligrosos convencimiento fue el lógico: un espanto, los peores 45 minutos que se recuerdan en San Mamés en mucho tiempo. Y miren que ha habido por ahí tremendos pestiños para poder comparar. El Athletic se fue desgajando poco a poco, pieza por pieza, como un puzzle barrido con la escoba, hasta acabar convertido en una nadería. Su control del juego era absolutamente inocuo. El balón iba y venía, casi siempre en horizontal y demasiado lento. Todo era plano y previsible. Beñat volvía a naufragar y a explicar, con un caso práctico, la razón de su suplencia. San José navegaba de nuevo como un paquebote en un mar de aceite. Los balonazos de Laporte no pasaban de ser un desahogo y los centros de Saborit no es que hicieran añorar a los de Balenziaga -tampoco exageremos-, pero desde luego no los mejoraban. Ni un solo futbolista era capaz de salirse de ese guión somnífero.

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El Zorya no era nada, pero mantenía el orden y tenía a Kharatin en el medio centro ordenando bien el tráfico. Sólo con eso tuvo suficiente para no pasar demasiados apuros y para observar cómo la grada de San Mamés comenzaba a perder la paciencia. Pasados los veinte minutos, se escucharon los primeros pitos. En el 26, cuando Kharatin adelantó a los suyos al rematar de cabeza un córner, el descontento aumentó en decibelios. Natural. Digamos que la broma pesada que era el fútbol de los rojiblancos había traspasado la frontera de lo aceptable. Y es que una cosa es aburrirse y otra sufrir. Eso ante el séptimo clasificado de la liga ucraniana, un equipo de retales que cobran 2.000 dólares al mes y viven en el exilio resulta inadmisible. De manera que la gente continuó mostrando hasta el descanso su disconformidad por lo que veía. Que no sólo era un horror sino un resultado de lo más preocupante pensando en el futuro del Athletic en esta fase de grupos.

El Athletic apretó algo en la reanudación y le sirvió para firmar un par de llegadas con peligro. Poco a poco, sin embargo, su fútbol volvió a espesarse para desesperación de los aficionados, que vista la alarmante situación decidieron dar una tregua y ponerse a animar. Ziganda, por su parte, se decidió a actuar. Primero sacó a Iturraspe por Etxeita y poco después a Córdoba en lugar de un Saborit que continúa desperdiciando oportunidades. Le han dado más que a Platanito y no hay manera. La entrada de Córdoba resultó esperanzadora. Dos disparos suyos nada más salir estuvieron a punto de convertirse en el 1-1. Ponga un zurdo en su vida, pensamos muchos en las gradas. Su efecto benéfico, sin embargo, se fue diluyendo. El fútbol del Athletic, que básicamente consistía en meter centros que los defensa ucranianos despejaban con solvencia, era un agujero negro que se lo tragaba todo. También a Aketxe, que salió para nada. De hecho, se tragó hasta el coraje de Muniain, que fue el único que lo dio todo para evitar el desastre y de tanto esfuerzo baldío acabó lesionándose en el descuento. Fue la guinda a una de las tardes más negras de la historia europea del Athletic.

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