La luz y la oscuridad

La sonora pita al terminar el choque frente al Málaga es una demostración diáfana de lo que opinan los aficionados. Y cuando la grada dicta sentencia...

Un aficionado grita en el partido del Athletic contra el Málaga/Jordi Alemany
Un aficionado grita en el partido del Athletic contra el Málaga / Jordi Alemany
JON RIVAS

Y de repente, después de una semana en la que se habló de otras cosas, regresó el fútbol a San Mamés, la luz, por lo menos un ratito. Ya era hora. Fue después del minuto de silencio, que solo voces aisladas quisieron estropear sin conseguirlo, y tras los silbidos a quienes, como siempre, quisieron arrimar el ascua a su sardina, aunque hubo interpretaciones, digamos, pintorescas rayando en la falacia. ‘Fake news’, que se dice ahora.

Aunque solo fue un ratito, como cuando en pleno invierno finlandés sale el sol unos minutos al mediodía y el personal se asoma a la ventana con los ojos entrecerrados y una sonrisa placentera en la cara. ¡Pero qué ricos fueron esos minutos en los que salió el sol después del gol del Málaga y al Athletic le dio para marcar dos veces y amagar unas cuantas más!

Veinte minutos de fútbol frente al colista, que tampoco es para echar cohetes, pero aprovechemos para condensar en ese corto lapso de tiempo las virtudes que exhibió el equipo rojiblanco: frescura de mente, rapidez, descaro, garra... Vamos, que nos quedamos todos maravillados al ver al Brasil de Pelé -o al menos a la Noruega de la última Eurocopa-. Pero ‘Cuco’ entendió que las buenas esencias tienen que ir en frasco pequeño y allí se acabó la alegría. Volvió la penumbra a Finlandia, el fútbol desapareció, y el aroma a perfume se convirtió en olor a sobaco. La oscuridad.

La última noticia que tuvimos del Athletic fue el remate de Raúl García que salvó Roberto y eso fue en la primera parte. Así que cuando los hombres de Ziganda volvieron, lo hicieron ya entre las sombras. El Málaga está muerto y enterrado. Los periodistas andaluces, en la zona mixta, se despedían de los de Bilbao «hasta dentro de unos años», que no lo ven nada claro. Y aún así, su equipo sacó un poco de orgullo, que aparece con cuentagotas desde que el jeque cerró el grifo, y puso en apuros al Athletic. Menos mal que apareció Kepa para detener el penalti que provocó Lekue con su doble torpeza para hacer otra parada de mérito con el bis del lateral rojiblanco, que ya fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Ziganda, que decidió sustituirlo de inmediato.

Claro que el entrenador también exasperó de tal forma a la gente, con sus dos primeros cambios claramente conservadores, que por primera vez se escucharon en San Mamés, y este es un dato relevante, gritos de «‘Cuco’ vete ya», porque el equipo no mejora, salvo a ratitos, como en los veinte minutos gloriosos de la primera parte, y la afición empieza a hartarse. Y el Athletic iba ganando.

A nadie le gusta pagar por un espectáculo y que los protagonistas olviden el guion y que en vez de improvisar se queden mudos sobre el escenario; y escondido en la concha, el apuntador no sepa explicar el diálogo. Ziganda empieza a meterse en un callejón sin salida. El fútbol alegre que prometía, la ambición que deseaba, se están yendo por el sumidero. Las oportunidades de demostrar lo que puede hacer al frente del Athletic se le están escapando partido tras partido. La sonora pitada al terminar el choque frente al Málaga -con victoria-, es una demostración diáfana de lo que opinan los aficionados, aliviados por los tres puntos que doblan ya la esquina de la treintena, pero amargados y escocidos por un equipo que se descose en cada jornada. Y cuando la grada dicta sentencia...

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