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opinión

Valverde y el tren del Barça

Las especulaciones sobre el futuro de Ernesto Valverde me hicieron pensar ayer en el famoso razonamiento del pato, acuñado por James Whitcomb Riley. Ya saben: si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces probablemente sea un pato. Débil ante las tentaciones como soy, no pude dejar de aplicar este monumento de la lógica deductiva a la relación de Txingurri con el Barça. Es cierto que llevamos meses hablando sobre ella y que todavía no hemos recibido la más mínima respuesta por parte de los aludidos, pero no importa. Si tenemos la convicción de que Valverde no va a seguir en el Athletic y sabemos que el Barcelona le quiere y que todos los medios de la capital catalana sin excepción le consideran ya el principal y casi único candidato al banquillo azulgrana, tenemos todo el derecho del mundo a deducir que, en unas pocas semanas, se consumará el fichaje.

Otra cosa diferente es que podamos dar la noticia. Todavía no podemos hacerlo, efectivamente. Para ello necesitamos la confirmación oficial. En esto, los periodistas seguimos obligados a ser escrupulosos. Y lo somos. Salvo los desaprensivos de turno, casi todos nos imponemos ese tipo de profilaxis. Ahora bien, esto no significa que entre las nuevas obligaciones del periodismo en estos tiempos de cerrazón informativa se encuentre la de estar cayéndonos permanentemente de un guindo. No significa, desde luego, que demos la espalda a una verdad que está ahí, transparente como suele serlo la lógica, y se nos quiere ocultar.

De manera que, aún a riesgo de que todo salte por los aires a última hora y algunos lo aprovechen para fustigarme con la hemeroteca hasta el final de mis días, no me duelen prendas en hablar de la próxima aventura de Txingurri en Can Barça. Se trata de un reto extraordinario. Ahí es nada: reconducir a un equipo casi mitológico que está dando muestras de decadencia y manejar una plantilla de figuras mundiales frente a las cuales los entrenadores juegan muchas veces un papel subalterno. Y todo ello ante los ojos del mundo, es decir, expuesto a un escrutinio implacable. Pero el Barça es uno de esos trenes que pasan una vez en la vida y hay que cogerlos si uno no quiere morirse corroído por la duda de a dónde le habría llevado.

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