el espíritu de puyol

No me parece que el excapitán del Barcelona sea de largos monólogos, pero es de esas personas cuya presencia suele ser suficiente para que quienes están frente a él capten la idea

Kepa realizó al final del partido dos buenas paradas./
Kepa realizó al final del partido dos buenas paradas.
Jon Rivas
JON RIVAS

Una de las costumbres del Athletic desde que comenzó a entregar el 'One Club Man Award', al margen de ocultar al premiado de la vista de los periodistas, por si les contagiamos algo debe ser, es la de llevar al invitado a saludar a los jugadores, que suelen estar concentrados antes del partido.

Con Puyol, como las tres veces anteriores, se mantuvo el rito. Ayer por la mañana, el ex capitan del Barcelona visitó a los futbolistas del Athletic, se hizo una fotografía en el hotel, y se supone que estuvo charlando un rato con ellos. Sólo se supone, porque estos actos son más secretos que el cónclave de elección de un nuevo Papa o las deliberaciones del consejo de ministros, que todos los integrantes del gabinete juran o prometen no revelar en su toma de posesión.

¿Qué les dijo Puyol a los jugadores del Athletic?, ¿les habló de su entrega perpetua mientras fue futbolista?, ¿les soltó un discurso emotivo que les puso el corazón en un puño? No me parece que el excapitán del Barcelona sea de largos monólogos, pero es de esas personas cuya presencia suele ser suficiente para que quienes están frente a él capten la idea.

Y dio la sensación de que la captaron, porque con el sistema remozado, y con el temor en el cuerpo de que se repitiera el desastre de la primera vez que lo intentó Ziganda, los futbolistas estuvieron más puestos que nunca, concentrados como pocas veces esta temporada y completando una primera parte muy apañada, con varias ocasiones y dos disparos al larguero.

Bien es verdad que el Betis tenía los deberes hechos y entregados en el cole, y que lo único que podía pretender era darle una alegría a los casi 1.000 seguidores que arrastraron a Bilbao, y que por eso la intensidad de su juego bajó un poco, lo suficiente como para hacer poco daño. Vamos, que estuvieron a verlas venir durante muchísimos minutos. Justo hasta que Iker Muniain se dio una alegría al cuerpo y marcó el gol que abría el marcador.

Fue entonces cuando el lobo disfrazado de abuelita enseñó los colmillos. Para entonces el Athletic empezaba a desinflarse, pero no a cejar, que la presencia de Puyol seguía imponiendo como en la primera parte; su espíritu seguía vivo entre los jugadores, aunque el Betis empezó a apretar y entonces se vio al mejor Kepa y apareció el árbitro para anular un gol que, pues bueno. No pasa nada por recibir un favor de vez en cuando. Luego marcó Aduriz después de un acto de fe de Williams, y se acabó el partido.

Y entonces volvemos a quedar atrapados en la melancolía, y a pensar en el tiempo perdido, y lo que pudo ser y no fue. Al menos, que en los dos partidos que restan, la dignidad sea el santo y seña del Athletic, de unos jugadores que tienen que saber que San Mamés, como hizo ayer, siempre responde. Rebobinen: un recibimiento como si en Anoeta no hubiera pasado nada; un ánimo como si el equipo se jugara una plaza europea. Hasta cuando Beñat, después de una temporada decepcionante, fue sustituido, recibió una ovación por 61 minutos aseados. La afición sigue siendo tan ingenua como cuando Bielsa se refería a ella con admiración. Sólo pide a sus jugadores que actúen siempre con esa entrega con la que jugaba Puyol, el homenajeado en el descanso. Es lo menos que se puede pedir, tampoco es demasiado, digo yo.

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