La bicicleta estática de Ziganda

Ayer en el Athletic daban todos pedales pero nadie se movía, allí, frente a las gradas, soñando con la grandeza pero sin avanzar ni un metro en su busca

El colegiado muestra la segunda amarilla a un Aduriz que ayer tampoco tuvo su día./
El colegiado muestra la segunda amarilla a un Aduriz que ayer tampoco tuvo su día.
JON RIVAS

Todo lo que puede soñar un equipo para remontar un partido se materializó en la noche europea de San Mamés, porque el termómetro emocional fue subiendo la temperatura según pasaban los días. El malestar que generó la pobre impresión causada por el equipo y el rácano planteamiento de Ziganda en Sevilla y en Marsella fueron dando paso con el tiempo a un ambiente diferente. El síndrome de John Toshack se apoderó de los seguidores rojiblancos.

Primero fue abjurar del juego de su equipo, hacer promesas de romper el carnet de socio, pedir en voz alta que el club traspase a media plantilla y alguno más; dos días más tarde, con la cabeza más fría, se empezó a pensar que alguno se podía salvar de la quema, y según iban pasando las fechas, el cabreo se convertía en conformismo, después en algo de esperanza y finalmente, los más atrevidos pasaron directamente a la euforia.

Como Toshack, vamos, que explicaba que después de un mal partido del Real Madrid pensaba que iba a cambiar el equipo de arriba a abajo, al día siguiente valoraba que tal vez le sirviera algún jugador, y su opinión se iba moldeando hasta que al final jugaban «los once mismos cabrones de siempre».

Eso pasó entre los seguidores rojiblancos, así que cuando el Athletic saltó al campo se encontró con el ambiente que soñaba Ziganda montado en su bicicleta estática. Pese al temor a incidentes, San Mamés presentaba una gran entrada, la gente coreaba todo lo coreable y trataba de empujar al equipo. Como en las grandes ocasiones, vamos.

¿Pero el equipo? Pues eso, la bicicleta estática de Ziganda. Daban todos pedales pero nadie se movía, allí, frente a las gradas, soñando con la grandeza pero sin avanzar ni un metro en su busca. Con el OM a sus anchas, dando miedo en cada ataque, en cada balón que controlaba Payet. Con Luiz Gustavo paseándose por su propia área como por el jardín de casa.

El escenario era La Scala de Milán, pero cantaba Leonardo Dantés el baile del pañuelo.

Ya de principio, el repertorio no era demasiado ilusionante, con ese trivote que tanto gusta a Ziganda como mosquea al personal. Igual el plan era el que planteó el Arsenal en ‘89’, esa película que tanto inspiró a Aduriz: no hacer nada en la primera parte, marcar un gol en la segunda e intentar el milagro en los últimos minutos. Al fin y al cabo, el resultado que necesitaba el Athletic era el mismo.

Pero de ese plan sólo se cumplió la primera parte: el Athletic no hizo nada. Además encajó un gol de penalti después de una diablura de Payet, y otro en la segunda. Para más cruz, la inspiración de Aduriz voló con su segunda tarjeta amarilla. No me llamen agorero, pero tal vez haya sido su último partido europeo, porque no tiene pinta de que el Athletic vaya a tener oportunidad de jugar el año que viene en Europa.

Pues eso, que mientras la afición cumplió con su parte los jugadores siguieron con lo mismo que toda la temporada: ese juego gris, triste, en el que se confunde la intensidad con la precipitación y la velocidad con la temeridad. Se clasificó el mejor, se acabó la Europa League y queda un triste transcurrir por la Liga. De momento, de visita al Camp Nou. Estaría bien que Valverde diera descanso a Messi.

Por cierto: la pañolada del final -con los cartones que en el inicio sirvieron par hacer un mosaico de saludo al equipo- fue muy significativa.

Athletic - Marsella

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos