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Athletic Club

mañana, a las 22 horas

El último partido de la República

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Francisco Noreña entrega en nombre del Socorro Rojo, a beneficio del que se jugó el amistoso de agosto en una jornada con doble programa, un recordatorio a los futbolistas. / D. M.

  • A un día del duelo copero entre Racing y Athletic, se cumplen 80 años del amistoso disputado en plena Guerra Civil entre ambos equipos

Un Racing-Athletic de Copa tiene lo suyo. Como cualquier Racing-Athletic, por tétrico que sea el atrezzo. En los Campos de Sport lo saben y han vestido la eliminatoria que les enfrentará el jueves (22:00 horas) con el conjunto rojiblanco como el 'duelo del norte'. Y es que este martes se han cumplido exactamente ochenta años de una época más difícil, complicada y marrullera. Ochenta años del Racing-Athletic disputado en plena Guerra Civil para colaborar al esfuerzo bélico de la España republicana.

En el Santander de 1936 ir al fútbol costaba entre una y tres pesetas. Pero a finales de noviembre todo había cambiado. Aquel día el partido era sólo un poco más caro, pero aquello significaba ya un pequeño dispendio en una ciudad que se acostumbraba a las cartillas de racionamiento. Dos pesetas el billete más barato. Aun así, los Campos de Sport presentaban más de media entrada. Eran tiempos heroicos incluso para el fútbol, y aquello era una forma de apoyar la causa y evadirse al mismo tiempo de la asfixiante cotidianidad de una ciudad que, convertida en bastión republicano, ya barruntaba los crueles bombardeos que se avecinaban.

El 29 de noviembre España se desangraba tras cuatro meses de Guerra Civil. Contra todo pronóstico, Cantabria había permanecido fiel a la República, pero el norte había quedado aislado. La sociedad se reorganizaba conforme a la nueva situación mientras trataba de mantener la normalidad, y una forma de recaudar fondos eran los partidos amistosos, que de paso servían para llevar algo de ocio a la población civil y dar actividad a unos equipos que se habían quedado sin competición. Así llegó a Santander el Athletic –o algo parecido– para un amistoso a beneficio de la Asistencia Social, como antes lo había hecho del Socorro Rojo. Un equipo que se presentó como una selección vasca, pero con camisetas rojiblancas y una abrumadora superioridad de futbolistas de San Mamés. Era, en realidad, un Athletic reforzado.

Ambos clubes se habían convertido desde el estallido de la guerra en los mejores vecinos posibles y aquella era la tercera visita de los bilbaínos destinada a apoyar el esfuerzo bélico después de las del 30 de agosto (2-2) y el 12 de septiembre (7-2), ambas en beneficio del Socorro Rojo. Santander siempre había respondido cuando había recibido visita rojiblanca, y sólo contra la selección asturiana se vivió un patinazo de público que invitó a regresar a los clásicos. El Athletic respondió de nuevo para caer por 3-2 con dos tantos de Sañudo, refuerzo de excepción para la jornada, y otro de Yayo.

Se enfrentaban dos equipos de aluvión que sobrevivían en medio de la sociedad de guerra que se construía contrarreloj en el frente del norte. Sólo tres semanas antes el Racing había reducido unos sueldos ya de por sí muy modestos y suspendido los entrenamientos. Por no tener, no tenía ya ni entrenador tras la destitución del conservador Paco González, que terminó encarcelado. También su entonces presidente, José María de Cossío, se había quedado varado en Madrid tras el golpe, aunque eso poco importaba, porque a las pocas semanas un comité obrero se hizo con el control del club.

El partido

La tarde comenzó con la Internacional, el Himno de Riego y la habitual parafernalia de la época; la misma que heredarían en sentido inverso los nacionales tras la caída de Santander. Los verdiblancos, que así vestían para la ocasión, con camiseta a rayas y pantalón negro, se ufanaban de alinear además al cántabro del Real Madrid Sañudo, al que la guerra había sorprendido en Cantabria, y al asturiano Herrerita, otro refuerzo de lujo –como repetiría semanas después– pese a ser formalmente futbolista del Oviedo.

Enfrente, un potente Athletic plagado de internacionales y liderado por Iraragorri y Gorostiza, dos futbolistas antagónicos en demarcación e ideario, como demostró pocos meses después la Bala Roja, que hizo poco honor a su nombre y se escapó de la gira de la selección vasca por América para pasarse a la España franquista y convertirse en requeté. En esa selección vasca jugaría también Larrínaga, un fino interior izquierdo internacional que había marcado una época con el Racing y viviría en aquel su partido de despedida con los cántabros antes de exiliarse.

