Fiebre en el césped

El nivel rojiblanco es paupérrimo, el fútbol ha desaparecido de San Mamés, y no digamos en los partidos de fuera, y amenaza con no volver

Williams, durante una jugada del partido/F. GÓMEZ
Williams, durante una jugada del partido / F. GÓMEZ
Jon Rivas
JON RIVAS

A Nick Hornby, el autor de ‘Fiebre en las gradas’, le angustiaba en su niñez que el Arsenal de sus amores, del que no podía desprenderse porque estaba en su esencia como persona, jugaba muy mal al fútbol, peor siempre que cualquier rival al que acudiera a ver a la grada del reloj del viejo Highbury. A quienes siguen al Athletic les empieza a pasar lo mismo. Salen de San Mamés con la extraña -o no tanto- sensación de que cualquier equipo que juega en la Catedral es mejor que el grupo que dirige Ziganda; que cualquier conjunto de medio pelo que se asoma al césped del campo bilbaíno es capaz de pegarle un meneo de consideración.

Con esos temores llegó la afición al descanso, viendo a un equipo como el Athletic, ninguneado por el Hertha, que se crecía hasta en la festiva grada que, en cierta manera, recordaba a aquel éxodo magnífico a Manchester en 2012. En el día de luto por ‘El profe’ Luis Bonini no estaba de más acordarse de aquella noche de lujo y excesos futbolísticos.

¿Cuántas veces ya? Es la pregunta del millón. Hasta la pausa, el Hertha fue mucho mejor y a todos nos entró el desasosiego de Hornby. El Athletic estaba en coma, al ritmo de Mikel San José, que lleva con el biorritmo bajo toda la temporada y las mismas pulsaciones que gastaba su paisano Miguel Indurain en reposo, pero en pleno esfuerzo. Ziganda se empeña con el navarro, que no está en su mejor versión. No tiene demasiadas opciones, pero da la sensación de que Iturraspe le supera en estos momentos. Como si se hubiera repasado los foros rojiblancos, y en plena actitud populista, el entrenador también se equivocó alineando a Aketxe como titular. La inacción en la media punta fue preocupante. Y la del área. Cinco tiros entre los palos del Hertha, uno del Athletic, el penalti que marcó Aduriz.

El espectáculo fue bochornoso. Sólo quedaba encomendarse a la heroica, y por una vez funcionó, entre otras cosas gracias a Langkamp, el capitán alemán, que tuvo una noche desgraciada, y si en la primera parte estiró la pierna y derribó a Williams, en la segunda alargó la mano y provocó el segundo penalti de la noche, el alivio para el Athletic.

Fue cuestión de fe, más que de fútbol; de sudor más que de ideas, de solidaridad más que de combinación. Pero los partidos no se pueden ganar así, con tan poco juego. El gol de Williams, en la mejor acción de la noche, un contragolpe con Susaeta y Balenziaga, deja al Athletic a un punto de la clasificación matemática a dieciseisavos, pero a algunos se nos pone la piel de gallina pensando en el hipotético cruce con alguno de los equipos que caen de la Champions. Si el Hertha, el Östersunds o el Zorya nos han hecho más de un roto o un descosido, ¿qué puede pasar con el Borussia Dortmund, el Leipzig o el CSKA?

El nivel rojiblanco es paupérrimo, el fútbol ha desaparecido de San Mamés - y no digamos en los partidos de fuera,- y amenaza con no volver. La pelota sufre el maltrato de quienes hace poco la acariciaban. Menos mal que Aduriz no falla los penaltis; que la entrega no va a faltar nunca, o casi nunca, pero a estas alturas, el Athletic sigue con fiebre, como el Arsenal que atormentaba a Hornby en los años setenta.

Athletic - Hertha

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