Instalados en la nada

Liñán celebra el tanto del Formentera en el partido de Copa ante el Athletic./FERNANDO GÓMEZ
Liñán celebra el tanto del Formentera en el partido de Copa ante el Athletic. / FERNANDO GÓMEZ

El Athletic perpetra su tercer partido terrorífico en apenas una semana y es incapaz de pasar del empate ante un Segunda B

JON AGIRIANO

Ostersunds, Leganés y Formentera. En apenas una semana, el Athletic ha perpetrado tres partidos terroríficos. Podríamos considerarlos ya una especie de Triángulo de las Bermudas que se ha tragado al equipo de Ziganda, quién sabe si para siempre. Que no haya sido capaz de ganar ninguno de ellos, que este miércoles sólo pudiera empatar con un recién ascendido de Tercera y sólo creara una ocasión -la del gol que hizo Raúl García nada más salir en lugar de Kike Sola-, lo dice todo. O no. Parece decirlo todo, realmente, hay que aludir al fútbol de los rojiblancos, cuya vulgaridad empieza a ser escandalosa. Ni con el equipo A, ni con el B. Ni titulares, ni suplentes. A día de hoy, aquí no se salva ni el apuntador. No se trata de ser alarmistas, pero la necesidad de una reacción urgente es indiscutible.

1 SD Formentera

Marcos Contreras; Fobi, Javi Rosa, Samuel, Tejera; Álvarez (Romero, min. 79), Gabri (González, min. 82), Liñán, Garmendia; Adrián Riera (Bonilla, min. 73) y Juan Antonio Sánchez.

1 Athletic

Arrizabalaga; Lekue, Etxeita, Óscar Gil, Saborit; Vesga, Beñat; Susaeta, Aketxe (Íñigo Muñoz, min. 73), Sabin; Kike Sola (Raúl García, min. 61).

GOLES
Fernando Liñán; 1-1, min. 63: Raúl García Árbitro: González Fuerte (comité asturiano). Amonestó a Samuel, Dailos, Gabri, Romero, del Formentera; a Etxeita, del Athletic Club.
Incidencias
Partido de ida correspondiente a los dieciseisavos de final de la Copa del Rey disputado en el estadio municipal de Sant Francesc ante unos 3.000 espectadores, la capacidad máxima del recinto, ampliada con la habilitación de gradas supletorias.

El partido fue un dolor de muelas que, a nivel personal -y discúlpenme este desahogo en forma de cuento-, me provocó una decepción particularmente dolorosa. Y es que, tras dos días buscándole por todos los medios, por la mañana pude comunicarme por fin con Wang Lee Yek, el aficionado de Pekín que compró en una plataforma digital el Leganés-Athletic y dedicó su única tarde libre de la semana a verlo. Hablamos a través de skype. Y no fue fácil, la verdad. La conexión era muy mala. De hecho, mi primera imagen de Wang fue la de Jack Palance cabalgando despiadado por las praderas de Mongolia. Al parecer, algunas escenas de la película ‘Atila’ se colaron en la transmisión, no me pregunten por qué.

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Tras estas primeras vacilaciones tecnológicas, me encontré por fin con él cara a cara. Mi impresión no fue buena, debo confesarlo. Wang es joven, pero se le veía desmejorado y ojeroso. Me recordó a esos chavales que regresan a casa después de la guerra y, cuando ven que no les hacen caso y sus batallitas no interesan a nadie, se echan a perder. Me dije que tal vez llevaba una mala vida, demasiado solitaria, en el piso 32 de aquella torre de pisos llena de mugre y antenas parabólicas. O puede que tuviera problemas laborales en la fábrica de salsas agridulces o en el restaurante de su primo. En el fondo, no quería ni imaginarme que tal vez Wang Lee Yek estaba así, tan mustio, desde que vio el Leganés-Athletic.

La nada absoluta

Me sentí culpable y fue lo primero que le pregunté. Si la conexión no era fácil -volvió a interrumpirse brevemente con unas imágenes de Mao cruzando el río Yangtse- todavía lo fue más entendernos. Wang sólo habla mandarín. Sus nociones de inglés se limitan a decir «whe are the Champions» y «yellow submarine». Tuve que hacer un esfuerzo enorme para hacerme comprender a través del lenguaje universal de los signos y creo, humildemente, que lo conseguí. Nunca podré estar seguro del todo, pero pienso que es muy razonable suponer que su reacción de atarse al cuello el cable pelado de una bombilla y sacar la lengua fue una consecuencia directa de mi pregunta sobre qué le había parecido el Athletic el domingo. De la misma manera, también me atreví a suponer que su sorprendente reacción, tan extrañamente cristiana pensé, de blandir un crucifijo y colgarse del hombro una ristra de ajos, como si fuera a espantar un vampiro, se debió a que le pregunté si estaría dispuesto a ver de nuevo al equipo de Ziganda.

Esto último me tocó el orgullo. Le dije que el Athletic era un gran club histórico y que merecía una segunda oportunidad. En fin, que le convencí para que comprase el partido contra el Formentera. Entiendan, pues, lo culpable que me sentí. Es difícil ver una nadería mayor en un campo de fútbol. Lo mejor de la primera parte -lo único bueno- fue el atardecer. Sucedió algo parecido en Leganés. El día se fue apagando y el incendio del cielo, espectacular, obligó a levantar la vista y disfrutar del panorama. Dieron ganas de aplaudir. De la misma manera que daban ganas de pitar viendo lo que ocurría en el terreno de juego. En el caso del Athletic, la curiosidad sobre el nivel que podían ofrecer los jugadores suplentes, que ayer fueron la gran mayoría, se disipó muy pronto, en poco menos de diez minutos. Allí no funcionaba ninguno. Ni Beñat, ni Saborit, ni Lekue, ni Aketxe, ni Sabin Merino, ni Vesga, ni, por supuesto, Kike Sola. La mezcla de tantos jugadores sin rodaje tuvo el efecto habitual en estos casos: pérdidas, desatenciones, errores... Un aburrimiento mortal.

La realidad es que sobre el césped artificial de San Francesc, donde llamaban la atención -provocaban una cierta ternura- las rayas de los campos de fútbol 7, no se apreció ninguna diferencia entre el Athletic y el Formentera. Es más, en la primera parte las únicas oportunidades de gol llegaron en la portería de Kepa. El ondarrés tuvo que emplearse a fondo en el minuto 35 para desviar un cabezazo de Omar, bien asistido por Fobi desde la derecha. En la segunda, todo continuó por los mismos derroteros. Eso sí, al menos pudimos ver un par de goles. El primero lo hizo Liñán a la hora de juego, tras fusilar el rechace de una falta colgada dentro del área. El segundo, el del empate, lo firmó cuatro minutos después Raúl García, implacable siempre contra este tipo de rivales menores. Su cabezazo a pase de Saborit fue de manual. Algunos cándidos pensamos entonces que el Athletic podría aprovechar el rebufo del gol y apretar las tuercas a los isleños. Pues no. El partido volvió al vacío absoluto. Que conste, eso sí, que debutaron Óscar Gil e Iñigo Muñoz. Y que Wang Lee Yek se ha enfadado mucho y no quiere saber nada más de mí.

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