Combate nulo, nunca mejor dicho

Aduriz y Llorente durante el partido.

El Athletic, cuya pobreza en el juego sigue siendo sangrante, no puede pasar del empate a cero en un derbi desangelado

Domingo, 17 diciembre 2017, 12:13

Confiaban los rojiblancos en que el derbi fuera el mecanismo propulsor que les despegara de la mediocridad y espantara sus fantasmas. Podía ser un gran día para Ziganda y los suyos. Pero no. No pudo ser. El partido contra la Real, que también venía con urgencias a Bilbao, fue una oportunidad perdida para el Athletic, que no pudo pasar del empate a cero y, durante la última media hora, hasta pareció conformarse con el resultado. Ni tan mal, pensarían los pupilos de ‘Cuco’, habida cuenta de la pobreza manifiesta de su juego, que no hay por dónde cogerlo. Menos mal que en el último mes los donostiarras andan alicaídos y melancólicos, preguntándose quizá a dónde van los patos de Central Park en invierno cuando se hiela el estanque. Y menos mal que, al llegar al área rival, se quedan sin luces. De lo contrario, la cosa podía haber sido bastante peor para un Athletic que va tener que seguir remando mucho para remontar.

Todo fue decepcionante en una tarde fría y húmeda que no contentó a nadie. Tras el partido, cada equipo se miró a su ombligo y destacó sus opciones, las del Athletic concentradas en el final de la primera parte y en el arranque de la segunda. El empate, sin embargo, no sólo es que fuera justo, sino que fue una consecuencia directa de las virtudes y defectos de los bilbaínos y los donostiarras. Digamos que el combate merecía ser nulo en homenaje a la nulidad de los locales con el balón y a la de los visitantes al llegar al área de Herrerín, que sustituyó a Kepa por lesión. Y hay que hacer esta precisión porque, antes del choque, por las gradas corrió el rumor de que el portero de Ondarroa había sido condenado -al parecer iba en una carreta camino de la guillotina- por su posible marcha al Real Madrid.

Decíamos que todo fue decepcionante y hay que insistir en ello. La verdad es que estos derbis empiezan a ser partidos como cualquier otro. Un espectador desinformado que cayera de repente en las gradas de San Mamés no encontraría ninguna razón para concluir que allí se estaba jugando un choque de rivalidad vecinal, el gran duelo histórico entre equipos vascos. Y no digamos nada si ese turista procede de alguna de esas ciudades en las que, durante los clásicos, tiene que movilizarse hasta el ejército para que no estalle una guerra civil entre los dos bandos enfrentados. En ese caso, el ambiente le parecía el de un amistoso, un festival fraterno de esos que se organiza por una buena causa solidaria. Por otro lado, hay que reconocer que el juego tampoco ayudó a dar ambiente. Sobre todo el del Athletic, que desde el principio ofreció lo que podríamos llamar su versión misteriosa.

No hace falta decir que el misterio no es otro que saber qué diablos quieren hacer los rojiblancos en el terreno de juego. Alguien dirá que quieren marcar goles y que no se los marquen. Bien. Esta perogrullada hay que darla por buena, faltaría más. Lo que nos preguntamos es cómo quieren hacer eso -marcar y que no te marquen- jugando a un ritmo tan mortecino, sin dar tres pases seguidos, soltando balonazos como los Reyes Magos sueltan caramelos, sin lograr profundizar por las bandas y dejando que el rival tenga la posesión con bastante comodidad. La única respuesta posible es conseguirlo en alguna jugada aislada, de esas que surgen a veces por generación espontánea, o en alguna acción a balón parado. Pues bien, de esas sólo hubo dos en una primera parte insípida como el caldo de un asilo: un disparo cruzado de Mikel Rico en el minuto 29 y un balón que se le fue alto a San José en el último segundo tras un córner en corto. Fue con diferencia la mejor ocasión de los rojiblancos, pero el navarro está tan acostumbrado al patadón que ha perdido sensibilidad en los disparos a puerta.

Tampoco la Real estaba para echar cohetes, la verdad. Desde el principio tuvo más el balón y demostró tener un estilo, un plan. Se podría decir que su problema era de oxidación en el mecanismo. Al equipo de Eusebio Sacristán le falta lubricante y eso le acaba afectando demasiado. Le deja sin mordiente, sin ambición, sin pegada, prisionero de un cierto manierismo. Es probable que todo hubiera cambiado ellos en el caso de que Oyarzabal e Illarramendi hubieran embocado en el minuto 20 y en el 28. Lo tuvieron bien para hacerlo, sobre todo el eibarrés, que tiene muy buenas cosas pero en el área se nubla. En eso se parece a Williams. Con ventaja, la Real hubiera sido un enemigo de muy difícil acceso para los rojiblancos, que tuvieron sus mejores minutos en la reanudación.

Tirando de casta, cómo si no, encerraron a sus rivales durante un cuarto de hora. San Mamés entró en ambiente. Ya se sabe lo que le gustan los abordajes y las películas de piratas en general. Una volea soberbia de Raúl García en un balón que le llegó de un saque de banda, una entrada al área de De Marcos -de la Bella se la quitó de forma providencial cuando encaraba al portero-, un gran cabezazo de Aduriz tras un córner... Fueron tres buenas ocasiones. Digamos que fueron también un final. El Athletic quemó sus naves en esas jugadas. En la última media hora, su declive fue evidente. Aparte de aire, faltaba control. Volvía a echarse de menos a Iturraspe y a Beñat, que al menos estaba en el banquillo. La Real dominaba y creó inquietud en tres o cuatro jugadas, la última una gran volea de Xabi Prieto que despejó Herrerín, pero el marcador no se movió. De manera que se acabó consumando un 0-0 desangelado y triste, como lo fue todo el derbi.

Athletic - Real Sociedad

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