El enigma zidane

El técnico francés, un hombre misterioso, se enfrenta ahora al reto inmenso de volver a triunfar

Zinedine Zidane./REUTERS
Zinedine Zidane. / REUTERS
Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Zinedine Zidane es un personaje enigmático. Siempre lo ha sido. Hay en él una especie de trasfondo oculto e inalcanzable, no sé si genético o forjado durante su infancia en las calles duras de La Castellane; un misterio que quizá sólo su madre o su esposa hayan podido desvelar. A mí, por ejemplo, me provoca incertidumbre, una cierta inquietud. Siempre temo el día en que se canse de sonreír a todo el mundo y le salga de dentro el demonio que le impulsó a pegar el cabezazo a Materazzi o a pisotear con saña a aquel jugador de Arabia Saudí en el Mundial de Francia. Ese día, por supuesto, me gustaría estar muy lejos de él. Por si las moscas.

Zizou tiene, además, algunos poderes casi sobrenaturales. Uno de ellos, quizá el más espectacular, es el de desarmar a sus rivales. Cuando era el futbolista excepcional que fue, sus marcadores sufrían como bellacos ante aquel portento que, siendo más grande, fuerte y pesado que la mayoría de ellos, se movía por el césped como Fred Astaire en aquella película en la que empezaba bailando alrededor de una silla, luego se subía al sofá y terminaba dando pasos de claqué por el techo, boca abajo.

Como entrenador, su táctica es otra. Desarma con sus sonrisas, sus silencios y sus encogimientos de hombros. Se detecta en él una especie de dontancredismo al estilo Rajoy, difícil de roer como el caparazón de una tortuga, y también un talento natural para el escapismo a través del desconcierto. ¿Qué le va a decir a usted a un técnico que ha ganado las dos últimas Copas de Europa y encima ha sido un futbolista legendario si te dice que está muy contento con sus jugadores tras haber empatado con el Numancia en el Bernabéu? Pues sí, como mucho que está de broma.

El otro gran talento de Zidane es saber llevar un vestuario como el del Madrid. Es decir, saber manejar egos como el suyo cuando era galáctico. Pedirle grandes conocimientos tácticos y una afilada visión estratégica no tiene ningún sentido. Al marsellés hay que exigirle que fabrique el clima ideal para las grandes victorias, ese encantamiento colectivo que distingue a los equipos triunfadores. Es lo que ha hecho hasta ahora. La duda es si lo volverá a hacer. No lo sé. Y me temo que él tampoco porque cada vez sonríe menos.

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