Un meneo sangrante

Foto del partido Ostersunds - Athletic./
Foto del partido Ostersunds - Athletic.

El Athletic hace el ridículo ante un Östersunds FK que mereció golear y, aunque acabó empatando en el minuto 89, se complica mucho su clasificación

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

Se dice que todas las comparaciones son odiosas, pero a veces pueden ser muy pertinentes e ilustrativas. Por un lado, un equipo valiente y estiloso dando lo mejor de sí mismo, lleno de ilusión con su aventura europea y provocando el orgullo de sus aficionados. El Östersunds FK. Por otro, un equipo fundido y apático, vacío de contenido, al que su participación en la Europa League parecía hacerle la misma ilusión que salir de casa a comprar papel higiénico. El Athletic. Los rojiblancos han recibido un meneo futbolístico sangrante de manos del sexto clasificado de la Liga sueca. Podrán decir que siguen vivos porque Herrerín ha evitado varios goles y han acabado empatando de milagro en el minuto 89, pero la realidad es que debieron recibir una tunda. Ha sido la suya una noche aciaga que ha dejado a muchos jugadores retratados o directamente bajo sospecha. Entre ellos, algunos de los que más galones tienen en la plantilla. Lo de Raúl García, Aduriz, Laporte e Iturraspe ha sido lamentable dentro de un ridículo general que ha provocado el bochorno de los hinchas rojiblancos. Han sido muchos los que se han preguntado si de verdad merece la pena ilusionarse con Europa, pasarnos toda la temporada pensando en ese gran objetivo que parece separar el bien y el mal, para luego ir por ahí dando una imagen tan patética.

No podíamos reconocerlo abiertamente sin exponernos a ser acusados de blandos y cobardes, pero la realidad es que la visita al campo del Östersunds FK nos provocaba a muchos una cierta aprensión. Daba un poco miedo, seamos sinceros. Y no tanto por la calidad de esos admirables muchachos que lo mismo cantan, pintan o bailan ‘El Lago de los Cisnes’ que meten goles por la escuadra o salen combinando con destreza desde su portería, sino por las últimas experiencias del Athletic en sus viajes al extranjero. Empieza uno a recordar catástrofes recientes -el Zilina, el BATE Borisov, el AZ Alkmaar, el Sassuolo, el Genk, el APOEL o el Hertha de Berlín- y acaba deseando que al Athletic le quiten el pasaporte, como una madre desea que a su hijo le retiren el carnet de conducir después de su quinto trompazo con la moto.

Este deseo de habernos quedado en casa se redobló en cuanto el balón se puso a rodar en el Jamtkraft Arena. O mejor dicho, al cabo de dos minutos, justo después de que Córdoba le pegara muy mal a un balón franco que le había quedado dentro del área. Y es que el Östersunds FK se puso a jugar y lo hizo con una caligrafía impecable que no le abandonaría en todo el partido. El Athletic se vio de repente desbordado por un rival que salía tocando, circulaba el balón con rapidez y, a través de Bachirou, Sema, Ghoddos y Edwards, llegaba con peligro a la portería de Herrerín. Tres grandes paradas del portero castreño impidieron adelantararse a los pupilos de Graham Potter, uno de esos entrenadores desconocidos para el gran público cuyo trabajo, sin embargo, merece mucha más atención y reconocimiento que el de algunos farsantes de fama internacional. Sus jugadores metieron la directa en busca del 1-0 frente a un Athletic que no había por donde cogerlo. Iba a calificarlo de desconocido, pero no. Esta versión negra, de una vulgaridad chocante, es de sobra conocida en el viejo continente.

Un regalo

Ni siquiera un inmenso golpe de fortuna a los 14 minutos en forma de error clamoroso del portero local fue capaz de reactivar al Athletic. Aduriz hizo el 0-1 después de que Córdoba robara un balón a Keita y lo lógico fue pensar que el equipo del ‘Cuco’ se vendría arriba. Pues no. Se quedó igual. Continuó siendo una nada futbolística envasada al vacío. Los suecos acusaron el golpe y estuvieron un cuarto de hora mirándose la herida, incapaces de comprender cómo el marcador podía ir de esa manera cuando en el campo sólo había un equipo y eran ellos. Ahora bien, se recuperaron y volvieron a la carga. Sólo el desacierto de Edwards y Gero en los remates y las buenas intervenciones de Herrerín permitieron que el Athletic llegase en ventaja al descanso.

Tras lo visto en la primera parte, había una razón para el optimismo. Paradójica y cogida por los pelos, si se quiere, pero una razón al fin y al cabo: el Athletic no podía ir peor. Fue una falsa impresión. Podía. No había tocado fondo. Lo tocó durante una segunda parte atroz. Sin Balenziaga por lesión, con Lekue en la izquierda -Gero le provocó un martirio- y Bóveda en la derecha -el martirio nos lo provocó él a los espectadores-, la superioridad del equipo de Potter fue absoluta en todas las facetas del juego. Los suecos empataron en el 52 tras un error combinado de Herrerín -el único que tuvo- y Laporte. Y se adelantaron en el 64 gracias a una gran volea de Edwards. No contentos con el 2-1, continuaron su abordaje, fieros y verticales. Admirables. Comparados con un Athletic cuya imagen de desamparo daba grima, por momentos parecieron el Milan de Sacchi. El tercer gol no cayó de milagro. Hubiera sido lo justo. En realidad, lo justo hubiera sido que a la tropa de Ziganda le cayera una manita. Lejos de ello, tuvo la suerte de acabar empatando en el minuto 89 por mediación de Williams. La jugada la empezó Susaeta, que al menos estuvo afilado en la recta final del partido. Eso sí, no sería yo el que celebrase este afortunadísimo 2-2. La realidad es que el Athletic ha vuelto a derrumbarse tras dos partidos esperanzadores.

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