El Correo
Athletic Club

Un desaire que no se puede entender

Cuando desperté ayer, la vergüenza todavía estaba allí, viva y coleando como el dinosaurio de Monterroso. Era la vergüenza que muchos aficionados del Athletic sentimos el domingo a causa de la insólita representación que el club envió al Vicente Calderón. Les imagino al tanto de lo sucedido, pero si no lo están les pongo en antecedentes. En un día histórico para el Atlético y en cierta medida para el fútbol español, que coincidía además con un partido decisivo para el Athletic, la expedición rojiblanca a Madrid estuvo encabezada por el vicesecretario Jon Muñoz, al que acompañaron Jon Berasategi, el directivo Borja López Panizo y las directivas Laura Martínez, Izaskun Kortajarena y Yolanda Lázaro. Ni el presidente Josu Urrutia, ni el vicepresidente José Ángel Corres, ni el secretario Javier Aldazabal, ni el contador Alberto Uribe-Echevarría asistieron a la comida oficial y al partido.

La fotografía que el club colchonero colgó en su página web llamaba la atención. A un lado de la mesa, la máxima representación del Atlético. Toda su cúpula: el presidente Enrique Cerezo, el consejero delegado Miguel Ángel Gil Marín acompañado de su hermano Óscar y de su tío Severiano, ambos consejeros, el vicepresidente Antonio Alonso, el gerente Clemente Villaverde y el empresario y accionista Miguel Pérez. Sólo en las grandes ocasiones –y la del domingo lo era– reúne el Atlético semejante plantel. La respuesta del Athletic fue como para comer cerillas y, después del pertinente lavado de estómago, irse al monte en busca de monguis. Con decir que tuvo que sentarse en la mesa uno de los miembros del gabinete de prensa está dicho todo.

No recuerdo un desprecio protocolario de este calibre por parte del Athletic a otro club. En este caso, además, no un club cualquiera sino uno fundado por el propio Athletic como sucursal en Madrid. ¡Si Ramón Arancibia, los hermanos Gortazar, Manuel de Goyarrola o Juan Elorduy levantaran la cabeza! Y no sólo eso. Hablamos de un consejo de administración, el que preside Enrique Cerezo, que no quiso hacer ninguna sangre cuando a Javier Aldazabal le dio por decir hace unos meses –todavía me pregunto asombrado el motivo– la tontería aquella de que nos habían usurpado el nombre, los colores y el escudo. Es más, le restó importancia y perdonó el lapsus, algo que supongo habrá agradecido infinitamente el secretario rojiblanco, que no tenía fácil salida del charco tan tonto en el que se había metido.

¿A qué viene, por tanto, esta desconsideración tan gratuita a un club histórico que vivía un momento tan emotivo? ¿De verdad que Josu Urrutia no pudo asistir al Vicente Calderón en un día tan especial? Tenía un avión a la una y media, de manera que, antes de ir al aeropuerto, pudo perfectamente hacer acto de presencia en Lezama, dar un beso a Iraia, Irune y Eli, las tres leonas que se despedían del fútbol, y ver incluso la primera media hora del partido. Seguro que ellas hubieran entendido perfectamente que el presidente se fuera a Madrid, donde el Athletic, por cierto, jugaba una auténtica final en busca del objetivo de la temporada. Y suponiendo que Urrutia no pudiese viajar por otra causa de fuerza mayor, que puede ser posible, ¿tampoco estaban disponibles ninguno de sus pesos pesados? ¿Quién puede creerse esto?

Creo que esta junta, comenzando por su presidente, tiene un serio problema para entender el concepto de representación. O al menos, para aceptar las diferentes servidumbres de sus cargos, entre las que destaca, por supuesto, la de dar siempre la mejor imagen posible de la institución a la que representan. Esto es justo lo que no hicieron el domingo desairando al Atlético y volviendo a hacer amigos una vez más. Por cierto, ¿se imaginan lo que hubieran tenido que escuchar Cerezo y compañía si nos hubiera hecho lo mismo a nosotros en el último partido del viejo San Mamés? La verdad es que el estilo del club se está deteriorando a ojos vista. Ya sé que la palabra señorío está pasada de moda. Es una antigualla y usarla en un texto es como salir a la calle con un sombrero de hongo gris y una leontina. Pero no me resisto a hacerlo para preguntarme, decepcionado, dónde está quedando el señorío del Athletic.

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