Un correcalles para olvidar

El Athletic, sostenido por Herrerín en la segunda parte, tiene que conformarse con un aburrido 0-0 ante el Hertha

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Aunque con el paso de los años se haya convertido en un coloso vetusto y se encuentre siempre medio vacío, aunque ya sólo le quieran de verdad los aficionados al atletismo, el Estadio Olímpico de Berlín sigue siendo uno de esos templos sagrados en los que, al entrar, hay que descubrirse. A esta primera señal de respeto hay que darle luego continuidad sobre el césped o el tartán. Uno debe saber comportarse, estar a la altura del escenario. Visto lo visto, no puede decirse que el Athletic lo hiciera ayer. Los rojiblancos, eso sí, sacaron un punto gracias a Herrerín que les sirvió para hacer caja y mantenerse invictos con su nuevo entrenador. Pero el fútbol que ofrecieron volvió a ser desmoralizante. Fue inevitable recordar los tufarrones continentales de la pasada temporada. Y fue inevitable preguntarnos si algún día, viendo lo que dan de sí estos partidos anestesiantes ante mediocres rivales extranjeros, la Europa League dejará de hacernos la ilusión que nos hace ahora.

Los primeros minutos, como siempre en estos casos, hubo que utilizarlos para hacerse una opinión rápida del rival. Porque lo cierto es que a equipos como el Hertha y demás no se les conoce realmente hasta que uno toma contacto con ellos. Es entonces cuando se produce la prueba del algodón. Hasta ese momento, cualquiera puede parecer poderoso y temible, sobre todo si se les escucha hablar a su entrenador y a sus jugadores. Nadie va por ahí diciendo que son un poco zotes y que lo que hacen es correr con mucha ilusión porque para esos nos pagan. Es más, ni siquiera los medios solemos ser demasiados crudos en nuestros juicios, seguramente para no parecer unos aguafiestas. Ayer en Berlín bastaron cinco minutos para tener una opinión clara del Hertha. Era un equipo vulgar, básicamente animoso.

Sin hacer demasiado, simplemente apretando arriba y jugando con un poco de orden, el Athletic cogió las riendas sin despeinarse. Ya en la primera jugada, tras un error de la defensa local, Aduriz obligó a lucirse a Kraft. A poco que los rojiblancos mordían, creaban peligro. Muniain, de hecho, tuvo el gol en dos ocasiones, la primera en un disparo desde fuera del área y la segunda, pasado el cuarto de hora, en una combinación con Aduriz. El navarro se quedó solo con el balón y perdonó con la zurda cuando los aficionados rojiblancos presentes en el Estadio Olímpico ya cantaban el 0-1. Todo parecía encaminado a que la tropa de Ziganda se pusiera por delante. Sólo necesitaba perseverar en su ofensiva y jugar con un mínimo de criterio.

Pérdidas, desconcierto...

Pues bien, esto es justo lo que no hizo. El Athletic tiene una acreditada capacidad para mimetizarse con el rival, sobre todo cuando éste se comporta de forma defectuosa y hace cosas raras y se mueve a impulsos. Lo hizo el Hertha desde el pitido inicial y los rojiblancos se acabaron contagiando del correcalles, que fue de los que hacen época, un espectáculo muy poco recomendable que habría que prohibir a los niños de alguna manera. Poniendo rombos en la televisión o algo así. Cualquier cosa menos hacerles creer que el fútbol es eso, esa sucesión de pérdidas de balón, zurriagazos, saltos, inanidad, desconcierto, impotencia...

Mareado en el barullo, sumido en la intrascendencia, incapaz de encontrar un sentido a su juego, el Athletic dejó de acercarse a Kraft. La pareja San José-Vesga naufragó en el medio centro. Lo normal sería pensar que ayer recibió el finiquito. Está claro que no mezclan bien. El Hertha, por su parte, se dedicaba a ir y venir. La verdad es que era difícil saber lo que querían hacer los berlineses. Con decir que su primera aproximación a la portería de Herrerín fue a la media hora en un tirito chungo de Darida que rebotó en un defensa y se fue diez metros fuera está dicho todo.

Es probable que el portero del Athletic pensara en el descanso que iba a vivir una noche plácida. Tenía razones de sobra para ello. Apostar por una ofensiva del Hertha en la reanudación obligaba a un ejercicio olímpico de optimismo que ni los más forofos hinchas locales se animaban hacer. Y, sin embargo, algo de eso sucedió. Dardai ordenó adelantar la presión, permitió a sus jugadores que arriesgaran. Y estos lo agradecieron, sobre todo Kalou, que es un futbolista de espíritu libre y aventurero que sufre encerrado entre cuatro barrotes. El Athletic empezó a pasarlo mal, cada vez más descompuesto, y hubo un momento en el que sólo Herrerín le sostuvo. Su parada a Kalou en el minuto 74 fue excepcional y sirvió para rescatar a un equipo ramplón en el que los cambios -Raúl García por un perdido Córdoba y Susaeta por Williams- no pudieron cambiar el deprimente decorado. Al final, en medio de un aburrimiento supino, hubo que celebrar el 0-0.

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