No quiero hablar de fútbol

Es un deporte precioso. Lo único que avergüenza y estorba es toda esa gente despreciable que lo transforma en asqueroso

Ultras del Spartak en Moyua./
Ultras del Spartak en Moyua.
ANDONI AYARZA

Hoy no quiero hablar de fútbol. Porque mi mente sigue pensando en Inocencio, en los que más le querían y le necesitaban, en sus dos hijos, en el merecido descanso que le esperaba tras su larga jornada de trabajo y, sobre todo, en la sinrazón de una tragedia evitable y bochornosa producto de una tensión y una violencia que jamás deberían acompañar a un partido de fútbol. Y no es el fútbol lo que sobra. Porque es un deporte precioso. Lo único que avergüenza y estorba es toda esa gente despreciable que lo transforma en asqueroso.

Por mi cuerpo corre sangre de un aitite republicano que supo bien lo que significaba la palabra libertad. Seguramente porque le privaron de ella sin justicia alguna. Y nacido en esa cuna de convicciones profundamente democráticas jamás dejaré de defender un sistema garantista en favor de los derechos y libertades individuales de las personas.

Pero en ese delicado marco no estaría de más comenzar salvaguardando los que, sin duda alguna, merecen la gente decente, incluido Inocencio.

«Quienes en los aledaños de San Mamés esperaban con barras y bengalas, también son ejecutores de esta tragedia»

Y desde mi modesta trinchera me puede la sensación de que la tolerancia cero que tanto se pregona todavía sigue sin imponerse de verdad en el fútbol. Y miro hacia aquellas comunidades políticas internacionales -incluida la Unión Europea- que permiten que hooligans, 'barrasbravas', paramilitares fascistas con antecedentes penales (y no solo rusos) y demás versiones 'humanas' de la frustración, el nihilismo y la barbarie campen a sus anchas por el mundo usando el fútbol como excusa; y miro a los organismos deportivos, léase FIFA, UEFA y otros órganos competentes, a los que se les llena la boca montando extraordinarias campañas publicitarias adornadas de 'respect', de valores, de 'fair play',…y a la hora de la verdad miran hacia el otro lado priorizando siempre en favor del negocio; y miro a los clubes, obligados a no dejarse un pelo en la gatera a la hora de repudiar cualquier atisbo de intolerancia o fanatismo; y, por último, también miro a los individuos. Y aunque me cuesta decirlo hay gentuza que se empeña en mostrarse irrecuperable para una sociedad pacífica y civilizada.

Y aquí mi indignación y mi repugnancia no solo miran hacia fuera. Quienes en los aledaños de San Mamés esperaban con barras, llaves inglesa, bengalas y todo tipo de objetos contundentes -con el agravante de la premeditación y el fuera de control policial- también son ejecutores de esta tragedia. Aunque, desgraciadamente, me temo que les importa bien poco.

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