Kepa y el pecado original

Kepa y el pecado original
Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Ver a Kepa estrenándose con la selección hizo inevitable que se dispararan las conversaciones y discusiones sobre su futuro, que se ha convertido en nuestro segundo gran tema de conversación por detrás del imbatible 'procés' catalán. Los periodistas que cubrimos la información del Athletic llevamos semanas siendo interpelados sobre la cuestión candente del portero de Ondarroa. La mayoría salimos del paso como buenamente podemos. En primer lugar, siendo sinceros y reconociendo nuestra ignorancia. Porque aquí nadie dice nada y, si a alguien se le escapa algo, hay que ponerlo en cuarentena. No conviene fiarse. Y en segundo lugar, tirando de sentido común para intentar atar todos los cabos que sea posible.

Hay gente que se siente decepcionada al escuchar nuestra versión de la jugada. La ven demasiado obvia, excesivamente sosa, sin el necesario punto picante que consideran obligado en un periodista, es decir, en alguien al que se le supone, como el valor al soldado, al menos un pequeño patrimonio de información confidencial y exclusiva. Pues no, oiga. Confórmense con nuestras esforzadas interpretaciones.

Recordarán las declaraciones de Josu Urrutia el pasado 31 de octubre. Me refiero a aquella amenazante exhibición de frases adversativas. «No tiene fecha de caducidad, pero no nos podemos alargar en este proceso». «Es muy bueno, pero lo que hemos conseguido los últimos años ha sido sin él». «Soy optimista, pero lo soy en todas las negociaciones que abordo en el club». A los que llevamos años analizando las palabras del presidente rojiblanco, valorando sus silencios y el peso en báscula de sus sobreentendidos y tautologías, aquello nos olió a chamusquina. La falta de cariño nos resultó sospechosa. Ni el más mínimo guiño. Malo.

¿Suponía aquello que las negociaciones estaban rotas o en un punto muerto al que sólo le faltaba el certificado de defunción? Pues todo indicaba que sí, pero igual era que no. Porque hay algo que tampoco podemos descartar en esta cuestión y es lo fieramente racionalistas que, en un momento dado, pueden llegar a ser algunos grandes sentimentales vascos. Recordemos, por ejemplo, a Juan José Ibarretxe y detengámonos en la reconstrucción que el periodista Javier Ortiz hizo de la prodigiosa declaración de amor que, con apenas veinte años, el lehendakari le hizo a su mujer durante las fiestas de un barrio de Llodio. «Bego, tú y yo somos amigos y nos llevamos bien. ¿Por qué no probamos? ¿Por qué no intentamos ir más lejos y ver si es posible compartir un proyecto de vida en común?».

Quiero decir que nadie nos asegura que las frías palabras de Urrutia en su última rueda de prensa fueran una muestra del desengaño que estaba sufriendo con Kepa y de la gran distancia que ya le separaba de él. Quizá no. Quizá no fuesen más que una pulcra, llana y sincera descripción de la realidad que un vasco como el portero de Ondarroa debía agradecer. Y al revés. Puede que Urrutia no echara de menos ningún mensaje de Kepa la noche del sábado, cuando habló en la zona mixta de La Rosaleda y se limitó a repetir algo evidente, que él era jugador del Athletic y de la selección.

Ya digo que no lo sé. En realidad, no sé si pienso en estas cosas porque necesito agarrarme a un clavo ardiendo ya que esto, sinceramente, lo veo cada vez peor. Si hace tres meses estaba convencido de que iba a renovar, ahora sería para mí una sorpresa que lo hiciera. Me temo que todo ha llegado demasiado lejos. Este jugador tenía que haber sido renovado en el verano de 2016, es decir, con la misma celeridad que el club ha tenido esta temporada para prolongar los contratos de tres recién llegados como Núñez, Vesga y Córdoba. Ahí está el pecado original. Vaya usted a renovarle ahora, cuando Florentino Pérez está en disposición de darle a su familia una prima por traspaso descomunal y a él un contrato soberbio en el club más grande del mundo. O al menos, uno de los tres mayores, para no discutir. Qué quieren que les diga. Ojalá a Kepa le pueda el corazoncito y esté con nosotros unos años más, pero no seré yo el que le exija que renuncie a lo que renunciaría si así lo hiciera.

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