QUE CIErREN EL FÚTBOL

Piscolabis

Abajo la persiana. Y que pongan buen candado. Empezando por San Mamés

Ultras del Olympique en Bilbao./Reuters
Ultras del Olympique en Bilbao. / Reuters
JON URIARTE

Abajo la persiana. Y que pongan buen candado. Empezando por San Mamés. Lo digo con la rabia de quien ama el balón y entiende el Athletic como un asunto de familia. Porque estoy harto. Además no queda otra. Si somos incapaces de evitar que unos cretinos, sean mil, cien o cincuenta, aterroricen a todo hijo de vecino y apuñalen a unos vigilantes de seguridad no hay otro camino. Urge cerrar el fútbol. Empezando por el campo donde hay follón y terminando por el club que acoge o, cuando menos, tolera a violentos en sus filas. Es decir, ambos equipos. Estamos hartos. Y hablo en plural porque es un clamor. Ojo, estas líneas no nacen solo del asco que dan los violentos franceses o los bestias rusos de Marsella o Moscú. También en casa tenemos basura. Y también apesta. Por eso la gota ha colmado el vaso.

Todos se lanzan la pelota. Políticos, dirigentes, aficionados...Buscamos excusas para justificar lo aberrante. Empezando por la muerte de un ertzaina que, según lo que escriben algunos, va a resultar que se murió, allí y entonces, para fastidiar el ambiente. Cierto que hay mucha tela que cortar en ese asunto y tiene muchas ramificaciones. Pero que el humo no nos impida ver la bengala. Como lo del jueves. Más allá de la efectividad o no de los operativos para estos partidos considerados de alto riesgo, está el concepto en sí mismo. Alto riesgo. Hemos aceptado que forma parte de un partido de fútbol sufrir a excrementos humanos con dos patas y escasa cabeza. Gente que si no existiera el fútbol haría lo mismo en otro lugar donde pudieran confundirse con la masa y utilizar la emoción intrínseca de un espectáculo para dar rienda suelta a su mala sangre. De hecho, justificamos la presencia de grupos o indivíduos vestidos con nuestros colores bajo la patética excusa de que los demás los tienen peores y más numerosos. Como si fuera solo un otxote. O el trío La la la con navajas. Aquí pocos son multitud. Las heridas que no se curan se infectan. Y todos tenemos ración de bacterias.

Un partido de fútbol no puede obligar a retirar terrazas, cerrar colegios o acordonar parte de una ciudad. Nunca debió ser así. Y aún menos en 2018. Si no hemos logrado dejar atrás la violencia colateral a estas alturas es que algo hemos hecho mal. O muy mal. Porque antes solo mirábamos a ciertos clubes ingleses y, sobre todo, su selección. Pero ahora la pelea por el primer puesto entre los macarras de encefalograma plano está reñido. Hoy son los del Olimpic de Marsella, ayer los del Spartak y hace unos años el PSG. O aquellos belgas y, antes o después porque intento olvidarlo, unos tipos austriacos. Y qué decir de ciertos holandeses, de aquellos italianos o de unos alemanes vestidos de verde. Por no hablar de griegos, turcos y gentes de países del Este o del Mediterráneo cuyos nombres jamás olvidaremos. Europa entera está infectada. También al Sur de los pirineos. Según lo que hayan acordado los imbéciles cobardes que utilizan las redes sociales para difundir odio y se proclaman representantes oficiosos de un club determinado, el rival de turno en la Liga es bienvenido o declarado non grato. Confieso que llevo despiste. El año pasado los de azul eran colegas pero este año son los rojos. Y donde había abrazos y buen rollo aparecen ahora los botellazos y te queman la bufanda. A veces la razón esgrimida es una bronca en el anterior partido. Otras, un cruce de tweets mal entendidos o mal intencionados. Total, que el resto desconocemos estos pormenores y acabamos en medio de una batalla campal. O leemos las advertencias en la prensa sobre lo que puede pasar y empezamos a valorar si merece la pena llevar menores al campo.

Estamos hartos de explicar y escuchar que eso no es fútbol. Que viene a ser la excusa del violento. Perfecto. Pero en algunas de las tiendas de Marsella, más de una por cierto, donde venden camisetas del Olimpic, el felpudo es una camiseta del PSG. Y no pasa nada. Alguno si me apura lo llamará libertad de expresión. Por eso, creer que el problema se limita al día del partido es engañarse. Es la punta del iceberg. Lo que vemos por televisión. Pero la mecha se enciende antes. El justificar o el mirar para otro lado de presidentes, alcaldes y responsables en general de ciertas ciudades provoca arcada y preocupación a partes iguales. O la tibieza de otros. Por eso, algunos, al menos yo, proponemos cerrar el fútbol. Como han hecho en Grecia. No parece que las multas por si solas funcionen. El dinero no es de los directivos, sino del club, o el presidente es el dueño y tiene tanta pasta que le parece una triste propina. Por eso, quizá haya que buscar responsabilidades en ellos. Si no haces nada te inhabilitamos para estar al frente del club. Como se hace en otras profesiones o cargos. Y si no existe una ley que permita hacerlo, se aprueba una. No es tan difícil. Añadamos un incremento de penas y sanciones al que reiteradamente la lía de todos los colores. Y si te pillo intentando meter una navaja o un cuchillo no solo te lo requiso. La consecuencia que sea dura.

Soy un forofo enfermizo. Y si mi Athletic pierde, esa noche no duermo o me cuesta un mundo hacerlo. Los lunes tras jornada de derrota me levanto con sabor a hiel en la boca. Soy así. No puedo remediarlo. Pero jamás me he pegado por el fútbol. Ni, por supuesto, llevo navaja por si hay tángana. Nunca he quedado en los aledaños de un campo para darme de tortas. Ni he roto mobiliario urbano, ni he encendido bengalas. Por cierto, qué bonito tiene que ser ajustarte una entre nalga y nalga para que no te la pillen al cachearte. Lo mismo les da gustirrinín a estos lerdos. Yo probaría a encenderla antes. Por lo del calorcito y eso. En fin, no quiero irme del tema. Amo el fútbol y por eso pido una medida drástica. Porque si me ganan como el jueves no duermo. Pero si manchan lo que representa tantas cosas para mí, entonces no vivo. Y por ahí no paso. Que cierren el fútbol. Entero y en toda Europa. Cierto que pagaremos justos por pecadores. Pero mejor eso que ir a ver un partido y acabar yendo a un funeral. Además ya sería breve. En poco tiempo se tomarían medidas. Un par de semanas. Hay mucha pasta en juego. Por la cuenta que les trae, los clubes sanearían sus gradas, las aficiones señalarían a los culpables y las autoridades no tendrían otra que ponerse serias. Solo aprendemos a la brava. Así que solo hay un camino. Limpiamos la mierda de una vez o acabamos sepultados bajo ella.

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