El extraño caso de Mikel Rico

Extraña su ausencia porque aporta valores intangibles al juego, revuelve los partidos, dinamiza el centro del campo y está ahí para meter la pierna

Extraña su ausencia porque aporta valores intangibles al juego, revuelve los partidos, dinamiza el centro del campo y está ahí para meter la pierna. /E.C.
Extraña su ausencia porque aporta valores intangibles al juego, revuelve los partidos, dinamiza el centro del campo y está ahí para meter la pierna. / E.C.
Jon Rivas
JON RIVAS

La importancia del saque de banda en el juego ofensivo no es una frase más de un comentario, sino el título de una conferencia que Benito Floro, que causó sensación en los banquillos allí a finales de los ochenta, dictó en la escuela de entrenadores, poco más o menos cuando su Queso Mecánico, es decir, el Albacete Balompié, acababa de ascender a los cielos de la Primera División.

El saque de banda es la única ocasión en la que un jugador de campo puede tocar el balón con las manos, pero fíjense en el detalle, para preservar la pureza del fútbol, tal 'anomalía' se produce fuera de los límites del terreno de juego.

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En el Athletic, el saque de banda es síntoma del estado de ánimo de los futbolistas. Cuando las cosas van mal, nadie quiere saber nada de ellos. Sacarlos sí, porque se encarga el lateral de cada banda. El problema es recibirlos. De repente, cada cual tiene un motivo para desentenderse. Uno tiene cita con el dentista, otro ha quedado con un amigo, y los demás se han tomado un rato libre. Lo cierto es que se hace un agujero negro alrededor del lanzador, que suele desesperarse, como el público.

Entonces, en momentos así, uno se acuerda de gente como Mikel Rico, y le extraña su ausencia del campo, porque él siempre se ofrece, siempre está ahí, nunca tiene nada que hacer cuando hay un saque de banda o cualquier otra circunstancia.

Mikel Rico ha jugado muy poco en los últimos años. Quizá quienes elaboran las alineaciones se hayan querido hacer los exquisitos y han pensado que el Athletic de estos tiempos tiene que destacar por su calidad y empezar a dejar a un lado la garra y la pelea, valores fundamentales unas décadas atrás, pero no tanto ahora que el fútbol es un escaparate mundial. No vaya a ser que Tebas, que multa a los clubes por tener las gradas vacías, lo haga también por pegar garrotazos al balón.

Así que Rico lleva tiempo perdiendo peso en el equipo, pese a que cuando salta al campo nunca desmerece. Aporta valores intangibles al juego. De hecho, lo desordena y hace lo mismo con el del rival. Revuelve los partidos, dinamiza el centro del campo y está ahí para meter la pierna, apoyar a la defensa y ofrecerse en los saques de banda si hace falta. Con ese entusiasmo que a veces le falta al equipo. Él lo contagia a los demás. Cuando anoche salió al campo, el partido cambió. Tenía muy mala pinta para el Athletic, pero un secundario como Mikel Rico, contribuyó en gran manera a cambiarlo.

Los magníficos peloteros del Villarreal empezaron a sentirse incómodos. Ya no era lo mismo. Jugaban a sus anchas y de repente apareció un tipo que les disputaba todos los balones. El empate tiene bastante que ver con su aparición en el campo. Sin olvidarnos, claro, de otro secundario como Balenziaga, que no encontraba compañeros para recibir sus saques de banda, pero por una vez sacó su pierna a pasear para darle el centro del gol a Aritz Aduriz.

El de Mikel Rico es un caso extraño. Casi no juega, pero cuando lo hace, el equipo despierta. A él, que se paseaba en manga corta por Huesca, a cinco grados bajo cero, no le va a enfriar la indolencia del equipo. Irradia calor, que es una de las cosas que le falta al Athletic de Ziganda. Más calor y más Mikel Rico.

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