Hasta el gotelé nos sirve

Ziganda comparte con sus colaboradores su alegría por uno de los goles de Raúl./
Ziganda comparte con sus colaboradores su alegría por uno de los goles de Raúl.
Jon Rivas
JON RIVAS

Después de una semana nefasta, los fieles de San Mamés estaban como para hacerse una revisión médica, con todos los valores alterados; desde la tensión hasta el colesterol. Desde la bilirrubina a la mala leche, aunque en los análisis de sangre no aparezca este factor, que sin embargo sí se puede constatar en los comentarios de bar o los cenáculos rojiblancos, que suena con más empaque.

Vamos, que la rabia acumulada después de dos desastres consecutivos parecía que podía tener consecuencias en San Mamés a la mínima que el Athletic se mostrara remiso a cumplir con su obligación; que se atisbara alguna debilidad de carácter, o que la empanada durara más minutos de lo recomendable.

Pero mira por dónde, todavía no le había dado tiempo al personal a llenar el depósito del mal rollo, e incluso haciendo de tripas corazón, -algo que nunca he sabido qué significa-, había empezado a animar después de un par de malas decisiones, cuando en dos combinaciones de ataque que surgieron de las ruinas del legado de Marcelo Bielsa, el Athletic se colocó con un marcador estupendo.

Fueron dos acciones que durante los años del argentino, aunque no siempre salían, se convirtieron en señas de identidad del equipo, entre Susaeta y De Marcos, mezclando la clarividencia del primero y las sorprendentes rupturas del segundo.

Primer gol

El primer gol contó con la colaboración del irregular Cuéllar, que salió a por uvas y permitió que se le adelantara Raúl García con un remate de cabeza de los suyos, que aderezó con una patada y un puñetazo al poste, que le sirvieron como terapia para desfogarse. Él tampoco debe estar muy contento de su rendimiento de los últimos partidos.

Siete minutos después, Raúl García volvió a demostrar, como ha hecho alguna vez más desde que está en el Athletic, y recuerdo un gol similar al Eibar, que es un futbolista multitarea, capaz de rematar a la vez que protesta al árbitro. Otra vez fue un centro de De Marcos tras cesión de Susaeta, un primer remate, la protesta por una supuesta mano, y el segundo remate, ajustado al palo. Dos goles de delantero centro el día en que no estaba el delantero centro.

En ese lapso de tiempo, todos fuimos felices, aunque con el paso de los minutos el globo se fuera desinflando lánguidamente, como el que le compramos a un niño y en el techo de su habitación se va arrugando poco a poco hasta caer a coger polvo entre los ositos de peluche. Se arrugó demasiado en la primera parte, lo que obligó a Kepa a demostrar dos veces que es un superportero.

Afición mosqueada

Así que la felicidad que prometía el Athletic de la primera mitad comenzó a difuminarse al comienzo de la segunda, y ya andaba la afición mosqueada después de la segunda aproximación consecutiva del Leganés, y se escuchó algún silbido que no llegó a ser unánime pero sirvió de aviso.

Claro que el partido no estaba para hilar demasiado fino, ni para matices. Era más de brocha gorda y hasta de gotelé, que todo nos servía. No interesaba tanto el acabado sino el trabajo en sí. Un buen resultado, un tanto de actitud, algún detalle de vez en cuando y los tres puntos. Poco más. No es que el partido del Athletic despierte la fe en remontar la eliminatoria ante el Olympique, pero al menos no crea muchos más desafectos por ahora. Hoy los análisis de mala leche estarán en niveles normales. Ya veremos lo que pasa el jueves. Un milagro, no tanto en forma de resultado sino de mejora del juego, no estaría nada mal como regalo a los aficionados.

Athletic - Leganés

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