Ziganda: balones fuera

Mientras el Athletic continúa siendo incapaz de solucionar su grave problema en la generación de juego, Ziganda se aleja de la autocrítica

Ziganda da instrucciones a sus jugadores ante el Villarreal. /LUIS ÁNGEL GÓMEZ
Ziganda da instrucciones a sus jugadores ante el Villarreal. / LUIS ÁNGEL GÓMEZ
Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Desde que comenzó a ejercer su cargo, José Ángel Ziganda destacó por su capacidad de autocrítica, que es una virtud tan honorable como exótica por su escasa implantación y reducido número de practicantes. Cualquier extraña secta de adoradores del arco iris reúne más seguidores en sus ceremonias después de las tormentas. Lejos de andarse con paños calientes, lecturas melifluas y justificaciones cogidas con pinzas, el técnico navarro era sincero después de los partidos. La verdad es que llamaba la atención. Recuerdo especialmente sus declaraciones tras la derrota en Leganés, cuando se refirió a su frustración por no estar logrando en el Athletic el juego y la actitud que había logrado en el filial. «No lo estoy consiguiendo, eso es seguro. El Bilbao Athletic ha tenido un sello muy enérgico, de mucha chispa y ahora no lo estoy consiguiendo».

Ziganda tenía razón y éramos muchos los que no sólo celebrábamos su sinceridad sino que la considerábamos el mejor argumento para confiar en una futura regeneración del equipo. Pues bien, tengo la impresión de que ‘Cuco’ está alejándose de aquel rumbo inicial tan honesto. Sus declaraciones tras la pírrica victoria ante el Ostersunds -«Hemos estado en los parámetros que yo espero. Es el camino por el que nos podemos guiar»-, ya me parecieron decepcionantes. Si ese era el camino que nos esperaba, madre mía. Hasta el desfiladero del Khiber se me antojaba un trazado más conveniente. Sin embargo, interpreté aquellas palabras como un desliz producto del alivio que le había producido salvar el ‘match point’ ante los suecos y no les di mayor importancia.

Más preocupantes me parecieron las que pronunció en la sala de prensa de Balaídos. Aquello fue un horror como para hacer temblar al coronel Kurtz y su autocrítica se me antojó muy superficial, prácticamente limitada a un ‘mea culpa’ por haber dejado en el banquillo a Aduriz y Lekue. «Yo creo en este equipo». «Los jugadores han terminado extenuados por el esfuerzo». «El equipo no ha bajados los brazos. Nos ha faltado un gol», aseguró.

El domingo, después del empate ante el Villarreal, Ziganda dijo cosas como que «hay que quedarse con el amor propio» y que el equipo tuvo el mérito de salir «con mucha raza de un momento malo». Ninguna referencia a la lacerante falta de fútbol de sus pupilos. Al oírle, ya no tuve dudas. El técnico de Larrainzar ha decidido cambiar su discurso. En el fondo y en la forma. ¿Se ha tratado de una decisión personal, libre y meditada? Puede que sí. No tengo ninguna prueba para afirmar lo contrario. Ahora bien, nadie me quita de la cabeza que al ‘Cuco’ le han pegado un toque desde arriba, que las altas instancias de Ibaigane que dirigen la política de comunicación del club, las mismas que ocultaron la lesión de Beñat y le obligaron a decir que estaba «perfecto» apenas dos semanas antes de irse a Alemania a operarse del pubis, le han aconsejado que deje de flagelarse en público. Bastante caña nos dan esos cabrones -en referencia a nosotros, la ‘racaille’ periodística- como para que tú eches más leña al fuego. A partir de ahora, haz como nosotros. No digas nada. Este sería el mensaje. ¿Cuándo le llegó? No lo sé, pero tampoco me extrañaría que hubiera sido tras la última rueda de prensa de Urrutia, aquella en la que el presidente leyó párrafos de cronistas forajidos como el que esto suscribe. Y es que, curiosamente, esa comparecencia ante los medios se celebró dos días después del partido en Leganés, donde Ziganda fue más descarnado consigo mismo.

Sea como fuere, con independencia de cuál sea el discurso del técnico, los problemas del Athletic siguen ahí, intactos y sangrantes. No es extraño que Aduriz pidiese el domingo una vuelta de tuerca, aunque quizá hubiera sido más acertado que exigiera un cambio de esa tuerca defectuosa, un plan futbolístico diferente. Y es que con el actual -que no sabemos bien cuál es- no se va a ningún lado. Los rojiblancos han entrado en un terreno peligrosísimo: hemos empezado a elogiar «la raza» del equipo, síntoma inequívoco de que no jugamos un pimiento. Esto es lo que hay que corregir como sea: el fútbol propiamente dicho, especialmente la descorazonadora falta de calidad en la generación de juego. El papel de los medios centros y de Raúl García, reducido ya en exclusiva a su faceta de rematador esporádico, es directamente incompatible con el de un equipo con aspiraciones. Salvo que su aspiración se limite a la supervivencia, se entiende. Este es el principal foco de infección sobre el que debe actuar con rapidez Ziganda si, dentro de unas semanas, quiere poder seguir saliendo a hablar en rueda de prensa después de los partidos del Athletic. Aunque sea para tirar balones fuera.

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