Córpore insepulto

Urrutia ha preferido dejar que el equipo se pudra que asumir su error y cambiar de entrenador para buscar un revulsivo

Córpore insepulto
JON AGIRIANO

Hago memoria y no recuerdo un caso como el actual. Por suerte, no hablo de miedo a perder la categoría. En ese aspecto, lo pasamos mucho peor en el bienio negro, o en la temporada de Stepanovic, incluso en 1987 jugando el 'play off' de descenso. Me refiero a la manera tan gratuita en la que nos hemos visto condenados a soportar el triste espectáculo de la descomposición del Athletic de Ziganda, un proceso de podredumbre que, por cierto, todavía no ha acabado. Nos quedan tres semanas haciendo de tripas corazón, sin poder enterrar de una vez a este equipo, un 'córpore insepulto' al que vamos a tener que seguir velando porque así lo han decidido los responsables del club. Y algunos se extrañan de que San Mamés se esté despoblando y la mayoría de los hinchas rojiblancos haya optado por una indiferencia terapeútica.

Si hemos llegado a esto es porque Josu Urrutia, que eligió personalmente a Ziganda como sustituto de Valverde, ha convertido el mantenimiento del navarro en una cuestión personal. Destituirle era un fracaso suyo y, desde el principio, se resistió a asumirlo. No quería ese borrón en su expediente. En un primer momento, el presidente rojiblanco optó por utilizar lo que podríamos llamar el argumento del factor diferencial. Era evidente que, en cualquier otro club de un cierto nivel, el técnico navarro hubiese sido fulminado a finales de noviembre, cuando el equipo estaba en el furgón de cola en la Liga con 13 puntos en 13 partidos, pendía de un hilo en Europa y acababa de protagonizar un fiasco vergonzoso al caer con el Formentera en la Copa. Pero el Athletic era distinto. Urrutia ondeaba ese banderón que tanto le gusta, la de una especie de superioridad moral del Athletic respecto a otros clubes. Frente a los nervios de los demás, nosotros paciencia. Frente a la precipitación, calma. Ser del Athletic, venía a decir, obligaba a mantener a Ziganda, a no sacrificarle en la picota como hubieran hecho cualquiera de nuestros rivales.

No seré yo el que critique que este club muestre valores diferentes si ha decidido que su filosofía ya lo sea. Faltaría más. ¡Si de lo que a veces nos quejamos algunos es de que esos valores estén siendo retorcidos o sepultados en aras del pragmatismo más absoluto! No. Lo que digo es que, de la misma manera que nuestra diferencia no puede servir como excusa para justificar los malos resultados del equipo, tampoco puede utilizarse para no rectificar decisiones que se saben fallidas. Como la de apostar por Ziganda, por ejemplo. A finales de noviembre, este error ya era una evidencia. Y no sólo por los resultados y el juego, ambos deplorables, sino por la información de que disponían Urrutia y sus directivos. Que en público defendieran un discurso políticamente correcto no significaba nada. Sabían perfectamente que no había comunión entre el entrenador y la plantilla y que, por tanto, el proyecto de Cuco estaba condenado al fracaso.

Concedamos, pese a todo, que finales de noviembre podía ser demasiado pronto para una medida tan traumática. Y más para un hombre de club como el de Larrainzar. A mediados de febrero, sin embargo, cuando el Athletic perdió en el Wanda y encadenó seis partidos sin ganar -de la calidad de su fútbol ni hablamos-, ya era mucho más complicado sostener la continuidad del técnico. Y no digamos nada ya tras caer el 15 de marzo en la Europa League, el último cartucho al que se aferraban tanto Ziganda como Urrutia y sus directivos. Aquel fue un momento decisivo. Tras perder con el Barcelona en la jornada 29, el Athletic era decimotercero con 35 puntos, a 8 del séptimo (el Girona)que podía dar acceso a Europa. Por fortuna, el decenso estaba muy lejos, a 14 puntos.

Era la situación ideal para buscar un revulsivo, traer un nuevo entrenador e intentar ilusionar al equipo y a la afición en el sprint final de la Liga. El club, sin embargo, prefirió hacer el don Tancredo y esperar un inmenso golpe de suerte. En realidad, un milagro. Porque el equipo estaba roto y Ziganda era un 'dead man walking' que ya daba hasta pena. Y esto en Ibaigane lo sabían perfectamente. Pero les dio igual. Cualquier cosa antes que asumir el fracaso. Antes que eso, que arda Roma: dejar que el equipo se pudra delante de nuestros ojos, que la humillación aumente y hasta Cuco tenga que sufrir hasta el último día su tortura actual, el escarnio en las redes sociales y seguir entrenando a unos jugadores que han pasado de él olímpicamente. A esto que ha hecho Urrutia, por supuesto, se llama pensar más en el club que en uno mismo.

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