LAS LÁGRIMAS DE BONINI

Hay gente que deja más hueco que otra y no solo porque su sombra sea alargada

Bonini, en su etapa en el Athletic/E.C.
Bonini, en su etapa en el Athletic / E.C.
JON URIARTE

No las vi aquella noche. Ni en otras. Lágrimas, me refiero. Tampoco en las tardes y mañanas en las que coincidimos. Aunque lo cierto es que fueron pocas. En Bilbao hay gente que compartió muchísimos más minutos con él y quizá las viera. Pero, a veces, me ocurrió con el actor Sancho Gracia, una noche basta para que alguien te deje huella. En el caso de Bonini fue la que eliminamos al United. Las aceras se llenaban y las baldosas se mojaban. No por la lluvia, que no asomó, sino por los brindis derramados cuando aún retumbaban en las gradas los ecos del partido. Y entonces, le vi.

Acodado en una mesa, destacaba en la terraza de un bar de García Rivero. Le acompañaban el agradable asistente de Bielsa, Diego Reyes, y otros compañeros del equipo técnico. Unos iban, otros llegaban, pero Bonini se mantenía estático, contemplando a la marabunta desde la cima de su cuerpo. El pudor, o que nos faltaba una caña más, hizo que no me acercara, por aquello de no dar la tabarra. Fue él quien nos animó a compartir abrazo y choque de vidrio. «Gracias por lo que estáis aportando en esto que estamos viviendo», grité, aunque estábamos a escasos centímetros. Esa noche hasta las macetas, contagiadas por las banderas que colgaban de todas partes, se unían a los cánticos. Y Luis sonrió. Recurro al nombre, porque allí estaba el hombre por encima del profesional. De ahí que las palabras que pronunció después, regresaran el jueves a mi memoria, al saber de su muerte.

«Mi hijo me llamó hace un rato y me dijo 'viejo no saben ustedes lo que están haciendo». Conozco a muchos argentinos. Tienen una natural predisposición a regalar oídos ajenos si lo consideran oportuno. Lo llevan en los genes desde antes de separarse los continentes. Pero allí había verdad. Y orgullo. El de un hombre que acababa de escuchar la admiración de su hijo. Fueron esta confesión y actitud las que nos llevaron a preguntar por esas cosas que jamás deben preguntarse a un profesional del balón. Ya saben. Sentimientos, cariños, si había visto algo igual o si lo nuestro era normal. Patético. Como si hubiéramos inventado la pasión por el fútbol. Pero entiendan que acababa de abrazarme a un inglés, clavadito al actor Alan Rickman, que se había jubilado y se dedicaba a seguir al United, junto a su mujer. Y ellos no habían visto nada igual. Ni lo de Old Trafford en la ida, ni lo de San Mamés en la vuelta. Así que iba cargado de piropos y autoestima. De ahí que esperara ansioso las palabras de Bonini. Y no defraudó.

Como argentino le costaba entender que una hinchada despidiera en pie y con ovación cerrada al líder del equipo rival cuando aún quedaba un mundo para el final del partido. O que aplaudiera un gol del rival, cuando el pase de ronda no estaba aún asegurado. Pero a la vez le encantaba. «Luego ustedes llaman Loco a Marcelo», exclamó, entre sonoras carcajadas y miradas a sus cercanos. A partir de ese instante se inició una conversación sobre valores, sueños y quimeras. También sobre lo que es la distancia para el emigrante. No se mide en kilómetros sino en nostalgia. Pero ellos llevaban encima mucho de los primeros y bastante de la segunda. Aún así les había enganchado nuestra tierra. Aunque, en principio, nadie de su entorno entendió a Bielsa cuando desechó otros destinos y eligió un club de un lugar donde el fútbol se vive raro. Y Bonini, no solo era uno de ellos, sino que tuvo la elegancia de confesarlo aquella noche.

El fútbol es secundario

Siempre he pensado que nunca se ha valorado, en la vida en general y en el fútbol en particular, el valor del dos. Del que se sienta junto al capitán. Del brazo derecho que casi siempre ejerce de izquierdo. Y Bonini era un gran dos. Quizá porque no le hacía falta ser uno. Ni pensaba que el mundo arrancaba y terminaba en una pelota de cuero. Al fin y al cabo, fue profesor de natación y preparador físico de baloncesto antes de buscarse la vida en la tierra de las dos porterías. Esa versatilidad le permitió entender que, para nosotros, el fútbol es secundario. A él le sucedía lo mismo. Prefería las sensaciones que emanaba más allá del rectángulo. Y que se entendiera como un asunto de familia. Por eso lo que repetía esa noche, una y otra vez, eran las palabras de su hijo. «Viejo no saben ustedes lo que están haciendo».

Fue apenas una hora de conversación. Y como nos encontramos, nos perdimos. Hubo otros encuentros posteriores. Siempre interesantes. Pero recuerdo especialmente aquél momento. El compartido con el niño puntaltense que creció y viajó muy lejos. A lugares a los que no quería o imaginaba volver. Como Chile. Tierra que también amó y donde su cuerpo ha dicho basta. Ojalá aquella noche que ganamos al United hubiera durado más tiempo. Para saber más sobre Bonini. Y para adivinar qué vieron sus ojos en esos dos años para que en 2015, preguntado por sus días en el Botxo dijera «yo lloro todos los días por Bilbao. Cuando me levanto por las mañana lloro un poquito». Pero no pude hacerlo. Ni tampoco contarle que el haber formado parte de la familia del Athletic hace que dé igual que uno sea bielsista o antibielsista. O ni una cosa ni la otra. Cuando uno de los nuestros se va para siempre, todos lloramos un poquito.

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