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Opinión

La mano tendida

Hubiera preferido escribir de otro tema, pero ya han pasado cuatro días y todavía resuena en mi interior la voz de Iker Muniain pidiendo a los aficionados que les tiendan la mano para ayudarles a superar la tristeza. Reconozco que esa petición del jugador navarro, justo después de la debacle de Nicosia, se me ha quedado dentro. Y eso es un riesgo, como bien saben. Siempre hay que dar salida a las cosas que pueden infectarse en tu interior, ya sea un malentendido, un pequeño rencor o el bisturí que se ha dejado olvidado el cirujano distraído. Ojalá sirvan, pues, estas líneas para liberarme. Aunque lo dudo. Y es que lo de Muniain me ha llegado al alma y sospecho que hasta esas profundidades no alcanzan todavía los drenajes.

El futbolista de La Txantrea fue sincero y, probablemente, no dijo nada que no hubieran dicho la mayoría de sus compañeros en su lugar. Esto es lo peor, evidentemente. Porque pedir el cariño de una mano tendida después de dar un disgusto tan grande sólo se le ocurre a ese hijo mimado y consentido que sabe que, haga lo que haga, sus padres le quieren tanto que siempre le van a perdonar. Desde luego, es algo que no se les hubiera ocurrido, ni hartos de grifa, a los jugadores del Athletic de otras épocas. Vamos, es que ni se les hubiera pasado por la cabeza. Y no sólo me estoy refiriendo a lo que sucedía en los tiempos gloriosos del club. Si me refiriese a ellos podríamos reírnos mucho con algunas ucronías disparatadas. Imaginemos, por ejemplo, que Carmelo, Garay, Artetxe, Uribe, Koldo Aguirre y compañía, mientras esperaban en el alto de Orduña a que se disolvieran los aficionados que les esperaban abajo con piedras -habían ido al Bernabéu con un 3-0 de ventaja en la semifinal de Copa y perdieron 8-1- optan por entrar en el pueblo con una pancarta en la que pidieran abrazos y manos tendidas. ¡Les llevan al cuartelillo allí mismo!

Aquellos futbolistas, quizá por ser grandes campeones, sabían que los fracasos había que comérselos en silencio y sin excusas. Con patatas. Como las pitadas del público, que ahora es un coro de dulces ursulinas comparado con el de hace cuarenta años. ¿Manos tendidas? Mejor no pedirlas después de hacer una gran pifia no se las fueran a echar al cuello. Esta convicción de que en el Athletic la derrota obliga a una cierta estética moral a la hora de encajarla se ha mantenido hasta hace dos días. El propio Josu Urrutia solía contar que, tras caer eliminados de Copa por el Jerez, él y Ritxi Mendiguren se fueron a dormir a Lezama de la vergüenza que les daba no sólo que les vieran por la calle sino volver a casa y enfrentarse a las miradas familiares.

Todo esto ha cambiado. Probablemente, se ha extinguido a medida que se extinguían también otras muchas cosas relacionadas con la autoridad o el sentido de la responsabilidad. Vivimos otros tiempos. Más líquidos, como nos dejó enseñado Bauman. Malos, desde luego, para que arraiguen de verdad, de corazón, los valores que dan sentido a la filosofía del Athletic. Y creo que, aunque sea de forma inconsciente, por la propia lógica que les otorga el saberse unos elegidos, hijos únicos que no tienen competencia ni la tendrán, los jugadores del Athletic están llegando a un punto cercano al chantaje emocional con sus seguidores. Es lo que tiene disfrutar de una posición de poder absoluta. Al final, se quiera o no, siempre se acaba ejerciendo una cierta tiranía, que en el caso de los jugadores rojiblancos se traduce en que ellos siempre ganan. Y no sólo las millonadas que no han ganado nunca futbolistas mucho mejores que ellos sino también el privilegio de ser intocables. Cuando las cosas van bien, hay que alabarles. Cuando van mal, no se les puede criticar para que no se vengan abajo.

Es todo muy infantil, pero así es la realidad, más decadente de lo que muchos imaginan, que estamos aceptando con resignación en el Athletic. Y que conste que no echo la culpa a los futbolistas. No dejan de ser chavales de hoy. Además, si yo fuese Muniain, me pagaran lo que a él le pagan y me despidieran con la ovación que le dieron el domingo tras hacer el partido que hizo, estoy seguro de que tampoco hubiera pedido perdón sino una mano tendida, cariño, mucho cariño, casi amor, tras la vergüenza de Nicosia.

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