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EUROPA LEAGUE

Los viajes le sientan mal al Athletic

Los jugadores, cabizbajos, abandonan el terreno de juego. / BORJA AGUDO
  • Los rojiblancos no logran pasar del empate ante el Rapid y comprometen aún más su objetivo de ser primeros de grupo

Se trataba de ganar al Rapid y esperar acontecimientos en el Mapei Stadium. En otro tiempo, hubiéramos escrito que el de este jueves en Viena era uno de esos partidos en los que había que estar pendientes del transistor. Ahora, debemos hablar de móviles, iPads y tablets. A través de estos dispositivos, a eso de las seis de la tarde, llegó la información de que el Sassuolo-Genk podía aplazarse por la niebla. Y más tarde, de que se aplazaba definitivamente hasta este viernes a mediodía. De manera que la única incógnita importante de la noche –el primer puesto del grupo– no pudo despejarse. Eso sí, al Genk se le ha puesto más fácil. Le bastará con el empate después de que el Athletic, en otro partido soporífero a domicilio, no fuera capaz de pasar de la igualada. Y gracias, habrá que decir, ya que el 1-1 no llegó hasta el minuto 83, después de que Saborit empujara a la red un centro-chut de Villalibre.

El tercer partido a domicilio de los rojiblancos en la Europa League tuvo el mismo perfil de los dos anteriores, que fueron tan malos que los aficionados bilbaínos presentes en ellos se fueron del campo con ganas de pedir disculpas a los hinchas locales, como si un hijo suyo hubiera provocado un destrozo sin querer. La imagen ha sido mala con avaricia en los duelos ante el Sassuolo, el Genk y el Rapid. Sólo su solvencia como locales está sosteniendo a los pupilos de Valverde, a los que los cambios en el once, esos pequeños batiburrillos en la alineación a veces forzosos y otras voluntarios, se le indigestan sin remedio. En cuanto sale una mayoría de suplentes y meritorios, hay que temerse lo peor. Está comprobado. Y tampoco hay que extrañarse. Al fin y al cabo, si con el bloque titular se echa de menos muchas veces un hilo de juego, cómo pedírselo a un once como el de este jueves, por muchas ganas de reivindicarse que tengan los actores secundarios.

La primera parte fue un ejemplo perfecto, absoluto, de lo que conocemos en el fútbol como dominio estéril. Un equipo, el Athletic en este caso, controlaba todos los resortes del juego con una superioridad evidente. Y, sin embargo, el ejercicio de su autoridad no iba más allá de lograr que pasaran los minutos sin que sucediera nada. El partido, de este modo, acabó siendo un pestiño infumable, un trasiego inane de futbolistas que iban y venían. O incluso desaparecían durante minutos y volvían a retornar al campo, procedentes de otra dimensión. Es cierto que el repliegue del Rapid no lo puso fácil, pero tampoco justifica que los rojiblancos no dibujaran una sola jugada de fuste en 45 minutos. La sucesión de torpezas y malas decisiones por parte de la gran mayoría de los jugadores resultó irritante.

La realidad es que sólo había una cosa interesante en el campo: entender cómo podía animar con tantas ganas el público vienés, especialmente los jóvenes de la tribuna que Iraizoz tuvo detrás en la primera parte. Impresionaba el mosaico verde y blanco ocupando el graderío. Y las pancartas guerreras y la agitación constante de las banderas. Sin nada en juego, con su equipo sumido en una grave crisis y un once lleno de suplentes, la actitud animosa y eufórica de la hinchada del Rapid resultaba desconcertante. Imposible no preguntarse qué harían estos tipos si su equipo aspirase a algo verdaderamente grande, como cuando llegó a finales de la Recopa. Su espectáculo era mucho más entretenido del que se veía en el césped. Aunque quizá esta comparación tampoco diga mucho porque lo cierto es que en el campo no se veía nada. O algo tan malo, aburrido y repetitivo que, cuando el árbitro señaló el final de la primera parte, la palabra descanso cobró su sentido más amplio y agradable. ¡Era necesario descansar!

Merino y Eraso

Todo continuó por los mismos derroteros en la reanudación. Tras sufrir un susto en una doble ocasión de Schrammel, en el minuto 55 el Athletic estuvo a punto de adelantarse en una bonita jugada de Muniain, al que Knoflazh le respondió con una parada magnífica. Esta ocasión permitió esperanzarse con una reacción de los rojiblancos, pero ese aliento optimista que extendía el jugador navarro, de nuevo feliz y bullicioso en la media punta, se desvaneció rápido. Mejor dicho: lo desvanecieron jugadores como Sabin Merino o Eraso, que no dieron una a derechas. Valverde los acabó retirando. La duda es si los meterá en la nevera durante una buena temporada después de su actuación. Lo que hicieron dentro del área austriaca fue como para comer cerillas.

El choque parecía condenado a irse por el desagüe del 0-0, mientras los hinchas seguían animando como posesos. ¿Sería por el frío? Quién sabe. El destino quiso premiar su fidelidad a prueba de bombas con un gol de su equipo. Lo marcó Joelinton en el minuto 83, poco después de saltar al campo. La jugada no habló muy bien de la defensa rojiblanca, que en esta competición ha estado al garete desde el primer día. La victoria del Rapid, en cualquier caso, era un exceso. El Athletic no se merecía ese castigo, que tenía algo de humillación. Más profundos con las entradas de Beñat y Susaeta y con la gran actividad de Muniain en su partido 300, los rojiblancos lograron el empate y a punto estuvieron de lograr la victoria en un golpe franco sobre la bocina. Hubiera sido demasiado pedirle al fútbol, ese deporte invencible que lo soporta todo –el Rapid-Athletic de este jueves, por ejemplo– y regenera de forma automática las ilusiones que rompe.

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