Imágenes de la televisión

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JON RIVAS

La televisión a veces se entromete en la vida de los demás, como en ese saque de Iago Herrerín que golpeó en la cámara que sobrevuela esta temporada los campos y que debería recibir una multa por ponerse donde no debía, pero esperen sentados a Tebas enviando la receta. Sin embargo, hay que reconocer que a veces, esa mirada mágica en alta definición nos permite observar cosas que el ojo humano es incapaz de captar por sí solo. Me quedo con dos escenas en el campo del Espanyol.

La primera, la imagen de la zona alta del palco de autoridades, donde sentaron a Raúl Tamudo, envuelto en un abrigo con solapas más propias de la ‘nomenklatura’ soviética en tiempos de la guerra fría. Pienso que Tamudo se merece estar cada jornada en primera fila del palco, y tener una estatua en la puerta del estadio de Cornellá-El Prat, como la trinidad del United -Best, Charlton y Law-, la tienen enfrente de Old Trafford. Y los españolistas deberían poner junto a Tamudo al médico del Glasgow Rangers, que con su exceso de celo evitó varios descensos a Segunda de los periquitos, cuando el delantero, entre lágrimas, voló a Escocia para fichar por el equipo de los protestantes, y regresó en el siguiente vuelo a Barcelona, declarado no apto para jugar allí por una lesión que se curó en la enfermería de Montjuic.

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La otra imagen, al margen de lo que ocurría en el césped, fue la de un seguidor del Espanyol que portaba una pancarta en catalán en la que pedía educadamente a su portero, Pau López, que no se marchara. El portero está en negociaciones para renovar con su equipo, pero no lo tiene claro todavía, y los aficionados no se lo piden, ni se lo exigen, sino que se lo ruegan.

Son culturas futbolísticas distintas. En la sede blanquiazul están acostumbrados a sobrevivir a base de traspasos y cambalaches varios. La marcha de un futbolista nunca es un drama, salvo en el viaje de ida y vuelta de Tamudo a Glasgow, y en ese caso era el jugador el que no se quería marchar.

En fin. En Bilbao estaríamos en pie de guerra si nuestro entrenador tuviera pie y medio en un equipo inglés, como dicen, tiene Quique Sánchez Flores en el Stoke, pero en el feudo españolista es una situación habitual, así que el partido se vivió sin excesos, ni dramatismos, al albur de las decisiones de un árbitro que tiene pinta de no haber jugado al fútbol ni en el patio del colegio; que se hinchó a pitar faltas que no eran y a obviar peligrosos codazos, -que se lo digan a Iturraspe-, en el área. Por lo menos no influyó en el resultado, y eso ya es bastante muchas veces.

Influyó más el error obsceno de Mikel Rico, que le dejó la pelota a Gerard para que ametrallara a Herrerín, y la posterior reacción para empatar cuanto antes, de cabeza y a a cargo de Williams, lo cual es llamativo por ambas cosas: rompió la mala racha ante la portería y además con un lance que prodiga poco.

El resto, salvo la primera media hora del Athletic, casi es mejor olvidarlo. Se observa cierta mejoría con Iturraspe gobernando el medio campo, y es buen síntoma la racha de partidos sin perder, y todo eso también tendremos que apuntárselo, en parte, al entrenador, al que también hemos responsabilizado muchas veces de los despropósitos, pero todavía queda mucho por aprender. Resta toda la segunda vuelta y tiempo aún para pedirle a Kepa educadamente, como los seguidores del Espanyol a Pau López, que se quede.

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