Kepa S. A.

Arrizabalaga, ayer en las instalaciones de Lezama./MANU CECILIO
Arrizabalaga, ayer en las instalaciones de Lezama. / MANU CECILIO
Patxi Herranz
PATXI HERRANZ

En el actual mercado de valores del fútbol cada jugador es una empresa en sí misma y funciona como tal, con sus gastos, sus inversiones y cotizando en la particular bolsa de la familia o su entorno . Estas sociedades no son longevas, motivo por el que el precio del producto se dispara cual besugo navideño.

Los analistas laborales advierten de que tras los parones vacacionales aumenta el deseo de cambiar de empleo sobre todo por tres motivos: renovar la motivación, mejorar el sueldo y ascender. Lo que se debe calcular perfectamente es el riesgo que siempre conlleva emprender una nueva aventura. La primera pregunta que surgió en la cabeza de Kepa Arrizabalaga por lo tanto fue si debía cambiar de compañía. El riesgo de los intermediarios o consultores, que todo lo pintan de color de rosa, es si han investigado a fondo el nuevo destino, si hay una sobrevaloración de su producto o si la cuestión es simple y llanamente monetaria, la política del ‘one dólar more’, tan americana ella. Pero el que se acuesta cada noche consigo mismo es el jugador, que no cesa de preguntarse si ha agotado sus posibilidades de crecimiento.

Este es el meollo del que ha sido el tema estrella del Athletic durante buena parte del tamo final de 2017. El último ‘spin-off’ de divorcios de jugadores con marchamo de calidad. Y parece haber tenido tanto éxito que no sabemos si será renovado durante más tiempo en las pantallas de Ibaigane TV. Cada episodio es una punzada en el corazón rojiblanco.

El asunto posee un deja vù para los aficionados, por su similitud con el caso Llorente, que no dejan de hacer apuestas de última hora sobre el minuto, ya que el resultado parece que lo dan por asumido. Un culebrón que debe finalizar ya, porque ahora mismo el argumentarlo de ‘sin guardametas no hay paraíso’, no da tanto miedo en Bilbao.

Lo que se presentó como un fractura incompleta, «que venga a verlo el que no se lo crea», es a todas luces un rotura consumada. Un fracaso histórico de toda la institución con una suma de despropósitos por ambas partes. La una por dejar escapar a un portero llamado a ser un ídolo de la afición desde que calzaba un 34; en el otro lado del espejo un joven al que se le tacha de pasarse al lado oscuro, cuando quizá lo que busque sea precisamente la luz, pero que permanece pétreo a pesar de que su sangre rojiblanca acusa en las últimas analíticas un incremento de glóbulos blancos.

Esto no es un campamento de verano, ni una ONG para futbolistas de Bizkaia; aquí ya no se queda el que quiere, como dijo el presidente Urrutia, sino el que el club cree que debe retener. La cuestión es si debe hacerlo a cualquier precio. Si las aspiraciones del ondarrés son deportivas y sus metas son conseguir títulos, poco o nada puede poner sobre la mesa de negociación el Athletic como club. Si son simplemente económicas, que no lo creo, también es difícil competir con los millonarios clubes de Champions, y aun así llegamos a pagar cantidades desorbitadas por su compromiso fiel.

Si su partida no estuviese motivada por ninguna de ambas cuestiones, el problema sería mucho más grave. La conjetura de apelar al sentimiento cuando una parte no se siente querida no puede llevar a otro estado que al divorcio. Y sabemos por experiencia que casi todas las separaciones son traumáticas.

Aunque Ibaigane pueda presumir de músculo financiero, la sokatira está de moda en todos los equipos y en lo relativo al tira y afloja, tendemos más a aflojar que a tirar. Ahora la cuadratura del círculo sería colocarnos en un escenario en el que el jugador opta por quedarse en su hábitat natural, el Athletic. El daño que han ocasionado tantas teorías de la conspiración, desde las tabernas a los despachos, le dejaría una señal en su pálida frente, un estigma con el que es difícil encarar cualquier empresa. En Lezama el ambiente es tan tenso que no hay quien pare.

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