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Pájaros y flores en Lezama

Valverde, ayer en Lezama, mientras los titulares de Nicosia dan vueltas al campo de entrenamiento.
Valverde, ayer en Lezama, mientras los titulares de Nicosia dan vueltas al campo de entrenamiento. / Borja agudo
  • Valverde y sus pupilos digieren la derrota con un entrenamiento rutinario pospartido, en una tarde solitaria y plácida donde no hubo charla y sólo se oyeron balonazos y trinos

La pregunta que suscitaban ayer las solitarias instalaciones de Lezama era qué hubiera podido pasar si el equipo eliminado el jueves ante el Apoel –y de la forma en que fue eliminado– no hubiese sido el Athletic. Los telediarios emiten frecuentemente reportajes sobre fervorosos hinchas de clubes de Primera que se congregan en la ciudad deportiva tras una derrota indecorosa, bien para cubrir de reproches al entrenador y a los jugadores, bien para reconfortarlos y ayudarlos a superar el trago. Poco de eso se atisbó en Lezama, donde el silencio que reinaba a eso de las tres de la tarde, cuando la plantilla rojiblanca salió a entrenar con Valverde a la cabeza, permitía oír hasta los trinos de los pájaros. ¿Dónde sobrellevar una crisis de juego mejor que en el Athletic?

Un decena larga de personas, tal vez alguna más, sin contar a los periodistas, empleados y guardas jurados, contempló los ejercicios de rutina de los futbolistas rojiblancos el día después del sonado revolcón de Nicosia. La plácida sobremesa –algo de tranquilidad es aconsejable para digerir una severa derrota– sólo fue alterada, y no en exceso, por los balonazos del partidillo que jugaron los suplentes y por un grupito de jóvenes que desplegaron una ikurriña con la leyenda ‘Athletic, beti zurekin’. Con sus tímidos aplausos, fueron la avanzadilla de la afición en vísperas del partido del domingo contra el Granada en San Mamés.

Sin embargo, el momento que los chicos escogieron para el gesto, un viernes por la tarde vísperas del Carnaval, no daba para prolongar demasiado las muestras de efusividad. A los jugadores se les veía bastante mustios cuando pasaban al trote junto a la pancarta, especialmente si eran los que jugaron de inicio frente al Apoel, a los que Valverde ni se acercó durante la media hora que estuvieron sobre el césped. Incluso en algún momento parecía que los rehuía.

Cuatro vueltas y a estirar

¿Esa distancia entre el técnico y sus pupilos significaba algo? No es sencillo asegurarlo. La liturgia del éxito y la del fracaso se parecen en Lezama. El día después de un partido, Valverde no suele departir con los titulares, salvo cuando los reúne en círculo para una charla. Ayer no fue el caso y sólo dieron cuatro vueltas y estiraron un rato en silencio. El técnico prestó más atención, como es la costumbre, al grupo de suplentes, que se mostraron menos cariacontencidos que sus compañeros, tal vez por sentirse menos responsables de lo de Nicosia. Sus voces fueron las únicas que se escucharon un poco más altas durante el partidillo, al que también se sumó Gurpegui.

Los titulares –los Muniain, Susaeta, Raúl García, Williams, San José y demás– observaron de lejos a los suplentes cuando tomaron el camino del vestuario. Gorka Iraizoz entrenó aparte con Raúl, Remiro y Simón, mientras Aymeric Laporte, ausente en Chipre por lesión, no acudió al entrenamiento. Aduriz había calentado antes que los demás, acompañado por el preparador físico, Pozanco. Hizo un rato de ‘footing’ y regresó a los vestuarios sin dar muestras de dolor. Raúl se quedó con Iru ensayando salidas de córner.

Con los pupilos moviéndose alrededor, Valverde estuvo cabizbajo y silencioso, pero tampoco eso es una novedad. Controló las fases del entrenamiento con el reloj y de vez en cuando cambió unas palabras con su colaborador Jon Azpiazu. Al concluir la sesión, ambos charlaron un rato con Gurpegui antes de retirarse. Pero solo se oía a los pájaros en Lezama.

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