Cavilaciones de futuro

Sospecho que cualquiera que sea el próximo entrenador del Athletic hará el mismo diagnóstico de la plantilla y propondrá el mismo tratamiento

Iñaki Williams aplaude al público de San Mamés./Fernando Gómez
Iñaki Williams aplaude al público de San Mamés. / Fernando Gómez
JON AGIRIANO

Todos sabemos que bastaría con que el Athletic diese un golpe de efecto la próxima jornada ganando en El Madrigal para que nos lanzáramos de nuevo sobre las calculadoras y volviéramos a alimentar el objetivo de la Europa League. Qué le vamos a hacer si somos débiles ante las tentaciones y a la primera oportunidad que tenemos nos subimos al tren de alguna ilusión, aunque sea remota. Tampoco vamos a bajar ahora, con nieve todavía en las cumbres, la persiana del fútbol y olvidarnos de todo hasta julio, por mucho paréntesis que haya este año con el Mundial de Rusia. Es demasiado tiempo sin poder perder el tiempo con lo que más nos gusta, sin poder disfrutar de la cosa más importante de las cosas menos importantes, como dijo una vez Jorge Valdano. De manera que hay que buscar puntos de vista sugestivos, buenos motivos para continuar interesándonos por este decepcionante Athletic que el sábado nos dio un nuevo disgusto. Cuando ya celebrábamos la victoria, cumplido el minuto 90, nos metió en el tren de la Bruja y se puso a darnos escobazos.

Yo lo estoy consiguiendo gracias a un entretenido proceso especulativo. Pienso a largo plazo, en los entrenadores que podríamos tener la próxima temporada, y me los imagino viendo los partidos del equipo de Ziganda y analizando, uno a uno, a sus jugadores. El propio ejercicio del visionado se me antoja una prueba de fuego, exportable a la academia de los Navy Seals en Virginia, que sólo los más duros y firmes de espíritu pueden superar. Luego pienso en aquellos técnicos que, tras ese terrible visionado, en lugar de salir corriendo y destruir el móvil para que no puedan localizarles desde Ibaigane, se arman de valor y deciden atender la propuesta del histórico club bilbaíno. Y me pregunto cuál será su diagnóstico sobre los males rojiblancos y el tratamiento que decidirán aplicar. Llevo ya unas semanas entregado a este tipo de cavilaciones de futuro y lo cierto es que he acabado por entrar en una especie de bucle: sea cuál sea el entrenador al que imagine sustituyendo a Ziganda -Berizzo, Tuchel, Luis Enrique, Frank de Boer, Garitano, Graham Potter, Unai Emery, Domenico Tedesco, etc.- tanto el diagnóstico que emiten como el tratamiento que proponen son idénticos.

Bien mirado, es lo lógico. El Athletic es un libro abierto que no admite muchas lecturas en lo que se refiere a su carencia fundamental: la creación del juego, tan deficitaria que ha hecho desplomarse su producción ofensiva. Hay que tener en cuenta que este equipo sólo dispone de dos futbolistas con gol: Aduriz y Raúl García, uno cerca ya de la retirada a sus 37 años y el otro declinando después de quince campañas de mucha brega en Primera. Vamos, que ya no se les puede pedir milagros. El resto de los hombres de ataque -Williams, Muniain o Susaeta- son futbolistas con porcentajes entre 0,1 y 0,2 goles por partido, es decir, goleadores muy puntuales. Siendo estas las condiciones de sus delanteros, el Athletic necesita de mucha producción ofensiva, llegar mucho para rascar algo a base de insistencia. Confiar en su puntería letal sería absurdo. Y aquí está la clave. Con el deplorable rendimiento que han ofrecido sus centrocampistas y la escasa aportación de los laterales ha sido imposible que el equipo controle mínimamente el juego durante los partidos y llegue lo suficiente y en buenas condiciones al área rival.

Ahí está la cifra de goles, que no puede ser más ilustrativa si se la compara con la de las dos campañas anteriores a estas alturas del campeonato. 30 goles en 30 jornadas. La pasada temporada fueron 39 y la anterior, la 2015-16, ni más ni menos que 48. Casi el doble. El que dude del declive de esta plantilla que haga tintinear un poco estas cifras, que reflejan un 25% de pérdida anual de gol.

Más difícil que el diagnóstico, por supuesto, es el tratamiento. Imagino al futuro entrenador, sea el que fuere, haciendo una bonita lista de fichajes, desde luego dos o tres centrocampistas, para reforzar una plantilla que lleva dos años sin recibir nuevas incorporaciones. O dicho de otro modo: sin que la junta directiva percibiera su lenta pero evidente decadencia. (Lo de Iñigo Martínez, por cierto, ha sido un cambio de cromos con Laporte). Y veo al nuevo técnico haciendo un duro trabajo psicológico con los jugadores, cuya autoestima presumo bastante tocada tras lo visto esta temporada. Esta labor requerirá de una terapia para la cual, yo al menos así lo veo, sería conveniente que el nuevo inquilino del banquillo sea un extranjero sin prejuicios ni ataduras, fieramente libre y objetivo. Y es que tendrá que imponer su autoridad desde el primer día de instrucción, y eso pasará por dejarles bien clarito a algunos jugadores, como se lo dejó el sargento Highway a sus reclutas, que la vida, tal y como la han conocido, se ha terminado.

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