La grieta en el Athletic

Cada vez hay más distancia entre los deseos del hincha rojiblanco y los intereses de los jugadores

La grieta en el Athletic
JON AGIRIANO

Si la política hace extraños compañeros de cama, el fútbol del Athletic nos provoca a algunos extrañas asociaciones mentales. Me sucedió el sábado por la noche, al final del partido ante el Deportivo, viendo a los aficionados rojiblancos retirándose de su localidades con mala cara, entre ofendidos y humillados, como si acabaran de sufrir una estafa. Me dio por pensar entonces en esa grieta que se está abriendo en el suroeste de Kenia. Dicen los científicos que en unos cuantos millones de años provocará que el continente africano se parta en dos. Metido en esa campo semántico de las fisuras terráqueas, me acordé también de aquella novela de Saramago, 'La balsa de piedra', en la que la península ibérica se desgajaba de Europa y quedaba a la deriva.

¿En qué estaba pensando para pensar en eso? ¿Era todo una ensoñación absurda tras un nuevo partido deprimente de los de Ziganda? No. La verdad es que llevo tiempo percibiendo una grieta muy preocupante en el Athletic: la que separa a unos hinchas entregados e inocentes que no necesitan casi nada para ilusionarse y unos jugadores pragmáticos a quienes las ilusiones de la hinchada sólo les conmueven si coinciden con sus intereses. Se trata de una relación a la que es difícil augurarle un buen futuro porque parte de un desequilibrio cada vez más doloroso. Hablamos de una pareja en la que uno está enamorado de verdad, para siempre y de todo corazón (el aficionado), y el otro no puede pasar del cariño porque es un profesional y sólo está enamorado de sí mismo (el futbolista).

Pensemos un poco en ello. De ser un amor ecuánime, ¿la actitud de los jugadores no hubiera sido muy diferente durante la primera parte ante el Deportivo? Sabiendo como sabían que los aficionados estaban deseando perdonarles sus pecados y empujarles durante las últimas jornadas a la aventura de intentar la clasificación para Europa, ¿no deberían haber saltado al campo vestidos de samurais y haberse dejado la piel? ¿Cómo puede explicarse su actitud, negligente y pasota, si no es aludiendo a que los jugadores pasan olímpicamente de las utopías con las que sus seguidores se calientan en tantas y tantas frías noches al raso? Por no hablar de su absoluta indiferencia ante los deseos de su entrenador, al que el sábado le dieron uno de los mayores disgustos de una temporada. Que ya es decir.

Y es que estoy seguro de que Cuco tenía mucha ilusión por acabar bien, que deseaba con todas sus fuerzas que sus pupilos mantuvieran el nivel ofrecido en Villarreal y terminaran la Liga con dignidad. Asumida su marcha, quería dejar ese agradable regusto final y demostrar lo que él piensa: que lo ocurrido esta temporada ha sido un accidente y no la consecuencia lógica de su incapacidad. Pues bien, ni siquiera esa pequeña satisfacción le van a conceder. Todo lo contrario. Tras la derrota ante el Deportivo, los seis partidos que restan pueden ser un via crucis. Me temo que ya sin esperanzas, despechado, el público de La Catedral ya no va a pasar ni una. Ni a los jugadores, ni a Ziganda, ni a Josu Urrutia.

Pero volvamos a la grieta. Es cierto que este tipo de fracturas en las placas tectónicas -y el Athletic es una de ellas- son de lento crecimiento. Ahora bien, por algo se empieza. Y aquí ya ha empezado. Por un lado, la masa social rojiblanca, condenada a recibir mucho menos de lo que se merece. Y por otro, los jugadores, facultados por la filosofía a recibir mucho más de lo que se merecen y de lo que recibirían en cualquier otro club. Cada vez se me antoja más insostenible este desequilibrio en un club donde la identificación entre los hinchas y el equipo es fundamental.

A veces pienso que deberíamos replantearnos la condición esencial para decir que un jugador 'entra' en la filosofía del Athletic. Y establecer que, a partir de ahora, quizá no debería bastar solo con haber nacido en algún rincón de Euskalherria o haberse formado en Lezama o en la cantera de algún otro club vasco. También debería ser necesario la asunción por parte del jugador de un tipo de compromiso especial, diferente, de un código de honor, como el de los caballeros medievales, que en un partido como el del sábado le obligaría a salir al campo a dejarse la vida. Hasta imagino el juramento, en las escaleras de Ibaigane, con Urrutia de maestro de ceremonias y el nuevo jugador, de rodillas con su armadura brillante, recibiendo la bofetada ritual para que no olvide lo prometido. Y lo dejo porque empiezo a divagar. Pero ya me entienden.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos