Una confluencia muy peligrosa para el Athletic

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Tendemos a distinguir los parones de Liga entre oportunos e inoportunos en función de cómo se encuentra el equipo. Si marcha viento en popa a toda vela, el frenazo es mal recibido. A nadie le gusta que le interrumpan en sus momentos álgidos. Ocurre en todos los órdenes de la vida y no entremos en más detalles. Si, por el contrario, el equipo está sufriendo y camina a duras penas detenerse siempre es un alivio. Siendo las cosas así, parece evidente que al Athletic le viene de maravilla esta parada en boxes. Al fin y al cabo, si fuese un coche de carreras, sería un monoplaza que avanza dando tumbos, sin alerón delantero, con una rueda pinchada y soltando petardazos y humo negro por el tubo de escape.

Y, sin embargo, qué quieren que les diga. La verdad es que no sé si al Athletic le vienen bien o mal estas dos semanas sin competir. Y no lo sé, básicamente, porque después de veinte partidos este equipo sigue siendo un misterio para mí. Lo ocurrido en Balaídos ha sido una especie de puntilla. No me lo esperaba. Y no me refiero a que el Athletic perdiese -eso puede ocurrir de muchas maneras- sino a que volviera a las andadas de su infrafútbol. Es cierto que los rojiblancos ya se despeñaron después de firmar dos buenos partidos ante rivales de entidad como el Valencia y el Sevilla, de manera que tampoco había que dar por descontado que su buena imagen ante el Barça y su cómoda victoria ante el Östersunds fuesen una garantía de regeneración. Algunos ingenuos, sin embargo, quisimos pensar que, por fuerza, habían tenido que aprender de ese grave error y ya no volverían a tropezar en la misma piedra. Pues no. El Athletic no ha aprendido nada. Y no lo ha hecho porque no sabe lo que quiere ser o por algo todavía más inquietante: porque sabiéndolo ya no se siente preparado para serlo.

«La plantilla del Athletic está en fase declinante y Ziganda, superado por las circunstancias»

Cada día me parece más evidente que en este equipo se está dando una confluencia muy peligrosa, como la que se produce a veces en el mar entre vientos cálidos y bajas presiones que acaba provocando los huracanes. Por un lado, una plantilla en fase declinante. Por otro, un entrenador sin rumbo. Ojalá me confunda y Josu Urrutia, para quienes los periodistas vendríamos a ser siniestros adoradores de Cthulhu recién salidos de un pantano de Louisiana, pueda subrayar hoy esta frase con su rotulador fluorescente y echármela en cara algún día. «Miren lo que decía uno de ustedes, ja, ja, ja, hace cinco meses». La frase sería la siguiente. A este Athletic sólo lo veo capacitado para mantener la categoría con holgura. Lograr una clasificación europea y, por supuesto, pelear por un título me parecen objetivos que ya están fuera de su alcance.

¿Demasiado pesimista? No lo creo. Es verdad que el partido de Balaídos, un campo donde las meigas llevaban años vistiendo de rojiblanco, ha sido un golpe muy duro. En cierto modo, un certificado de la penitencia que nos espera en lo que resta de temporada. (El presidente también puede subrayar esta oración). Pero creo que es el momento de ser realistas. Observas la plantilla del Athletic después de dos años sin ningún refuerzo y compruebas que su núcleo fundamental presenta ya bastantes grietas. A Aduriz le queda un telediario y medio. Raúl García ha entrado en su ocaso, por mucho que un magnífico rematador como él pueda dejar destellos deslumbrantes como el del domingo. Susaeta va a cumplir treinta años y su mejor época ya ha pasado. Lo mismo sucede con Beñat, operado ayer.

De Marcos, Iturraspe y San José, otros tres clásicos, son algo más jóvenes. De la quinta de 1989. En principio están en la mejor edad posible de un futbolista. ¿Y alguien se cree que lo estén? ¿No es verdad que los tres se encuentran a años-luz de lo que fueron hace un lustro? Podemos seguir hablando de Muniain, al que ya veremos cómo le afecta su segunda rotura del cruzado, o de futbolistas estratégicos como Laporte o Williams, destinados a liderar el Athletic del futuro. La verdad es que sólo soy capaz de apreciar en ellos estancamiento, conformismo. En fin, que ya sólo faltaría que Kepa no renueve para cerrar el círculo de un pesimismo que empieza desbordarse. Y en medio de todo esto, un ‘Cuco’ superado por las circunstancias y dando palos de ciego. No recuerdo un proyecto más confuso que este en el Athletic. Y no recuerdo haberme sentido más perplejo ante la puesta en escena de un entrenador que ante la de Ziganda el pasado domingo. ¿De verdad cree que el Athletic puede ir a algún sitio -apetecible, se entiende- con este tipo de fútbol?

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