Así se cava una tumba

La propuesta del Athletic ante el Eibar fue como para preocuparse

Ziganda, en el partido del viernes contra el Eibar. /EFE
Ziganda, en el partido del viernes contra el Eibar. / EFE
Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Ni siquiera la mirada maternal con que observamos las evoluciones del Athletic, nuestra ilusión por buscar brotes verdes en una tierra agostada, nuestros tenaces esfuerzos por ver en los peores momentos el lado brillante de la vida, como los crucificados de ‘La vida de Brian’, han impedido que algunos, tras lo sucedido el viernes, hayamos bajado la persiana. Sí, debo reconocerlo. Doy por amortizada la temporada y sólo aspiro a no sufrir angustias que, en la escala Richter de soponcios y pesadumbres, me recuerden a las del bienio negro. Nada más. El aburrimiento lo doy por descontado y ya tengo preparada la medicación: Groucho Marx, Billy Wilder, Les Luthiers, Fontanarrosa y Tom Sharpe en diferentes dosis, mañana, mediodía y noche.

Por supuesto, me gustaría equivocarme. Estaría encantado de que, dentro de tres o cuatro meses, Josu Urrutia lea estas palabras y las ponga como ejemplo de lo dañinos, indocumentados y cenizos que podemos llegar a ser algunos periodistas; ya saben, esos malos rojiblancos a quienes el presidente querría vernos con una máscara de Darth Vader para que podamos ser identificados y abucheados como integrantes del Lado Oscuro. Pero es lo que pienso. Qué le vamos a hacer: mi última esperanza de regeneración se extinguió viendo la propuesta del Athletic ante el Eibar.

Que un equipo que está tranquilo en una zona cómoda de la tabla y ha adquirido una cierta fiabilidad que le sirve al menos para no perder, salga a jugar un derbi como salieron los rojiblancos es que está hueco por dentro. Los aficionados presentes en San Mamés lo detectaron de inmediato. De ahí sus pitadas en el descanso, en todo el tramo final del partido y a su conclusión. El problema no era el empate, por supuesto, sino la manera en que se produjo y la consecuencia indeseable que fue obligatorio extraer viendo al Athletic dejarse dominar por el Eibar y defender el punto como gato panza arriba: la de que esta tropa está muy malita.

Que conste que no se trata de discutir de estilos sino de convicciones. Cada entrenador tiene su librillo. Unos gustarán a unos y otros, a otros, pero todos son respetables a cambio de que se lleven a la práctica con honestidad. Qué sería del fútbol sin esa variedad de estilos que no sólo lo enriquece sino que, realmente, es la que permite que exista una verdadera competición. Durante la última década, hasta esta temporada, el Athletic ha tenido unos estilos muy definidos: los tuvo con Caparrós, con Bielsa y con Valverde. Los tres eran distintos, especialmente el del primero respecto al de los dos segundos. Las diferencias iban incluso más allá de los conceptos tácticos, hasta los mandamientos sagrados del juego. Si Caparrós era el abanderado del «otro fútbol», Bielsa lo odiaba. Ahora bien, había algo muy importante en lo que concidían: su convencimiento.

No engañaban a nadie. Eran entrenadores que defendían una manera de jugar al fútbol y la imponían intentando convencer de sus bondades a sus jugadores. Luego éstos la llevaban a la práctica con mayor o menor acierto y convencimiento, que muchas veces suelen ir unidos. Pues bien, el gran problema del Athletic durante esta campaña es que no hay una idea. No hay proyecto que no sea la supervivencia. Todos son bandazos, cambios, improvisaciones y soluciones de emergencia para ir tirando malamente hasta salvar la categoría. Sí, es verdad que ha habido mala suerte con las lesiones, pero eso no es excusa. Resulta casi trágico que, después de seis meses, el estilo del equipo ante un rival como el Eibar sea ponerse a cubierto en su campo, soltar pelotazos a mansalva y esperar a que suene la flauta en algún contragolpe. Es decir, hacer exactamente lo mismo que, en la misma tesitura, habrían intentado hacer, en su honorable modestia, el Solokoetxe o el Apurtuarte, por citar a dos clásicos.

No es fácil de explicar esta renuncia tan grave a unos principios sugerentes y con futuro. Como no puedo creer que los jugadores decidieran por su cuenta, y contraviniendo los deseos de su entrenador, hacer lo que hicieron el viernes desde el arranque del partido -y si fuera así sería todavía peor porque significaría que el técnico ha perdido por completo su autoridad-, tengo que pensar que la orden partió de ‘Cuco’. Y es entonces cuando me pregunto, extrañado, si es consciente de que, con el nivel de desconfianza que lleva implícita una propuesta tan pobre como la del otro día, se está cavando su tumba. Y la del equipo.

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