Ideas de bombero

El plan inicial de Ziganda era un disparate en sí mismo, aunque los fieles siempre pensamos que tal vez, quién sabe. Pero lo cierto es que nunca le ha funcionado, ni parece que le vaya a funcionar

Córdoba busca el balón ante la oposición de Layún./
Córdoba busca el balón ante la oposición de Layún.
Jon Rivas
JON RIVAS

Hay muchas formas de reconocer un fracaso, de dejar claro que lo que has planeado es un desastre, que a veces tienes ideas de bombero y lo peor es que las pones en práctica y luego quieres apagar el fuego que tu mismo has encendido por culpa de tu torpeza. Para un entrenador que, como Ziganda, tiene que reconocer su fracaso, hay dos maneras. Una es sostener el desaguisado, para ver si haciendo un Rajoy el asunto se pudre y se arregla solo, que no suele pasar; la otra, cortar por lo sano, que es lo que sucedió en el Pizjuán. Tuvo que meter el bisturí y extirpar porque amenazaba la gangrena, pero como se vio al final, la infección era imparable, como los goles que encajó Kepa, desafortunadamente, el mejor del Athletic.

El plan inicial de Ziganda era un disparate en sí mismo, aunque los fieles siempre pensamos que tal vez, quién sabe. Pero lo cierto es que nunca le ha funcionado, ni parece que le vaya a funcionar, aunque él insiste con la fe del carbonero, como si de repente, algo fuera a hacer click en la cabeza de los jugadores y el sistema y los peones que lo llevan a cabo acertaran a encajar las piezas milagrosamente.

Si no fuera porque cobran un considerable salario - pedazo contratos -, por hacer su tarea, me podrían llegar a dar pena futbolistas tan desmotivados como Vesga, Iturraspe o San José, tres almas atribuladas, paseándose sobre el césped durante 45 minutos, como si aquello no fuera con ellos, dando la sensación de que ese trabajo no les gusta nada, que hubieran sido más felices en su vida siendo mecánicos torneros, o conduciendo una calesita por el parque de María Luisa.

Tres centrocampistas, tres, y todos ellos para el desguace; escondidos en alguna cueva, con los seguidores del Athletic mostrando su alarma por la desaparición y pidiendo la colaboración de las fuerzas de seguridad para su búsqueda; pegando carteles con sus caras en las farolas. «La última vez que se les vio, estaban haciéndose una fotografía con sus compañeros y cuando silbó el árbitro, no se les volvió a ver. Vestían los tres camiseta roja y blanca, pantalón corto negro y medias rojas. Rogamos a quien les haya localizado, que avise al Athletic Club, en Bilbao. Se recompensará».

Hasta sus colegas se dan cuenta, cuando son Susaeta y Córdoba los que tienen que bajar a la defensa para salir con la pelota. Pero la responsabilidad es de Ziganda, que sí, luego ante los periodistas da la cara, es muy sincero, y entona el mea culpa cada vez que habla, y promete que todo va a mejorar, pero los puntos se reparten en el césped, y no en la sala de prensa, al menos por ahora. El entrenador, máximo responsable del desaguisado, de las ideas de bombero, tendrá que sentarse consigo mismo, porque está claro que Urrutia no le va a llamar a capítulo, y reflexionar sobre lo que ha hecho y dejarse de ocurrencias y buscar planes sólidos, que funcionen.

El triple cambio fue un aviso de desesperación, en el que, además, el damnificado principal fue Iñigo Córdoba, uno de los más aseados de la primera parte. Viéndolo ahora, tal vez lo mejor hubiera sido no tocar nada, dar el partido por perdido, avisar al Sevilla y evitar tarjetas y otros inconvenientes indeseados. Para relajar el ambiente, vamos, aunque viendo las risitas de Saborit con Lenglet, igual ya lo estaba. A pesar de las trifulcas de ‘saloon’ de los últimos minutos.

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