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Valverde, el legado en rojo y blanco de un gran técnico

Valverde gesticula en una rueda de prensa.
Valverde gesticula en una rueda de prensa. / Ignacio Pérez
  • El hombre que ha traído la paz, un título y jugado en Europa con regularidad ha puesto fin emocionado a cuatro años de alegrías y alguna pena

Ernesto Valverde volvió al Athletic en verano de 2013 con la complicada misión de hacer olvidar a Marcelo Bielsa y reconstruir un equipo que había volado alto y luego tuvo un aterrizaje forzoso que puso en peligro su estabilidad. Tardó en dar el sí a su amigo y luego presidente Josu Urrutia, quien le quiso desde el momento en el que decidió presentarse a las elecciones y tuvo que esperar dos años para hacerle regresar a casa. Al principio el técnico no lo veía claro y cuando decidió dar el paso sabía que pisaba terreno acondicionado para su desembarco. En poco tiempo calmó los ánimos y devolvió la cordura a un vestuario que se había acostumbrado a ganar desde la pasión y la locura, una explosiva combinación que le permitió pasear por las nubes y sobrevivir en el barro. Hoy, cuatro temporadas y 213 partidos después (306 en total), Txingurri se ha despedido muy emocionado, en una rueda de prensa en San Mamés, con la satisfacción del trabajo bien hecho y la convicción de que su segundo ciclo en el banquillo rojiblanco termina ahora y aquí. Atrás deja un importante legado deportivo y una plantilla confeccionada a su medida de la que ha sacado todo su jugo para ilusionar tanto en Liga como en Copa y Europa y poner un título en las vitrinas del Athletic después de más de tres décadas de sequía.

Tras ocho años coleccionando experiencias y títulos allá fuera, Valverde regresó convencido de que estaría un par de temporadas en el Athletic. Hasta ahí, ni una más. De hecho, las firmó y pensaba que luego se buscaría la vida en otro sitio. Pero no. Renovó por una campaña y luego rubricó otra extensión contractual que le ha llevado hasta aquí, la parada final, de la que se ha bajado hoy en San Mamés. Lo tenía decidido hace tiempo y también conocía sus intenciones y sensaciones Urrutia, quien le acompañó en este proceso y trató de hacerle cambiar de opinión a la vez que entendía sus argumentos de poner punto y final a su historia en común. Cuando se comprometió por última vez con el club de su vida confesó que «dos años es mucho tiempo, tres muchísimo y cuatro una eternidad». Aun así aceptó la propuesta del presidente y alargó su estancia en el banquillo de La Catedral, del que ahora se despide como un entrenador que ha hecho historia y ha logrado triunfar desde la calma y la normalidad, no sin cometer errores en forma de alineaciones incomprensibles, partidos infumables o apariciones y desapariciones de futbolistas que pasaban del todo a la nada y viceversa.

No tardó mucho Txingurri en restaurar la armonía en el vestuario tras el traumático segundo año de Bielsa. Serenó los ánimos, bajó las pulsaciones de los jugadores y les recordó que, además de la locura y la pasión, que tanta gloria dieron al equipo en el curso de las dos finales y le proyectaron a escala mundial, hay otros caminos que llevan al éxito. Les cogió del brazo y les enseñó cómo hacerlo. Todo funcionó a las mil maravillas porque los rojiblancos rompieron su techo y acabaron la temporada 2013-2014 con la friolera de 70 puntos, el récord histórico del club. Y no solo eso, sino que valieron para quedar cuartos y regresar a la Champions tras 16 años de ausencia. Para ello hubo que eliminar en la previa al Nápoles, y el Athletic lo hizo a lo grande en San Mamés. Tanto es así que Txingurri incluye este enfrentamiento entre uno de sus cuatro momentos preferidos como técnico de los bilbaínos.

Pocas salidas de tono

Los otros tres son su debut ante el Barcelona, el 1-7 ante el Standard de Lieja y, por supuesto, el título de la Supercopa. Jamás olvidará Valverde aquel 4-0 que sus hombres endosaron al Barça en el choque de ida en San Mamés ni el multitudinario recibimiento que les brindó la afición en su regreso a Bilbao. No hubo gabarra, decisión del club con la que minimizó el peso de la conquista, por lo que la alegría surcó las calles de la ciudad. Las vitrinas se abrieron después de 31 años de espera y toda una generación de jóvenes vio por fin ganar un título a su equipo. Arrancaba de forma inmejorable su tercer curso al frente de los rojiblancos, quienes tuvieron que superar además dos previas para meterse en la fase de grupos de la Europa League. El perfil continental se ha consolidado bajo la dirección de Txingurri, que no ha dejado de clasificarse para las competiciones internacionales desde 2013, aunque ahora habrá que esperar el desenlace de la Copa para seguir con la racha.

El equipo ha demostrado que es capaz de hacer grandes cosas y desplegar un buen fútbol, por lo que la exigencia ha ido en aumento y no siempre acompañada por la comprensión del preparador rojiblanco. No pudo contenerse el día en el que ganaron al Sassuolo y certificaron su pase a los dieciseisavos de final con un juego que no había por dónde cogerlo. Así lo entendió también el periodista que le preguntó por el choque, gris y triste, y Txingurri se descolgó con un «me ha parecido cojonudo, y si me vuelves a preguntar más cojonudo va a ser». Nunca le ha abandonado la idea de que no se valoraban lo suficiente los méritos del equipo porque, en su opinión, muchas veces rendía por encima de sus posibilidades. En cualquier caso, fue de las pocas veces que perdió la calma y enseguida recuperó su versión correcta y amable, un talante que gusta en el Barcelona después de lidiar con el carácter explosivo y faltón de Luis Enrique, a quien sucederá en el cargo.

El técnico rojiblanco deja el banquillo de San Mamés con 306 partidos oficiales, lo que le convierte en el entrenador con más encuentros en la historia del club. Batió el récord en Mestalla, donde dirigió su duelo número 290 y así dejó atrás a Clemente, ahora segundo. Desde su regreso a Bilbao decidió no conceder entrevistas personales, pero sí institucionales, por lo que aparecía de vez en cuando en un vídeo del club hablando de sus cosas. En la de febrero se soltó un poco más de lo habitual y dejó varias frases que hoy cobran sentido. «No quiero que el Athletic me enseñe la puerta de salida para marcharme, o salir mal de aquí, eso lo tengo claro», fue una de ellas. O esta otra: «Con el tiempo que he estado en el Athletic me siento satisfecho. No sé el tiempo que voy a estar. Ya se verá». Hace meses que tenía decidido lo que confirmaría este miércoles.

Entonces sabía muy bien de lo que hablaba y al día siguiente fracasaba ante el Apoel, una de las manchas más grandes en su hoja de servicios como técnico rojiblanco. El hombre que dio alas a Williams, subió a Kepa, Lekue y Yeray, reactivó a Muniain, hizo debutar a Sabin Merino y a Villalibre, entre otros, trajo a Raúl García y retuvo a Laporte, acompañó a Aduriz en su explosión tardía, jugó una final de Copa, ganó la Supercopa y estuvo a un suspiro de meterse en las semifinales de la Europa League -aún sueña con aquel fallo de Susaeta y el penalti de Beñat-, no supo esquivar el cono chipriota. Tampoco cerró bien esta Liga, séptimo, «el peor puesto posible». Otra cicatriz.

El caso es que se va y lega una herencia valiosa. La huella de la hormiga. 306 pasos hasta el destino final, la parada en la que se baja. Trajo la paz y deja muchas alegrías y alguna pena. Ernesto Valverde es historia viva del Athletic.

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