Destino dispar

Varios miles de personas participaron en la última gran catarsis en un Santander que ya comenzaba a comprobar que pintaban bastos. Aquel fue el último gran partido de recaudación de fondos en El Sardinero, un último esfuerzo entre el ocio y la propaganda que tuvo su réplica un mes después en Bilbao. En concreto, en la víspera de Nochevieja, cuando los mismos equipos se enfrentaron de nuevo, esta vez en San Mamés, en el último partido del Racing republicano antes de entrar en letargo durante el caótico 1937.

Cuando Santander cambia de manos en verano de 1937, Larrínaga ya está con la selección vasca y Arauna se ha exiliado a Francia, donde termina en un campo de refugiados de Perpignan, para no correr la misma suerte que el encarcelado Yayo. Menos suerte aún tiene Cisco, que muere en el frente de Gernika algo antes de que una tuberculosis contraída en Santander se llevara por delante a Milucho, a quien esa misma enfermedad había alejado del frente.

Pedrosa y Chas estaban en Galicia (este último tras haber regresado a su tierra natal desde Barcelona), como también lo estaba Trigo, portero suplente del club, y a quien sólo la intervención casual del madridista Hilario salvó del linchamiento en un local nocturno.

Claro que en otros casos ocurre todo lo contrario. Saludar puño en alto en un partido en homenaje a las milicias debió resultar de lo más incómodo a futbolistas como el citado Gorostiza y el verdiblanco Germán, que sirvió después en la aviación franquista. También a Manín, extremo incorporado desde el Rayo que no disputó ese partido, pero sí otros amistosos de esos primeros meses bélicos. No tuvo problemas para reincorporarse de inmediato a la vida civil y deportiva con todos los parabienes de un nuevo régimen para el que había combatido, mientras que Marcos, herido en el frente y descartado para el fútbol abrió una nueva trayectoria en los bolos.

El chileno Ortúzar, que había llegado en verano como fichaje estrella para una temporada 36-37 que nunca se disputó, echó mano de sus raíces vascas para incorporarse al Athletic tras su breve etapa cántabra. Fieles a su ciudad y a su equipo permanecieron Manolo Ibarra (dueño de un Café Suizo en el que se ganó la vida como camarero el portero titular, Pedrosa) y Paco Hernández, dos figuras clave en la reconstrucción de un club que entonces más que nunca estuvo al borde de la desaparición.

También tuvieron que huir algunos directivos republicanos; los mismos que se habían hecho con el control del club en una transición pacífica con la anterior junta. El presidente, Gonzalo Muñoz, dejó Santander en el último momento, tras haber coordinado hasta el mismo 24 de agosto la evacuación de la ciudad, mientras que Cipriano López Monar terminó en el campo de concentración francés de Bram.

La reconstrucción

El caso es que desde aquel 29 de noviembre no se tiene constancia de otro partido en unos destartalados Campos de Sport. Hubo que esperar casi un año para la siguiente cita conocida, y el Racing ni siquiera participó como tal. Fue el 12 de octubre, cuando un puñado de jugadores de un club criogenizado y algunos de otros equipos se reunieron para disputar el denominado Partido de la Liberación. En un estadio que aún presentaba las heridas de la guerra, e incluso restos de las alambradas que se habían instalado cuando a la caída de Santander sirvió como campo de concentración, se escenificó una loa al nuevo régimen; un reflejo antagónico del aquellos eventos con los que un año antes el Frente Popular había hecho sonar el Himno de Riego.

De paso, se saqueó a un club sin directiva ni actividad todos sus trofeos. El nuevo gobernador civil, Agustín Zancajo Osorio, presentó como una donación al más puro estilo del ‘voluntario forzoso’ de la escuela, pero el acto no tuvo nada de inocente: un grupo de flechas de Falange salió al césped con los trofeos para poner en escena una ceremoniosa donación. Zancajo compartió en su discurso su «seguridad plena y confianza ciega» de que "esas copas y trofeos, símbolos de tantas victorias de los que os priváis ahora, os los devolverá el glorioso Ejército español». En las oficinas de los Campos de Sport todavía están esperando.

No fue hasta el 2 de febrero cuando el club puso fin a su inactividad con un amistoso frente a su propio infantil. Un nuevo Racing convertido casi un puñado de amigos sin siquiera entrenador ni presidente. El 28 de abril se reunió en el Frente de Juventudes una nueva directiva para reimpulsar la sociedad bajo la breve presidencia de Arnaldo de la Llama. Acto seguido, en mayo, vuelven la actividad y los amistosos con Paco Hernández como aglutinador de voluntades y Manolo Ibarra como modesto mecenas. Pero eso es ya otra historia.

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