San Mamés apagado

A nadie le puede extrañar la falta de ambiente en el estadio rojiblanco

San Mamés apagado
Jon Agiriano
JON AGIRIANO

El partido contra la Real permitió extraer una conclusión desalentadora a todos los espectadores presentes en San Mamés. Si aquello era un derbi es que los derbis ya no existen. Al menos, en el sentido que siempre hemos dado al término, es decir, el que designa a duelos vibrantes en el que la máxima rivalidad vecinal calienta los ánimos hasta el punto de ebullición. El ambiente el sábado fue como el de cualquier otro partido. Nada lo distinguió. Fue todo tan soso e insípido que la gente salió del campo no sólo decepcionada por la pobreza del espectáculo sino seriamente preocupada por la frialdad de San Mamés.

El nuevo estadio rojiblanco lleva tiempo en el punto de mira. Casi desde su inauguración. Nadie duda de que es un campazo. La envidia de muchos. Un motivo de orgullo. Hasta la ampliación de la cubierta, que en un primer momento pareció un parche, ha acabado siendo un proyecto ejemplar, premiado en foros internacionales. El problema, se dice, es que no hay ambiente, que el campo resulta muy frío, que le falta el alma que tenía el antiguo. Esto, evidentemente, tiene su parte de verdad. Y ocurre en todos los nuevos estadios. Que se lo pregunten a los hinchas del Atlético, que todavía no saben a qué atenerse en el Wanda Metropolitano. Intentan convocar a los espíritus del Calderón, a Gárate u Ovejero, por ejemplo, y les aparece el careto de un empresario chino e imágenes de máquinas tragaperras en un casino de Macao.

Dicho esto, creo que nos equivocaríamos si pensáramos que el nuevo San Mamés está condenado a ser la sala de estar de un dentista. Para nada. Aquí el problema no es de arquitectura sino de fútbol. Es de puro aburrimiento y de falta de expectativas. La hinchada rojiblanca siempre ha sido más reactiva que activa. Se enciende cuando se le estimula, no por combustión propia. Esto en España es algo propio de los grandes, un resabio de la vieja aristocracia de nuestro fútbol. ¿A alguien le extraña, por tanto, que San Mamés esté apagado? Cinco goles en ocho partidos, el peor registro de la historia. Un fútbol que deprimiría a Pippy Calzaslargas. Ausencia de fichajes ilusionantes. El caso Kepa como constatación de que nuestros mejores futbolistas se van o se quieren ir... Esto es lo que explica realmente que en las gradas no haya fuego sino ceniza.

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