Fútbol

Así es la caldera verde que espera al Athletic

Uno de los grafitis que se encuentran en el estadio del Panthinaikos/J.O.L
Uno de los grafitis que se encuentran en el estadio del Panthinaikos / J.O.L

El Panathinaikos busca aprovechar el gran ambiente de su campo ante un Athletic acompañado por 200 seguidores

Javier Ortiz de Lazcano
JAVIER ORTIZ DE LAZCANO

Como gran símbolo de lo que es el fútbol moderno, basado en la mercadotecnia, la única zona que luce actual en el estadio Apostolos Nikolaidis es la tienda. Todo lo demás se presenta como lo que es el estadio más antiguo de Grecia en activo (inaugurado en 1922). Lo más parecido en España es Vallecas, pero el vetusto campo del Rayo parece una obra moderna al lado del ateniense.

Los Mad Boys 13 (Chicos locos) son los dueños del exterior. Todo el campo está repleto de pintadas suyas, no sólo la zona de la puerta 13 por la que entran y que han incorporado al nombre del grupo. Hay zonas con alambradas, como una escalera que da acceso a una tribuna. Una calavera fumando y con un gorro verdiblanco luce en la puerta que da acceso a los árbitros y jugadores. El escenario confirma que los clubes griegos y el Panathinaikos en particular confían más en la potencia de las gradas que en el fútbol en competiciones europeas.

El club confía en abarrotar las 16.000 localidades. Las entradas cuestan entre 15 y 60 euros. Son las tres de la tarde. El sol cae a plomo sobre Atenas. 34 grados. Las calles están desiertas. En una cafetería situada cerca del estadio, Pieros Maniatoulos está aburrido tras la barra. «El ambiente será explosivo. Es de los mejores de Europa. No habrá problemas», tranquiliza.

Las bengalas y los petardos son un grave problema en el fútbol griego. Pero lo son mucho más en la competición doméstica que en la internacional. En la Superliga hay manga ancha, algo que no sucede con la UEFA, muy dura en las sanciones. El miedo a los radicales de los clubes contrarios provoca que en Atenas se vean pocos hinchas por la calle con las camisetas de sus clubes. Los entrenadores de los cuatro grandes clubes de la capital y de la cercana El Pireo (Panathinaikos, AEK, PAOK y Olympiakos) no acuden a los campos de los rivales a presenciar partidos.

Jugar en el campo del Panathinaikos predispone a la prudencia a los visitantes. Pero lo cierto es que todos los incidentes graves de los últimos años han sido ante equipos griegos. Los ha habido sonados, como los del pasado curso, cuando una pelea entre jugadores ante el PAOK concluyó con un botellazo al entrenador rival. Acabó hospitalizado. El Panathinaikos fue sancionado con la pérdida de un partido que iba ganando cuando se suspendió en el minuto 53, la retirada de cinco puntos y 41.000 euros de multa.

El equipo verde intentó abandonar el estadio. Demasiado viejo, poco aforo y una zona densamente urbanizada. El club planteó en 2008 un nuevo campo en el distrito de Vozarinos y se fue a jugar al estadio Olímpico. La crisis que tan duro golpeó a este país provocó que la infraestructura se detuviera. Panathinaikos regresó en 2014. A los fans no les gustaba el Olímpico. Muy frío. Nunca se llenaba.

Esa situación generó que el club no invirtiera nada en el viejo campo. No pasaría revista ante un examen de idoneidad. Hay techos rotos y puertas cerradas porque no pueden se empleadas. Atrás quedan los tiempos en los que fue innovador. Durante décadas, su tribuna principal, levantada en 1928 fue la mayor del país. Fue también el primer campo heleno en colocar luz artificial en 1958.

Ziganda ha insistido estos días ante sus jugadores en el que el Panathinaikos está por encima del Dinamo Bucarest y en que deben prepararse para soportar un ambiente eléctrico. Españoles que han militado en la SuperLiga griega recomiendan especialmente no provocar a los espectadores.

El club heleno envió 888 entradas al Athletic. Al igual que sucedió en la primera eliminatoria en Bucarest no ha habido demanda. Fuentes de Ibaigane indicaron ayer a este periódico que, a falta del cierre de las taquillas, se han vendido en torno a doscientas.

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