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Levantarse, levantarse y volver a levantarse

Hace seis meses, cuando a Yeray Álvarez se le detectó un cáncer de testículos, escribí que siempre he tenido la sensación de que, en este mundo, hay hombres de una pieza, competidores formidables en las batallas de la vida, a quienes el destino suele poner pruebas más duras que a los demás, como si disfrutara con el espectáculo de su valor y entereza. Pues bien, hay que decir, con rabia, que el destino ha vuelto a hacerlo. El futbolista del Athletic tendrá que recibir tratamiento de quimioterapia y será baja al menos durante los tres próximos meses después de que, en el último de los controles radiológicos previstos para vigilar la evolución de su tumor, se le detectara una alteración en los ganglios linfáticos, lo que se llama una adenopatía.

Es fácil imaginar el golpe durísimo que esta noticia ha supuesto para Yeray, que vivía un momento de plenitud personal. Había dejado atrás la enfermedad en un tiempo récord y comenzaba a olvidarse de ella con esa inocencia vigorosa que uno solo puede disfrutar cuando tiene 22 años y quiere comerse el mundo. Se había consolidado como titular en el primer equipo del Athletic y era una de las piezas básicas de la selección española sub21 que se prepara estos días para disputar el Europeo. Y no sólo eso. Julen Lopetegui ya le tenía en su agenda para la selección absoluta y pensaba en él como una opción para el Mundial de Rusia 2018. Todos sus sueños, en fin, se estaban cumpliendo uno tras otro, cayendo como fichas de un dominó propicio. En unas semanas, además, disfrutaría de las vacaciones. Seguro que tenía algún viaje programado y que, durante ese descanso feliz, intentaría engañarse, como nos hemos engañados todos a su edad, pensando que la vida es eso, bellos días de sol junto al mar, un anochecer en la playa, un cerveza fresca, un amor de verano...

No es fácil encontrar palabras de consuelo para el defensa del Barakaldo y para su familia. Cualquier cosa que se diga o escriba en este momento, salvo los buenos deseos y los mensajes de cariño de sus amigos y compañeros, que ayer se contaron por cientos, corre el riesgo de parecer inútil o superficial. Lo único que se me ocurre decir es que Yeray Álvarez ya sabe cuál es el camino para levantarse. Quizá este segundo golpe sea todavía más duro. El primero siempre es una sorpresa. La vida te golpea de frente cuando no lo esperas. Este segundo tiene algo de traición. Te golpea por la espalda cuando ya estabas prevenido. Pero la manera de superarlo es la misma: estás en la lona y primero apoyas una mano y luego una rodilla, después plantas el otro pie en el suelo y por fin te impulsas hasta incorporarte de nuevo. Y así todas las veces que haga falta.

Porque el fútbol no es «ganar, ganar y volver ganar», como dijo hace años un simple con demasiado predicamento, pero la vida sí es muchas veces levantarse, levantarse y volver a levantarse. Y veo y me alegro de que Yeray Álvarez tiene esto muy claro. Lo ha demostrado esta misma mañana en el mensaje que ha transmitido a través de las redes sociales. «Si tengo que volver a tumbarlo (al cáncer), lo volveré a hacer y lo haré mil y una veces», escribió, acompañando el texto con un emoticono de fuerza. La verdad es que dieron ganas de aplaudirlo, como tantas otras veces en los terrenos de juego. Los valientes son así, pensé. Parecen sentir pudor cuando reciben mensajes de ánimo y te los acaban dando ellos a ti.

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