Desde el metro de moscú

Desde el metro de moscú
Jon Rivas
JON RIVAS

Uno enciende la tele con el ánimo apagado, como si en vez de disponerse a ver un partido de fútbol se convirtiera en uno de los personajes de la novela ‘Metro 2033’. No sé si la conocen: se desarrolla en las entrañas del suburbano moscovita después de una catástrofe nuclear. Quienes sobreviven se enfrentan a penurias y peligros, frente a seres terribles que ocupan algunas líneas del extenso entramado bajo tierra. Pues eso, como si fuera uno de los soldados que envían los mandos de expedición a la estación de Belorruskaya, en busca de lo desconocido, por ejemplo, es como me sentía al ponerme delante de la pantalla.

Tenía la calefacción encendida y aun así sentía casi más frío que quienes estaban en las gradas del estadio del Spartak. Hasta exhalaba vapor al respirar, creo yo, aunque tal vez fuera producto de la aprensión, lo confieso, de no saber a qué nos íbamos a enfrentar, y la tendencia no era positiva, ni mucho menos.

Además, después de los primeros minutos, los pasajes funestos de la novela de Dmitry Glukhovsky me pasaban por la cabeza como en una secuencia. Lo veía todo negro, como los túneles del Metro de Moscú. Sólo Herrerín sacaba la linterna para alumbrar un poco el juego delAthletic, que se encontró a un gigante, Glushakov, que afortunadamente se estrelló contra las providenciales manos del portero rojiblanco y con el poste, cuando nadie de los de negro, que eran los del Athletic, había dado señales de vida desde las profundidades de los túneles. Descontaba minutos esperando un gol ruso que abriera la lata.

Pero no llegó, y hete aquí, -que es una expresión que viene al pelo para llamar la atención del lector-, que en un chispazo de calidad, que la hay en el Athletic aunque le cueste mucho salir del agujero en la que está metida, apareció Raúl García para ponerle un balón dorado a Aritz Aduriz, ¿quién si no en Europa?, que se dio el gustazo de arrancar, regatear al portero y marcar casi sin ángulo, ante el alborozo general de los rojiblancos. Y sin darnos tiempo a regresar a la depresión habitual de esta temporada presenciamos como en algo así como un milagro se producía la falta sacada regular por Susaeta, y el despliegue de nuevo del instinto asesino de Aduriz, que se olió lo que iba a pasar, le hizo una envolvente a la barrera del Spartak y metió el pie en el momento preciso.

Éramos tan felices en ese momento que nos hubiera dado igual una catástrofe nuclear como la de ‘Metro 2033’. Pero la dicha sin fin llegó cuando Susaeta le puso un balón profundo a Williams, que centró sin que Etxeita pudiera rematar. Sin embargo, estaban tan ofuscados los jugadores del Spartak que la pelota llegó a los pies de Mikel Rico, que disparó entre un bosque de jugadores sin que el defensa central ruso acertara a despejar. Es más, la metió hasta el fondo de la portería.

Spartak - Athletic

Y sin moverme del sillón daba saltos de júbilo porque en 25 minutos el Athletic había desmontando al campeón ruso, saliendo de las profundidades del suburbano, y ni siquiera el gol del Spartak me pudo sacar de ese estado como de borrachera (les juro que no bebí ni una gota), en el que me metió el 0-3 al descanso.

De repente ya no había nubarrones, ni pensamientos negativos. Me venía el bellísimo metro de Moscú a la cabeza, pero sólo las imágenes de la impresionante arquitectura de algunas de sus estaciones, bien iluminadas, relucientes. Veía al Athletic defender bien y hasta con ocasiones para ampliar el marcador. ¡Qué alegría más grande!

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