Punto final a la violencia ultra

Desde los hechos debemos reconocer el problema, no minimizar y menos banalizar su realidad

Imágenes de los altercados en San Mamés./
Imágenes de los altercados en San Mamés.
ESTEBAN IBARRA

La violencia ultra del fútbol vuelve a conmocionar a todo el país. De las agresiones protagonizadas por ultras del Spartak en Vitoria, pasamos a la batalla campal en Bilbao con los Herri Norte en cuyo contexto de violencia y en acto de servicio muere el ertzaina Inocencio Alonso a cuya familia nos unimos en condolencia. Escenarios dantescos de feroz violencia con añadido terror a la ciudadanía como viandantes, escolares, con cierres de bares y comercios, que se sentían en peligro potencial por esa barbarie que construye una situación en la que se suspenden libertades y derechos por mor de la dictadura violenta ejercida por fanáticos inmisericordes de ambos clubs, en su decisión de ejercer un enfrentamiento disfrazado de pasión extrema por sus colores. Todo falso. Una mentira rotunda, se conocía el devenir de los hechos a partir de la historia cruenta del fanatismo en el fútbol.

Desde los hechos debemos reconocer el problema, no minimizar y menos banalizar su realidad. Imaginemos un médico que traslada al paciente su diagnóstico, como episodios de gripe cuando sabe que en realidad tiene un cáncer en desarrollo; concluiríamos que el doctor es ignorante o que comete una canallada con el enfermo al ocultarle su realidad e impedir que intenten adoptar medidas más eficaces ante su grave enfermedad. Aplíquese la valoración a los dirigentes de los clubes de fútbol, Liga, UEFA y FIFA, así como a los gobiernos y organizaciones internacionales porque la violencia ultra del fútbol hoy se ha mundializado.

Tragedias como las sucedidas en Heysel, crímenes como los de Aitor Zabaleta y Jimmy, enfrentamientos que alcanzaron en la Eurocopa momentos épicos entre holligans y ultras rusos o en Marsella que enloquecieron a la policía francesa con su estrategia de guerrilla, preceden al enfrentamiento entre ‘Gladiators firm’ del Spartak y Herri Norte, unos de ideología neonazi y racista, otros en el extremismo antidemocrático, pero ambos asumiendo sustancialmente la violencia. Así lo evidencian armas incautadas y cohetes lanzados, sus acciones violentas, el combate entrenado y su modo de enfrentamiento planificado, como el objetivo de superar a las fuerzas de seguridad y mostrar al mundo su capacidad transgresora y la incapacidad del Estado para impedirlo. Su gesta seguirá continuada de otras hasta el mundial de Rusia donde se anuncia gran batalla entre holligans, barras bravas y otras ‘firms’ por la hegemonía de la violencia.

Reconocido lo acuciante del problema, su dinámica de extensión y desarrollo, la cuestión es ¿qué hacer? Y lo primero es no mentir. Eso que alguien dijo que hay media docena de grupos ultras peligrosos en España y otros cuantos en Europa, no lo debería creer nadie, ni quien lo dijo si lee los incidentes semanales. La infección, alentada desde las redes sociales e Internet con épicas de combate que manipulan adolescentes es un hecho, se extiende y capilariza. A continuación se debe señalar a los clubes y su gran deuda con la sociedad, incluido daño económico, porque los nidos del problema se sitúan en las gradas ultras de los campos de fútbol y no nos confundan con términos como aficionados radicales e hinchas. Estos son grupos ultras que en su ‘más allá’ asumen la violencia y la ejecutan. Ultras con quienes se pacta el sosiego dentro del estadio a cambio de privilegios como evidencia la reserva de grada y otras dádivas que deberían ser investigadas, quedando la violencia reconducida fuera del estadio y sus aledaños, o sea, problema de orden público, de calle, a resolver por la ‘autoridad competente’. Señalada la responsabilidad de la dirigencia futbolística, la mirada ha de dirigirse a quien tiene poder para mandar. No es tiempo solo de condenas morales, necesarias por otra parte, es momento de medidas eficaces, firmes y democráticas.

Con carácter urgente se debería expulsar de la competición por tiempo determinado a los clubes que lleven adosados grupos ultras violentos, como eficazmente se hizo con el holliganismo inglés. Aplicar con firmeza la Ley contra el Racismo y la Violencia en el Deporte, y declarar ilegal a estos grupos sin confundir con hinchas que no son el problema. El cáncer son los ultras violentos que nuestro Código Penal contempla, en su artículo 515, como grupos ilícitos y así han de ser tratados. La violencia, como el racismo, no son negociables, simplemente son punibles. En cuanto a grupos como los ‘Gladiator firm’, con jefes como ‘Vasily el asesino’, solo cabe tratamiento de organización criminal que ni puede pasear por Europa, ni existir en su país.

Nos jugamos la convivencia democrática y hay que achicar ese espacio del fútbol a la violencia, evitando caminar hacia horizontes peligrosos, de ahí el esfuerzo a realizar en educar a nuestros jóvenes en civismo y concordia, en no-violencia y tolerancia hacia los diferentes, iguales como personas en dignidad y derechos humanos. Se debe y se puede acabar con la violencia ultra y mientras, arropemos a las víctimas y mostramos nuestro cariño a familiares, amigos y compañeros, como hoy hacemos con el ertzaina Inocencio Alonso.

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